Los Juegos Olímpicos de Río han servido para terminar de convertir en mitos del deporte a increíbles atletas, como Usain Bolt, Michael Phelps o Mo Farah, pero también han dado entrada en el olimpo del deporte a nuevas estrellas emergentes, como la nadadora norteamericana Katie Ledecky.

Ledecky se lleva de Río cuatro oros olímpicos, dos individuales y otros dos en pruebas combinadas, habiendo batido por el camino el record mundial de los ochocientos metros libres, en una carrera en la que sacó más de doce metros a la segunda clasificada.

Doce metros pueden parecer pocos, pero es la cuarta parte de un largo en una piscina olímpica: una barbaridad cuando estamos hablando de que se enfrentaba a las mejores nadadoras del mundo. Hasta tal punto llega su dominio que una de sus rivales, en unas declaraciones previas a una de las pruebas, llegó a decir que todas las demás luchaban por la plata, ya que la estadounidense no es que nadase más rápido que ellas, es que les hacía pensar a todas las demás que no sabían nadar. ¡Ante la fluidez de Ledecky las mejores nadadoras del mundo se quedaban con la sensación de no saber desplazarse por el agua!

Porque Ledecky no es más fuerte ni más flexible que sus rivales. Como tampoco lo es Michael Phelps, el mejor nadador de la historia y el atleta olímpico más laureado, que no tiene un físico superior al de sus oponentes, ni mayor envergadura o un corazón más potente, ya que todos los que llegan a una final olímpica tienen una condición física extraordinaria. Lo que caracteriza a Ledecky, lo que caracteriza a Phelps, y lo que en su día caracterizó a otros mitos de la natación como Popov o Spitz es la absolutamente maravillosa eficiencia con la que se deslizan por el agua.

El ser humano ha evolucionado para moverse en el aire y la natación es un deporte que se desarrolla en un medio, el agua, mil veces más denso; por lo que cualquier mejora en la eficiencia del nado tiene unos resultados brutales en las marcas de los nadadores.

Por eso, los mejores nadadores del mundo se mueven por el agua con una aparente falta de esfuerzo asombrosa; su nado es absolutamente eficiente y aunque se cansan, como no podía ser de otra manera, no desperdician fuerzas (y las tienen) en hacer movimientos inútiles, sino que las utilizan en deslizarse rápidamente por el agua, fluyendo, y es esa capacidad la que diferencia a los fuera de serie de los que no lo son tanto.

Y no es necesario acudir al ejemplo de los mejores del mundo: si alguna vez has visitado una piscina con la intención de nadar, de hacer algunos largos, sin duda te habrás encontrado en el agua con el típico personaje absolutamente musculado, fuerte hasta decir basta, que una vez dentro de la piscina se dedica a golpear la superficie haciendo uso de su descomunal fuerza y que para tu sorpresa (y la suya), es adelantado irremisiblemente por una señora mayor o por un niño pequeño que, en la calle de al lado, parecen deslizarse suavemente, sin apenas esfuerzo, mientras que el Conan de turno pierde todas sus fuerzas peleándose con el líquido elemento.

Porque lo que condiciona la velocidad con la que una persona puede nadar depende de dos factores fundamentalmente: de lo rápido que es capaz de dar una brazada y de lo que avanza con esa brazada. Simplificando, la primera parte de la ecuación viene condicionada por el físico del nadador y la segunda por la técnica, siendo este factor a la postre más importante.

Pues bien; aunque pueda parecer increíble, hasta fechas tan cercanas como los años noventa, la forma que tenían de entrenar los nadadores, incluidos los de altísimo nivel, no estaba enfocada tanto al perfeccionamiento de la técnica como a la potenciación de la fuerza bruta, dejando fuera del entrenamiento una parte fundamental, por no decir la más importante, de cara a su rendimiento competitivo. La forma de entrenar era, básicamente, un señor con un silbato que cronometraba a los nadadores mientras estos hacían cientos de largos siguiendo la línea negra del fondo de la piscina, sin tratar de mejorar la eficiencia en el nado del atleta, su posición hidrodinámica o su fortaleza mental.

Aunque no hayas nadado en tu vida, si has estudiado una carrera universitaria en España -y supongo que en otras partes del mundo el sistema será parecido- sabes perfectamente lo que se siente al seguir, largo tras largo, la línea negra del fondo de una metafórica piscina de cinco o más años: una acumulación de conocimientos sin sentido que se evaporan al día siguiente de expulsarlos en un par de horas de examen; horas de prácticas a horarios intempestivos, robándote horas de estudio necesarias para pasar otros estúpidos exámenes; profesores incapaces, o capaces pero cómodos, que repiten un año tras otro las mismas obsoletas lecciones, quizá porque esas lecciones que enseñan son las únicas que se saben…

Y es que al sistema de enseñanza universitario en España le pasa un poco como a los entrenadores de natación de los años ochenta: se invierte una ingente cantidad de tiempo y recursos en alimentar la fuerza bruta, en este caso en forma de la acumulación sin sentido de conocimientos inútiles, mientras que se pierde por el camino la posibilidad de potenciar aquellas cosas que de verdad van a ser útiles en la Competición a la que se van a enfrentar los estudiantes ahí fuera, cuando dejen el campo de juego de las aulas; es decir, la técnica, lo que les puede ayudar a ser mejores en su área de conocimiento.

Siguiendo con el símil de la natación, si a un nadador, a cualquiera, le pones a hacer largos sin parar, un día tras otro, y si este nadador es aplicado y se esfuerza, sin duda conseguirás que baje sus marcas, puedes incluso conseguir que mejore mucho, pero jamás conseguirás que nade tan rápido como nadaría si parte de ese tiempo, o mejor aún, si la mayor parte de ese tiempo, lo hubiese invertido en aprender a flotar, a adquirir una buena posición, a nadar cansándose menos y avanzando más…

Salvo en las de ámbito sanitario, donde en seguida se enfrentan a casos prácticos, la forma de aprobar una carrera en la mayor parte de las universidades consiste en estudiar unos textos, hacer algún tipo de trabajo sobre alguna materia, o enfrentarse en un examen que consiste en unos ejercicios con cuya resolución se supone que demuestras el dominio de un temario; es decir, básicamente te enseñan a golpear el agua con fuerza, no a deslizarte, porque si bien es cierto que en el momento del examen el estudiante conoce las Ecuaciones de Maxwell o las ideas generales que se exponen en La metafísica de las costumbres, el método de enseñanza no está diseñado para que tenga una comprensión profunda de aquello que aprende, y a los tres días de pasada la prueba pocos ingenieros recuerdan siquiera cuantas ecuaciones tenía el tal Maxwell y escasos estudiantes de filosofía saben algo de Kant.

En la sociedad que estamos montando una persona está en formación toda su vida, y en la formación reglada, ya sea mediante módulos, grados universitarios o másteres, puede llegar fácilmente a la treintena antes de darse por satisfecho en cuanto a títulos acumulados. Pues bien; salvo que esta persona tenga mucha suerte nunca nadie le habrá enseñado a aprender: no conocerá técnicas de memorización, ni se habrá potenciado en ningún momento su comprensión lectora, ni se le enseñará a buscar los conceptos que subyacen bajo la acumulación de conocimientos, en forma de fórmulas, citas o fechas, que se le va a forzar a “mostrar” en cientos  de exámenes.

La educación superior debería servir para afilar la técnica de asimilación de conocimientos, para fomentar la creatividad de sus graduados, para darles recursos, además de datos. Y no lo hace, entre otras cosas porque los responsables de las políticas educativas y en su ámbito los catedráticos y los profesores, prefieren, por comodidad o por ignorancia, seguir azuzando a sus pupilos silbato y cronómetro (en forma de exámenes) en mano, desde el borde de la piscina, en vez de tratar de averiguar cómo pueden enseñarles a nadar más rápido con menos esfuerzo.

3 comentarios

3 Respuestas a “La parábola de la piscina”

  1. pasmao dice:

    La educación superior y la “inferior” Sr Ponce.

    No deje sólo para la universidad lo que se debe de hacer desde párvulos.
    Por lo demás completamente de acuerdo con su artículo.

    El problema es que profesores ponemos.
    ¿Nos valdrían los actuales?
    ¿Como se evaluaría a los profesores entonces?

    Es sabido que los curriculums educativos (por llamarlos de alguna manera) y lo que tienen que aprender(por llamarlo también de alguna manera) los alumnos está básicamente orientado a que se pueda avaluar a los profesores, en esa especie de gymcana por niveles en que se ha convertido la educación.

    La necesidad de poner en papelito u ordenador los resultados para que alguien los evalúe y que todo ese proceso sea protocolizado cómo si fuéramos autómatas condiciona de manera ireversible el resultado final.

  2. pepe dice:

    que grande Popov, eso si que era eficiencia…

  3. EB dice:

    Raúl, ojalá la formación hasta graduarse de adulto fuera tan simple como lo que usted dice que es la natación hoy día (sobre esto último no opino porque nada se). Lo que sí se es que hoy, más que nunca antes, los humanos estamos confundidos sobre cómo formar adultos y que la primera causa de esa confusión es que ni siquiera hay un acuerdo razonable sobre cuáles serían los criterios para juzgar que un adolescente se ha graduado de adulto. Le pregunto a usted cuáles deberían ser esos criterios.

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