En 1861, tras su devastadora derrota en la guerra de Crimea, el Zar Alejandro II empezó, demasiado lentamente, a introducir reformas en el sistema feudal de Rusia, con la intención de aplacar las tensiones revolucionarias que empezaban a darse en su país. No obstante, el mismo día en que se disponía a firmar un documento por el que se comprometía a iniciar una importante reforma constitucional, fue asesinado por un grupo terrorista. A partir de ese momento crucial, las reformas que evidentemente necesitaba Rusia fueron frenadas por los sucesivos zares, que tenían un miedo atroz de las posibles consecuencias de esas medidas sobre el status quo de la sociedad rusa. Todos conocemos las consecuencias de su inacción: la instintiva desconfianza hacia el cambio por parte de la clase dirigente condujo de forma directa a la revolución de 1917.

Supongo que, mientras encaraba el pelotón de bolcheviques que le iba a fusilar junto a toda su familia, el último Zar llegó a la tardía conclusión de que quizá hubiera sido una buena idea introducir ciertos cambios en su momento…

Que introducir cambios es casi siempre positivo es una conclusión a la que llegó también, menos dramáticamente y casi por azar, la fábrica Hawthorne de la Western Electric Company. Corría el año 1955 y su hallazgo fue importantísimo en el ámbito de la gestión de la producción, aunque muchas veces no se haga caso de sus lecciones: cierto día mejoraron la iluminación de la planta y descubrieron que la productividad de la plantilla aumentó espectacularmente; pero lo más desconcertante fue que, cuando al poco tiempo y de forma accidental el nuevo sistema de iluminación falló, en lugar de la esperada caída de la producción hasta los niveles previos, contra todo pronostico la productividad volvió a aumentar. Asombrados por el hallazgo decidieron investigar el fenómeno, y resultó que lo que hacía a los trabajadores más productivos no era el aumento o la falta de luz; sino que sospechaban que los cambios introducidos eran para observar su reacción: se sentían observados y trabajaban más.

Este fenómeno, que pasó a llamarse “efecto Hawthorne” o “efecto del observador” liga los cambios y el análisis del efecto de esos cambios con la presencia de un “examinador”; pero estudios posteriores llegaron a la conclusión de que, incluso obviando la presencia de un observador externo, el mero hecho de introducir cambios producía efectos significativos en los resultados de los trabajadores: muchas veces da igual lo que hagas, las modificaciones que introduzcas, es el mero hecho de introducirlas lo que hace que el trabajador de una línea de montaje trabaje con más interés.

A primera vista puede parecer que comparar el efecto sobre un trabajador aburrido de introducir un cambio en el esquema productivo de la línea de montaje de una fábrica no tiene nada que ver con el de introducir un cambio de calado en una sociedad aburrida, pero no estoy tan seguro.

Porque entre los efectos perniciosos de la crisis, incluso más allá del incremento de la pobreza, la desaparición de la clase media o la destrucción progresiva del Estado del Bienestar, una de las peores consecuencias es la sensación general de hastío, aburrimiento, impotencia y negativismo que invade a un porcentaje importantísimo de la sociedad.

Vivimos en una sociedad deprimida, y con razón; deprimida porque se enfrenta a una situación en la que no hay atisbo de salida, ni por el lado de unas instituciones caducas, en las que ya no confiamos, ni por el de un sistema económico que no sabe responder a los requerimientos de una economía distinta. Una sociedad que ve como el mismo sistema educativo que dio a nuestros padres las armas mentales que necesitaban para enfrentarse al mundo prepara a nuestros hijos para enfrentarse a un mundo totalmente distinto entregándoles el mismo armamento que ofreció a sus abuelos: estamos enviando a una generación a enfrentarse contra “Black Hawks” armada con espadas y armaduras, y encima les exigimos que peleen gratis, para coger experiencia…

Y una sociedad deprimida, como un trabajador aburrido de un trabajo monótono y al que no ve sentido, necesita cambios.

Naturalmente, lo ideal sería que esos cambios fuesen cambios razonados, con sentido, con un objetivo a largo plazo… cambios inteligentes, pero como no sé si eso será mucho pedir a nuestra clase dirigente; me conformaría con que saliesen de su zona de confort y se atreviesen a tomar decisiones valientes en todos los ámbitos: decisiones que de verdad ayuden a la creación de empresas y a que los jóvenes encuentren trabajo. Decisiones que revolucionen nuestro sistema educativo, más allá de si se enseña religión o catalán. Decisiones sobre como sostener nuestro sistema sanitario, no sobre si alguien se va a hacer rico intentándolo…

Está claro que los cambios también pueden acabar teniendo resultados negativos, por eso deberían tener una dirección, ya que no todo es tan simple como subir o bajar el nivel de iluminación, pero en un tiempo en que parece que vivimos en una sociedad de zombis hay que encontrar la manera de devolver a la gente la ilusión, y es más fácil encontrar ilusión en una sociedad en movimiento que en una que ve como se pudren poco a poco las raíces que la mantienen estática.

Y aunque la tarea no es solo suya, es fundamental que nuestros gobernantes encuentren la manera de salir del estado de inmovilismo en el que habitan, donde lo fundamental es no mover ficha más allá de ciertos cambios cosméticos para acallar las demandas de los más fanáticos en sus filas, y se atrevan a tomar medidas que “muevan” cosas, asumiendo el riesgo de equivocarse.

El patinador puede hacer piruetas porque va rápido, el surfista realiza esos giros increíbles sobre una ola porque va rápido. El niño que monta en bicicleta no se cae porque se esta moviendo.

Decisiones señores: necesitamos decisiones y necesitamos cambios.

Necesitamos velocidad.

6 comentarios

6 Respuestas a “NECESITAMOS VELOCIDAD”

  1. Adam Smith dice:

    Estos últimos años he estado estudiando los grandes cambios en la política y la economía mundial desde el inicio de la primera guerra. Un período corto para algunos propósitos pero largo para mi propósito principal de explicar cambios estructurales. Sin duda, los cambios en el orden mundial de la política y la economía en los últimos 100 años han sido fuertes pero en gran medida consecuencia directa de las grandes guerras e indirecta de cambios habidos en las partes (digamos las naciones sin olvidarnos de los imperios) y solo excepcionalmente consecuencia de acciones colectivas de gobiernos nacionales. Desde esta perspectiva, cualquier intento de explicación de los cambios de ese orden mundial debe centrarse en los cambios a nivel nacional, pero cualquiera sea la nación que estudiemos los cambios han sido extraordinarios, algunos de origen interno pero muchos adaptación a los cambios habidos en el resto del mundo. Hasta ahora, mis estudios y también mi experiencia profesional por más de 50 años en varios países, me enseñan que los cambios radicales con impactos positivos y sostenibles son excepcionales y que la gran mayoría de los cambios radicales han sido fracasos, sí fracasos horribles para sus muchísimas víctimas.

    Por lo anterior, me sorprendo cuando escucho llamados a cambios rápidos y fuertes para salvar algún colectivo, y por cierto mi sorpresa aumenta exponencialmente con el tamaño del colectivo. Mi reacción inmediata es pedir a sus autores que detallen sus propuestas de cambio y expliquen cómo podrían lograr apoyo electoral dentro de las reglas de la política en democracia constitucional, o en caso de que las propuestas se refieran a un sistema político distinto cómo se lograría primero el cambio de sistema porque fuera de la democracia constitucional los estados-nación de hoy difícilmente sobrevivan. La democracia constitucional me parece condición necesaria para la continuidad de los estados-nación pero jamás condición suficiente. Más aún, no podemos ignorar que hay grados de democracia constitucional y que su continuo perfeccionamiento quizás sea la condición necesaria para esa continuidad, sin duda un desafío grande para todas las naciones que hoy califican como democracias constitucionales, incluyendo las más viejas.

  2. Manu Oquendo dice:

    Buenos días.

    Voy a centrarme en el artículo de Raúl Pérez Ponce porque lo de Luis Garicano y Jesús F-V es de otra guerra en la que no me extrañaría nada que ambos tuviesen sus propias heridas pero me alegra mucho ver que Teresa está de vuelta.

    Discernir no es tan sencillo como suele parecernos.

    Es un axioma de psicología industrial que la productividad laboral es mayor en entornos incómodos.
    Habitualmente solemos buscarnos enemigo fácil en figuras de autoridad. Desde el patriarca, al párroco, al capataz, al carcelero o al político de turno. Nada más fácil que entrar al trapo y encontrarles defectos, maldades y delitos bajo la alfombra.

    Pero ¿y nosotros? ¿Cómo somos individualmente y en grupo? ¿Somos responsables, fiables, trabajadores, perezosos, inteligentes, lerdillos, perversos, bondadosos, con criterio o amorales y sin valores? ¿Qué tal decidimos en grupo?

    Menudo temita.

    Realmente no es asunto que se trate frecuentemente y menos desde el poder dado que este se adquiere mejor manipulando manadas que exigiéndoles responsabilidades y esfuerzo. El “panem et circenses” es más viejo que el Tato.

    A este respecto hay dos libritos clásicos. Ambos del siglo XIX e inicios del XX, Gustave Le Bon y Wilfred Trotter. Me gusta más el segundo, es menos brutal.

    La historia del siglo XX es la de la aplicación práctica de los manuales de ambos para la manipulación de grandes masas de gente. Hoy día este campo está en manos de Neurólogos al servicio de las Instituciones y los partidos políticos. Poco trasciende.

    Poco se mueve en el sentido de que tratemos de salir del gregarismo instintivo primario que ejerce en nosotros tanto poder sin apenas darnos cuenta.

    Al contrario, surgen por doquier doctrinas, emotividades, modas que procuran el efecto contrario.

    ¿Es posible una ciudadanía adulta? A mi me gustaría pensar que sí, que algún día….

    Pero está muy cruda la cosa.

    Buenos días.

    1. Marisol dice:

      Del libro de Le Bon hay versión española pero no encuentro el de Trotter. ¿Puede comentar algo?

      1. Manu Oquendo dice:

        Hola, Marisol.

        Creo que tienes razón, el de Trotter que tengo aquí es una mala edición USA (General Books). Tan mala que creo que han mandado a la impresora el OCR de un facsímil y el lector de caracteres no ha descifrado todo correctamente. Por ejemplo las notas a pie de página no las reconoce y las imprime en el texto.
        Pero me has dado una idea y he comenzado a traducirlo unos minutos cada noche y es un ejercicio muy interesante porque, aunque son sólo 110 años, en el léxico hay diferencias y también en las acepciones de bastantes términos que hoy están en desuso. También hay diferencias entre lo que los psicólogos profesionales tenían por dogma entonces y hoy día. El subconsciente entonces era una hipótesis fuerte pero nada más.

        Un saludo.

  3. Santiago Alarcó dice:

    Los que hacemos examen de conciencia de vez en cuando, nos sentimos muchas veces incapacitados por mandato de ese observador interno a dar lecciones de Moral a nadie. No obstante cuando alguien participa en el control del monedero püblico adquiere con ello un gran poder y debe responder por sus acciones. No vale hacer lo mismo que su precedesor, para eso no hace falta que cambien los dirigentes. Hace falta coraje y en mi opinión hacen mucha falta cambios. Cada vez más gente tiene poco que perder, por lo que los peligros del cambio se vuelven para ellos más interesantes que sobrecogedores.
    El artículo describe estupéndamente un estado de no-opinión presente en mucha parte de nuestra sociedad, y además sintetiza muy bien las razones de este. Mil gracias

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