Desde hace mucho tiempo se nos ha dicho que el ser humano necesita de la sociedad para su desarrollo. También sabemos que construir esa sociedad siempre ha supuesto un reto importante; por lo que, con frecuencia, se nos reclama como necesario, incluso como prioritario, que antepongamos el “bien común” a nuestros intereses personales. Pero surgen preguntas: ¿Qué entendemos por desarrollo del hombre? Bien común sí, pero… ¿ampliamente extendido o razonablemente restringido?

El “bien común” lo asociamos con algo que repercute positivamente, al menos en apariencia, en una colectividad o simplemente que satisface a una mayoría; aunque, en ocasiones, esta mayoría sea supuesta y el bien no satisfaga a todos en el mismo grado. Pero si nos ponemos ante nosotros mismos y nos preguntamos qué es eso de nuestro “bien” o qué sería lo bueno (o lo malo) para nosotros, podemos tener dificultades para encontrar respuestas.

En general, cada persona reconoce como su “bien” algo en función del espacio y tiempo donde se sitúa su contexto social. Así, si preguntásemos a diferentes personas qué sería para ellas su “bien”, con alta probabilidad sus respuestas consistirían en alusiones a todo aquello que las pueda liberar (a ellas mismas o a sus allegadas) de impedimentos, problemas o dificultades cotidianas. También, después de estas primeras e inmediatas respuestas, se podrían dar otras que estarán vinculadas a las ideas y creencias de todo tipo en que constantemente nos apoyamos. En cualquier caso, sí parece que nuestro “bien” es algo que, fundamentalmente, esperamos que nos ha de llegar desde fuera de nosotros mismos, sobre todo en tiempos como estos, en que nos sentimos como acechados por el desamparo o el desaliento.

Cuando hablamos de desarrollo humano lo hacemos, por lo general, en sentido colectivo, refiriéndonos a las condiciones de vida de una sociedad en su conjunto. Para ello citamos variables como el PIB, o ciertos aspectos relativos a la salud o la educación, todos ellos referidos al crecimiento económico como sinónimo del progreso humano. Sin embargo, debido a las múltiples contradicciones que se presentan entre las exigencias de este desarrollo y el respeto a la condición humana, han ido apareciendo iniciativas que pretenden dar una perspectiva más multidimensional de la calidad de vida de las personas, considerando otras variables, como la felicidad, la equidad o la sostenibilidad, buscando incorporar otras ideas o planteamientos que han de estar obligatoriamente presentes si de verdad se quiere abordar la complejidad de lo que supone el desarrollo humano y, en consecuencia, debiendo relacionarlo con los procesos de incremento de las potencialidades inherentes al individuo. Bien es cierto que no tenemos completamente definidas cuáles son esas potencialidades y, menos aún, otros aspectos como pueden ser sus límites o los procesos para acrecentarlas.

Todo indica que las responsabilidades tanto del individuo como de la colectividad pasan por asumir el que ambos sean el sujeto de su propio desarrollo y que, la economía no es determinante del desarrollo humano sino una más de las múltiples dimensiones que este presenta.

Cabe preguntarse: ¿La dificultad para establecer con claridad en que consiste el desarrollo humano justifica el que se olvide, o no se tenga en consideración, que el objetivo básico de la política es contribuir a mejorar las condiciones de las personas, para que estas, a su vez, incrementen sus capacidades y opciones de vida? ¿Por qué nos preocupa tan poco y parecemos tan incapaces de encontrar otras fórmulas de desarrollo que pongan más en sintonía lo individual y lo colectivo?

En efecto, aunque los dirigentes de nuestra sociedad parecen guiados en sus pensamientos y decisiones desde principios morales o éticos, con relativa facilidad justifican estas decisiones desde otros principios que estan en correlación con los valores reinantes y son de carácter marcadamente económico o, lo que es lo mismo, meramente utilitaristas. Será precisamente la distribución de esta utilidad, que fácilmente convertimos en necesidad y que por descontado tiene su precio, lo que conformará el “bien común” o interés general, y lo que orientará la dirección de las políticas públicas. El gobernante deberá, en consecuencia, propiciar un entorno desde el que nos llegue aquello que consideramos necesario y suficiente para solucionar nuestras vidas. Y esta circunstancia se suele convertir en otra en la que es el propio gobernante el que nos recomienda cuáles deben ser nuestras necesidades para, a continuación, tratar de seguir dándonos satisfacciones y contribuir, de paso, a convertir estas necesidades en ilimitadas. ¿No nos estaremos dejando nuestra responsabilidad por algún rincón al otorgar el poder con tanta ligereza a nuestros dirigentes?

Aunque todos estamos como hipnotizados por esa idea de que riqueza es modelo y sinónimo de desarrollo y por esa visión de utilidad de cuanto nos rodea, que extendemos incluso a nuestros propios semejantes. Y esto parece que colabora con el hecho de que estemos constantemente viéndonos y valorándonos como a cualquier otra mercancía y, en consecuencia, inventándonos y dejando pocas opciones a posibilidades de acercamientos más humanos. En este punto cabe preguntarse ¿Aumentando en valor el mundo de las cosas no estaremos desvalorizando el mundo de las personas, incluido el nuestro propio?

Nos sentimos atraídos por el espejismo de una modernidad, disfrazada de progreso, que presupone que, para seguir haciéndola posible, basta con sentir y hacer como nuestros los logros y habilidades de nuestros conciudadanos, de forma que, entre todos, vayamos alcanzando nuevas cotas de desarrollo desde las cuales a todos nos ira mucho mejor. Nos parece saberlo todo y estar seguros de todo, pero sin que nadie parezca enterarse que el progreso es una idea falaz y que además sirve para tapar verdades o realidades enteras. Nadie proclama que los hombres viven y se conducen por ideales inculcados desde su escolarización y que, para dar algún pasito en su propio desarrollo y ganar un algo de espacio de libertad personal, no vendría mal que pudiésemos superar la mera escolaridad en algún momento de nuestra vida.

Por otra parte, aunque seguramente esto del “bien común” no sea más que una idea imposible, sugiere como tarea previa y para acercarnos a ello, que debamos recuperar la importancia de los matices y los detalles en nuestras relaciones y llegar a tener conciencia clara de que nuestro propio “bien” depende fundamentalmente del “bien” del “otro” o, más sencillamente, de cómo esté o cuál es el estado en que se encuentra.

A pesar de ser muchos los ruidos de tantas opiniones vertidas, me resultan muy válidas, y entiendo que invitan a la reflexión, las referencias que puedan dejarnos poetas como J. Bergamín, “Si eres hombre, no hay tierra ni muertos que puedan serte ajenos”.

3 comentarios

3 Respuestas a “SOBRE EL BIEN COMÚN”

  1. buey44 dice:

    Pero lo que si queda claro es que no hay direccion alguna respecto al desarrollo de la sociedad mas alla del uso macroeconomico al que se somete los individuos como consumidores, definiendo ante todo las mismas necesidades vitales de Estos de forma totalmente extrinseca y solo en funcion de las necesidades, en realidad, de las empresa en su empuje existencial de vender. Y es, desde luego, abominable, reduciendo todo a un gran fraude a lo Disney, para ninnos de guarderia que somos los consumidores y a los que se nos abuse de forma constante como modo vivendi existencial.

  2. Manu Oquendo dice:

    El Asunto que nos trae Luis, como tantos otros en este Blog, se las trae y la tentación es fuerte para leerlo rápidamente y no comentarlo porque nos obliga a esfuerzos hercúleos.

    El primero es intentar recordar si la definición de Common Good que se nos sugiere es la correcta o está sujeta a modulaciones.

    El segundo esfuerzo es vencer el sopor que nos sobreviene al darnos cuenta de que el tema de fondo es moral, de filosofía antropológica o viceversa y tenemos que repasar de modo acelerado la historia entera de la humanidad. Al menos la que hemos escrito tras la última glaciación.

    El tercero, cuando, tras irnos a la versión inglesa de la Wiki, nos damos cuenta de que es un concepto utlitario que se hoy se reduce a medida de renta y consumo. Ni la superficie quiere tocar.

    El cuarto, cuando, tras la muerte civil de la doctrina social de la Iglesia –gran motor del concepto junto a los jacobinos de la Revolución francesa– te ves obligado a concluir que hasta el estado laicista requiere justificarse a si mismo creando su propia moral y hoy, ante su colapso histórico, trata de desarrollar métricas ad-hoc para –como nuevas tablas de la Ley– atizarnos con ellas desde el templo de la ONU y hasta de la OCDE.

    Hay más.

    Es decir no parece un asunto para encontrárselo uno a las 6 de la mañana de un domingo. O quizás sí.
    Un asunto que exige esfuerzo y que –todavía no pero en una hora– va a competir con tres perros que comienzan a desperezarse para ir a correr al monte como tres relojes.

    Difícil porque el asunto es más para un cursillo dirigido por un profesor bondadoso y apolítico que para ser comentado por un mero aficionado, como un servidor, que comienza a ser consciente de la fuerza manipuladora de las palabras «Bien» y «Común» en un mundo que es incapaz de definir el bien humano.
    Qué digo el bien, es incapaz de definir al mismo ser humano y por lo tanto necesita que el bien y el mal conceptuales sean realmente subjetivos y por lo tanto prescindibles como categorías morales.

    Me quedaría con un par de ideas:

    La dificultad de nuestro modelo de estado para construir una definición atractiva y sólida del ser humano. Algo que nos levante el ánimo, por ejemplo, y sea capaz de eludir las falsas métricas monetarias (por cierto, medimos métricas falsas y lo hacemos con dinero falso)

    «Commons», «Comunal», son conceptos fáciles de reconocer en nuestra historia. En la acepción de los terrenos comunales de los cuales vivía la «aldea» . El bosque, los prados, las navas, los abrevaderos comunes.
    Aún existen en Soria y parte de Navarra. El resto ha pasado a ser dominio del Sr. Leviathan y ha dejado de interesarnos.

    Pero, claro, el tema es inmenso.
    Buenos días

  3. DOROTHY dice:

    Excelente artículo!!!

    Me gustaría recordar que la pérdida de los bienes comunes (estoy hablando de los procesos de desamortización) fue indispensable para fabricar un ESTADO proletario desposeído y dependiente que finalmente fue conducido hacia la producción fabril.

    Por su parte, los movimientos obreros nacieron como contrapeso a esta enorme fuerza de desposesión.

    En este nuevo marco, se daría el mayor impulso conocido hasta la fecha de las instituciones del Estado de bienestar . “Educación”, “salud”, vivienda fueron en gran medida desmercantilizados, y renombrados con el adjetivo de “públicos”. Como es conocido, el reverso de este pacto fue una progresivo incorporación de la reproducción social a la maquinaria del estado que puso a las nuevas instituciones encargadas del bienestar bajo el control de una casta de “expertos” que efectuaron la gestión del nuevo patrimonio “público”.

    Si algo caracterizada la etapa actual es el dominio absoluto de la mercancía en todos los aspectos físicos y psíquicos de la vida humana, la mercantilización de las relaciones que mantiene tanto los individuos entre si, como entre ellos y su entorno

    “¿Aumentando en valor el mundo de las cosas no estaremos desvalorizando el mundo de las personas, incluido el nuestro propio?”

    Por tanto, se puede decir que el Estado (cuyo origen no tiene nada que ver con limitar a los grandes capitalistas) fue el único que llevó a la liquidación del comunal, a la marginación del consejo abierto (el único democrático al ser asambleario), el expolio del campesinado, la creación de ejércitos asesinos, etc.

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