¿Qué es el nacionalismo?

En el nacionalismo se dan dos posibles vertientes: o se utiliza para la legitimación política de un Estado ya existente (por ejemplo, ante amenazas externas o de descomposición interna) o sirve de vehículo para alcanzar el poder político por determinados agentes sociales situados dentro de una élite política o social.

Para justificarse suele apelar a dos planteamientos. El primero parte de que el hombre dispone de una libertad que le permite determinar sus propias acciones y, como sujeto de derechos inalienables, puede elegir pertenecer a una comunidad política o a otra. La segunda justificación está basada en el establecimiento de un vínculo entre la identidad del individuo y aquello que le singulariza, su cultura y su posición en el mundo; se parte de las proposiciones de que las naciones han existido antes que los Estados y que cada pueblo forja su espíritu a través de una cultura; los derechos de la nación emanan de ese organismo vivo que es la nación cultural y, por tanto, un Estado nacional será la forma en que esa sociedad pueda llegar a su madurez.

El término nación será utilizado, en consecuencia, para aludir a una sociedad unida por una serie de nexos, como la historia o la lengua, a partir de los cuales se presenta al mundo una cultura y hasta una identidad que la singulariza. Se pretenderá pasar por alto el hecho de que la cultura no sabe de fronteras y que la identidad del hombre y, menos la de los grupos humanos, nadie sabe dónde encontrarla.

Se nos muestra, por tanto, como una consecuencia de la cultura, que es el medio a través del cual las personas establecen sus vínculos con la colectividad y que posibilita darle cierto grado de cohesión, de consistencia, a esa comunidad; que permite generar una imagen que lleve a verla como ese organismo vivo al cual poder atribuir una identidad propia.

Pero… ¿Qué “algo más” tiene de particular esa relación nacionalismo-cultura para que resulte tan determinante? Para responder hay que buscar en la significación del término cultura. En una de sus acepciones, la cultura hace referencia a una forma de pensar, de sentir, de expresarse, junto con ese sistema de símbolos que nos lleva a percibir e interactuar con nuestra realidad.

Debemos caer en la cuenta del peso específico que tiene eso que comúnmente se entiende por “forma de pensar” en nuestra sociedad: las ideas y comportamientos que nos llegan o percibimos de nuestro exterior, desde la educación que recibimos o desde el entorno en el que nos desenvolvemos. En una sociedad basada en las necesidades, el sentido utilitarista que damos a la transmisión de conocimientos ha conducido a que los términos cultura e ideología parecen hacerse intercambiables, a pesar de su significado bien diferenciado. La ideología más que la cultura (en un sentido incluso más amplio que el expuesto) ha venido siendo el instrumento utilizado, por estados o grupos de poder, para que el individuo interiorice pautas o reglas de comportamiento que posibiliten un orden social acorde con intereses específicos. Los nacionalismos, sabedores de ello, no podían ser menos.

Como sabemos, en este momento y no solamente en España, proliferan en las regiones de mayor riqueza económica esos nacionalismos, que tienen mucho de tribales y que se dan con el fin de asegurar a futuro unos privilegios económicos regionales, que podrían verse afectados de tener que seguir compartiendo esa riqueza económica, con otras regiones incluidas en un ámbito estatal común; ¿alguien conoce una región pobre que pretenda convertirse hoy en Estado independiente?

Se presenta como una actitud generalizada de rechazo “al otro”, expresada en diferentes formas y con distintos grados de intensidad. Para que esas actitudes y comportamientos calen en una sociedad es fundamental aplicar unos procesos de ideologización de las gentes, algo así, como situarlas en un determinado grado de estado de sugestión, que facilite poder guiar sus sentimientos y voluntad según unos intereses marcados por unas élites políticas, económicas o sociales promotoras de ese fenómeno sociológico.

Para que cale el mensaje del nacionalismo, es fundamental el trabajo ideológico de las clases dominantes. No basta como mera expresión de ese egoísmo que caracteriza al hombre; no basta con esas actitudes de repulsa hacia lo que nos estorba y condenamos y hacia lo que parece añadir incertidumbre a nuestro futuro, y hacia lo que creemos limita nuestras posibilidades de progreso y crecimiento, y hacia lo que puede distorsionar nuestros principios y creencias… y, en definitiva de rechazo hacia todo eso que no es “lo mío.

Se tratará, por tanto, de despertar en la población esas creencias y sentimientos que sirvan como elementos de identificación de la comunidad, que justifiquen intereses y, posibiliten el apoyo y seguidismo de la parte de población que se estime suficiente para los fines que se persiguen. Se trata, en consecuencia, de “inocular” una ideología que permita transformar temores, brutalidad, envidias, aburrimiento, ignorancia, ambiciones, pereza… en rabia, rechazo y hasta odio hacia los que no “son” o piensan como los de mi bando.

Se buscará conseguir que afloren y se instalen en la población determinadas ideas: la de un estado-nación como ente diferenciado, la de un “pueblo” como pilar de una jerarquía política y social entregada a conseguir las mejores condiciones de vida para todos y, también, la idea de una necesidad de cohesión de ese “pueblo” marginado, desconsiderado o maltratado. Pero esa cohesión no es otra cosa que una homogeneidad de pensamiento, un esquema doctrinario casi monocorde, acerca de intereses y justificaciones que guiarán y hasta emocionarán a los partidarios de la causa y, además, sin dar opción al menor atisbo de duda sobre ninguno de los aspectos y pormenores que conforman el relato nacionalista.

En ese trabajo ideológico se conformará una dialéctica, en la que se vacía el lenguaje de contenido y todo ha de banalizarse para una manipulación deliberada que permita el control de la opinión pública. Se buscará un soporte al relato que parezca dar fundamento sólido a las proclamas nacionalistas, tergiversando hechos o representaciones de la realidad o la naturaleza, sacados de la Filosofía, Biología, Historia, Arqueología, Sociología, Derecho… de cualquier disciplina de ciencia o humanidades.

Los medios de comunicación utilizados para los discursos nacionalistas harán una utilización torticera de la ciencia, la tradición, la cultura o lo que haga falta. Se ocultará aquello que no conviene salga a la luz, no importa tampoco mucho la coherencia o validez de los planteamientos, que se evidencien sus falsedades y contradicciones o, que en el futuro puedan ser fácilmente desmontados, lo que importa es su efectividad para alcanzar los intereses a los que se sirve.

3 comentarios

3 Respuestas a “¿Qué es el nacionalismo?”

  1. O'farrill dice:

    Podíamos decir que el término «nacionalismo» es ante todo un sentido de pertenencia a un territorio con su historia, su cultura y sus tradiciones. En base al mismo pueden agruparse los nacidos en esa sociedad y en la nación o territorio en que se asienta.
    El uso del término desde el punto de vista político, supone una identificación con esa nación hasta el punto de defenderla de cualquier agresión externa (patriotismo) o, en sentido contrario, sentirse extraños en el conjunto social que la forma hasta intentar la independencia territorial por considerarse diferentes o ajenos a historia, cultura y tradiciones de los demás. El primero es un movimiento centrípeto que refuerza lazos y fortalece estados, el segundo es un movimiento centrífugo que los destruye.
    Al final hay que preguntarse el clásico «quid prodest» (a quien beneficia una cosa o la contraria). La suma de voluntades, esfuerzos, recursos y ambiciones, suele beneficiar directamente al conjunto social e incluso puede llevarle a un cierto sentido de poder que les aporta seguridad y certidumbres. Por el contrario, la disgregación, separación y fragmentación suele ser aprovechada por intereses y poderes particulares, geopolíticos y económicos que, de esta forma, pueden imponer sus reglas. El legítimo sentimiento nacional se verá contaminado por tales cuestiones y utilizado por tales intereses.
    Si nos damos cuenta, frente a los estados-nación poderosos, se han ido desarrollando ideologías disgregadoras, sobre todo en el pasado siglo XX tras la 2ª GM, con el fin de debilitarlos y someterlos desde un nuevo sentido de imperio llamado «globalización». A ello se han dedicado esfuerzos de muchas fundaciones y organizaciones denunciados por muchos autores como el trabajo «L’argent de l’influence» de Ludovic Tournée o la obra de Stonor sobre la colonización cultural desde EE.UU. entre otros. Un verdadero éxito de quienes preconizan un Nuevo Orden Mundial, un poder único y un pensamiento único (la distopía elevada al rango de la realidad). Lo han hecho además con todas las armas que la propaganda y la manipulación informativa pone en sus manos. Europa es la colonia más importante y por ello la han tutelado y orientado desde hace muchos años, pero los tentáculos se han extendido a la mayor parte de los conflictos del mundo para imponer el modelo o patrón de sus sociedades. Ya lo han logrado y el empobrecimiento cultural y pérdida de referencias propias ya es un hecho consolidado.
    En este juego («El tablero mundial» según Brzenziski) a España le ha tocado ahora enfrentar crisis provocadas por esas fuerzas disgregadoras y empobrecedoras que, desde y en el sistema autonómico, han encontrado los recursos necesarios para romper el Estado actual ante la actitud pasiva e incluso cómplice por esa impasibilidad ante el crecimiento de los supuestos «nacionalismos» en que se amparan sentimientos reaccionarios de involución nacional y que, como señala el autor, han encontrado en instituciones y gobiernos débiles el caldo de cultivo para lograr sus propósitos.
    Un saludo.

    1. Luis Urquiza dice:

      Cierto que, como comentas, en Centro Europa, después de la Gran Guerra, se produjeron varias disgregaciones nacionalistas utilizando como pretexto el “liberar a pueblos de la esclavitud” y que, después, nadie ha podido probar que dicha esclavitud se diese en la realidad. Evidentemente la formación de esos nuevos estados nacionales respondía a intereses geopolíticos que como dices “pueden imponer sus reglas”. Y esto también en la actualidad sigue vigente.
      Pero, para mí, el empobrecimiento asociado a los nacionalismos, no solo está basado en leyes económicas, sino en la “pobreza moral” y el reducionismo y distorsiones que generan los mensajes y prácticas, absolutamente tergiversadores de las realidades que presentan. Es, algo así, como un sutil pero significativo lastre, que se sitúa en el entorno o ambiente social y que, de una u otra manera, condicionara o afectará a los individuos que viven en él.
      Un saludo y gracias por tu comentario.

  2. Manu Oquendo dice:

    Sin entrar en el meollo voy a traer dos temas críticos pero que hoy no se suelen tocar.

    Es Interesante revisitar esta cuestión del NACIONALISMO que históricamente emerge en paralelo a los movimientos ideológicos y filosóficos que acompañan a la Revolución Francesa y posibilitan dos «RETROCESOS en LIBERTADES y DERECHOS» que la «ilustración» prometía hacer imposibles por irracionales. Hobbes, Vico, Herder y, como no, Hegel, todos metieron la mano en la cuestión para ayudar al “poder emergente”.

    También es interesante porque nos muestra el gran cambalache que en realidad fue la Revolución francesa continental (siempre conocida como tal desde el mundo anglosajón). Cambalache hoy en sus etapas terminales y que ya solo sostienen gentes de talante totalitario o desconocedores de la historia real.

    Los dos grandes RETROCESOS son los siguientes.

    El PRIMERO de ellos es el Servicio de Armas obligatorio y la Obligatoriedad de Morir por un previamente inexistente sujeto de derechos absoluto: la construcción mítica de la idea de Nación que supera de este modo a los anteriores seres supremos «Rey» y «Dios» que la «revolución burguesa ilustrada» descabalga con éxito pero que debe sustituir de inmediato por Nuevas y «Mejores Divinidades». El éxito de este proceso fue indiscutible como indiscutible ha sido su incapacidad moral.

    Las Monarquías anteriores, en su relación con sus súbditos, establecían un contrato mucho menos oneroso para nosotros y por ello debían pagarse sus guerras y empresas de conquista de su propio peculio.

    La SEGUNDA e inmensa diferencia con el viejo régimen es que la «Nación» se atribuye el Derecho ilimitado sobre los bienes y rentas de sus súbditos (sus «hijos», a fin de cuentas) y a Cualquier Expolio Fiscal que pueda establecer el poder nacional so pretexto de una «inexistente representación» y de un inexistente derecho de ninguna mayoría sobre los derechos naturales de las minorías.

    Lo de la “razón” de la mayoría es la mayor falsedad científica de la historia elevado al nivel de tabla de la Ley mosaica. Lo cierto es justo lo contrario. Simple artilugio emocional al servicio de la Coacción y la Violencia de los más sobre los menos. Este y no otro es el «valor» que lo sostiene.

    Recordarán ustedes que el Viejo Régimen exigía que La Corona —a través de reuniones periódicas con los representantes de los estamentos sociales no podía establecer nuevos tributos o tipos sin el PREVIO acuerdo estamentario. La evidencia de que este acuerdo sería imposible hizo que los últimos reyes franceses no pudiesen tocar sus fiscalidades durante la segunda mitad del XVIII.

    Estos dos rasgos sistémicos nos están hoy llevando a etapas terminales. El sistema está en rendimientos netos negativos y solo el recurso a deuda impagable –emisiones reales ¿suena?– más los engaños estadísticos e inflacionarios alargan el final.

    Saludos cordiales.

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