Después de las brutales experiencias que vivió Europa en el siglo pasado a costa de los nacionalismos, los optimistas pensaron que nunca volvería a cultivarse la exaltación nacional; sin embargo, los nacionalismos siguen brotando como en la hidra de mil cabezas. Y, ojo, todo nacionalismo (con o sin estado) es perverso: agita un sentimiento de trato desigual y de particularidades, reales o inventados, y, a partir de ahí, sacraliza la pertenencia al grupo. Quien está fuera es indigno de la misma consideración y derechos que la casta superior de nacionales.
Para entender mejor un fenómeno que seguro va seguir dando que hablar en los próximos tiempos os propongo los siguientes artículos:
NACIONALISMOS, ¿QUÉ HAY TRAS LA MÁSCARA?
Una de las curiosidades de los modernos nacionalismos europeos es que surgen en zonas con rentas altas y que no desean seguir «contribuyendo» al desarrollo de otras áreas del Estado, menos favorecidas. Los nacionalismos agitan así el «agravio comparativo». ¿Hay algún fundamento sólido detrás de estas proclamas nacionalistas? Para acercarnos a las balanzas fiscales os propongo este artículo:






