Teletrabajo, ¿liberación o condena?

En esta época de confinamiento forzado el teletrabajo se ha convertido en una modalidad que ha crecido de forma espectacular y que ha permitido que se amortigüe el derrumbe de la actividad empresarial.

Según algunos estudios, el porcentaje de españoles que teletrabajaban en 2019 (es decir, de los que lo hacían al menos la mitad de los días de la semana) era de 4,8%. Este porcentaje habría subido hasta un 34% durante la etapa de aislamiento debido a la pandemia del COVID-19.

El índice de teletrabajo en nuestro país ha sido tradicionalmente bajo con respecto a otros países europeos, siendo la media de la U.E. el año pasado del 5,3% (lejos sin embargo del 14% en Países Bajos y Finlandia).

Lógicamente no todos las profesiones se pueden adaptar igualmente al trabajo a distancia. Según la empresa Ranstad las profesiones que más fácilmente se pueden acomodar a esta modalidad son la de los técnicos y profesionales científicos e intelectuales, los contables, administrativos y otros empleados de oficina, así como los directores y gerentes. Las relacionadas con los sectores de manufactura, agricultura, ganadería, restauración, etc. lo tienen mucho más complicado, por no decir imposible.

En España predomina el sector de servicios y, entre ellos de forma destacada, el del turismo, por lo que estructuralmente tenemos difícil aumentar los porcentajes mencionados. Aun así, Ranstad indica que podría trabajar a distancia hasta el 22,3% de la población ocupada en situación de normalidad. El hecho de que haya subido a un 34% en esta crisis no es sino la reacción a un momento excepcional.

Con frecuencia se ponderan los beneficios del teletrabajo, entre los que se encuentran el del ahorro de tiempo de transporte a la oficina, con la consiguiente reducción de coste y de contaminación, así como la mayor facilidad para la conciliación de la vida familiar. Para la empresa hay además un ahorro de espacio de oficina nada despreciable económicamente. A estos factores se le añaden, en estos tiempos de pandemia, el que se disminuye el riesgo de contagio y que permite mantener la actividad económica de la compañía, evitando en algunos casos incluso su cierre.

Según la mencionada encuesta de Ranstad, realizada antes de la pandemia, dos terceras partes de los españoles querría emplear esta forma de trabajo virtual de manera habitual pero, en la mayor parte de los casos, su empresa no se lo permite. Esta opinión es especialmente común entre los empleados de 25 a 45 años, lo que coincide con las personas que, además de una mejor predisposición y conocimiento tecnológico, tienen hijos pequeños a los que la conciliación les viene especialmente bien.

¿Cuál ha sido la realidad de este trabajo a distancia en esta fase de reclusión en nuestro hogar? Aunque ha permitido mantener vivas muchas empresas, también ha tenido algunas desventajas. Todas las personas con las que he contactado me hablan de un exceso de trabajo, de no diferenciarse entre horas de ocio y de empresa. Conozco a una maestra de primaria que se quejaba de recibir correos de padres y alumnos a cualquier hora del día y de la noche y al estrés que suponía la necesidad de contestarlos para que los alumnos no perdieran el ritmo del programa escolar y evitar que a ella se le acumulara el trabajo. En otros casos los abuelos se han tenido que hacer cargo de los nietos ya que los padres no daban abasto al trabajo y al cuidado de sus vástagos. Para otros conocidos el día se pasaba en un sinfín de reuniones por videoconferencia que suponía alargar de forma clara la jornada laboral.

Más allá de las anécdotas personales, varios artículos han apuntado a los excesos de esta forma de trabajar. Bloomberg incluso subtitula el suyo “la gente está saturada de trabajo, estresada y deseando volver a la oficina” y, recogiendo datos de NordVPN a partir del uso de internet, estima en 3 horas adicionales el tiempo que, de media, se dedica ahora al trabajo diario en EE.UU., siendo este valor de 2 horas en otros países como España.

El problema es que, en época de confinamiento, todos estamos en casa por lo que se presupone (por parte de muchos jefes) que la disponibilidad es total. Esto está suponiendo abusos en muchos casos a los que la gente se aviene en parte porque, en una situación de crisis como la actual, la mayor parte de las empresas están en mala situación, por lo que todo el mundo prefiere dar un poco más de sí ya que el “horno no está para bollos”, hay que colaborar y la amenaza de los ERTE o despidos está ahí.

En el caso de familias con hijos pequeños el tema se complica ya que, además de realizar el trabajo de la oficina, hay que atender y ayudar en los estudios a los escolares que están siguiendo sus clases de forma telemática también. Además los más pequeños no entienden que sus padres no les puedan prestar atención en cualquier momento estando en casa. La situación empeora en los casos en que la pareja tiene que compartir el ordenador para trabajar e incluso hacerlo con los niños para sus tareas escolares. En muchas situaciones esta compartición obliga a prolongar la jornada laboral hasta altas horas de la madrugada.

Todo esto ha llevado a que, según una encuesta de Funcas, sólo al 34% de los que ahora están usando esta modalidad de trabajo les gustaría mantenerla después de que terminen las restricciones.

Ahora bien, poco se dice sobre qué estamos perdiendo con el trabajo en remoto, más allá de los inconvenientes ya reseñados. Una de las cosas en que salimos perdiendo es en el contacto humano y en la riqueza de la comunicación. Estamos programados para, en una relación cara a cara con otra persona, detectar esos matices en el gesto y en la expresión que hacen que nuestra comprensión del mensaje del otro (a veces de manera incluso inconsciente) sea mucho más completa. Cada vez que degradamos la comunicación al hacerla a distancia o sólo mediante un texto (y no digamos nada si son mensajes cortos) se pierden matices de lo expresado.

Por otro lado somos seres sociales y necesitamos la relación con los demás, siendo el medio laboral uno de los ámbitos en los que se desarrolla. Si no lo compensamos por otro lado, esta falta de relación puede sernos perjudicial.

De forma similar a lo ocurrido con el teletrabajo, también han proliferado las alternativas virtuales a distintas actividades: desde la formación, hasta el ocio o la cultura. En una época de confinamiento obligado han supuesto un alivio ante la disyuntiva de no tener nada. No obstante, las vibraciones que se perciben cuando se asiste en directo a una obra de teatro o a un concierto de música no son las mismas ni de lejos a las reproducciones o emisiones en remoto. Lo mismo cabe decir de la relación entre profesor y alumno donde la capacidad de transmisión del entusiasmo por el conocimiento y la posibilidad de adaptarse a las necesidades del estudiante no se pueden sustituir por la teleformación. Tampoco las reuniones de amigos o de familiares se pueden suplantar por las videoconferencias que han abundado estas semanas como sustitución inevitable.

En el título del artículo se preguntaba si el teletrabajo es una liberación o una condena. Como siempre, hay que matizar la respuesta. Libera de pérdidas de tiempo en transporte, de reuniones innecesarias, de presencialismo (tan abundante hoy en día en España todavía) y de horarios no flexibles e incompatibles con la vida familiar en ocasiones. Pero también es una condena si lo que supone es un exceso de horas de trabajo, una disponibilidad a cualquier hora y cualquier día de la semana, sobre todo si no se acompaña con la dotación de unos medios técnicos suficientes.

Circulan por las redes muchos consejos de cómo el empleado debe enfocar el teletrabajo (no quedarse en pijama, mantener el contacto con los compañeros, planificarse, ponerse horarios, organizarse con los hijos, etc). Sin embargo faltarían muchas más indicaciones para las empresas y, en particular, para los jefes. Entre otros temas habría que abordar el saber cómo organizar las tareas de gente a la que no estás viendo continuamente, los procedimientos de trabajo, el respeto de horarios y el valorar el trabajo más por el cumplimiento de objetivos que por la cantidad de horas empleadas, el propiciar una relación con los colaboradores manteniendo alta la moral de los mismos.

Una de las cosas que tienen que plantearse las empresas es que, si les importa la vinculación y la implicación del empleado con la misma, deben prestar especial cuidado a reforzar esa relación en el caso de los teletrabajadores ya que la falta de contacto directo no facilita el sentido de pertenencia ni la lealtad del empleado con la empresa (ni viceversa).

También se debería incluir la disponibilidad en casa de un espacio adecuado para su realización, así como de los medios técnicos apropiados (tanto en hardware como en software, incluyendo la protección frente a posibles ciberataques, los cuales aumentarán a medida que el uso de la telemática se incremente).

Para esto hay que prepararse y formarse. La crisis del coronavirus pilló a todo el mundo por sorpresa y no hubo tiempo para ello, pero en el futuro ya no tendremos esa disculpa.

También es exigible que la Administración tome cartas en el asunto y legisle sobre este tema en aspectos como la compensación por los gastos adicionales que asumen los empleados, la igualdad de trato con los que no usen esta modalidad, la organización de la jornada, los riesgos laborales y el derecho a la privacidad. La buena noticia es que se está elaborando una ley que cubra estos aspectos y que en estos momentos se encuentra en fase de consulta pública.

El teletrabajo, y en general las actividades en remoto, han venido para quedarse, pero lo lógico es aprendamos a realizarlo mejor que hasta ahora y que se combinen con la actividad presencial de manera que tengamos las ventajas de ambas. Muchas empresas se habrán dado cuenta estos días de que se puede trabajar en remoto de manera efectiva más de lo que habían imaginado, por lo que muchas barreras a esta modalidad se habrán derribado.

Aunque teletrabajemos más, yo personalmente estoy deseando ir a un concierto en directo, a una obra de teatro y a tomarme una caña con los amigos, y parece que cada vez lo tenemos más cerca. Espero coincidir en estas actividades con vosotros lectores.

6 comentarios

6 Respuestas a “Teletrabajo, ¿liberación o condena?”

  1. Manu Oquendo dice:

    Creo que, como dice el autor, tendremos teletrabajo creciente.
    El Trabajo a Distancia comenzó a funcionar con fuerza a principios de los 90 con la llegada masiva de los móviles y los ordenadores portátiles conectables con o sin Internet. Desde entonces los trabajos directivos ya son básicamente teletrabajo conviviendo con a algunas reuniones. Poco después siguieron las actividades comerciales que de tener una mesa y silla por persona pasaron a compartir un puesto físico o un «staff room» entre varios vendedores.
    Los «call centers» de interfaz telefónico con usuarios y clientes son omnipresentes desde hace muchos años y desde países distintos al del cliente y las multinacionales hace décadas que llevaron sus trabajos administrativos a centros que, desde la India por ejemplo, procesaban todas las notas de gastos corporativas mundiales, cobros, pagos, nóminas y contabilidad.

    En realidad esta última ola del Coronavirus podría verse como un empujón adicional a compañías que operan en uno o en unos pocos países así como a las Pymes en general.
    Pasa un poco como con las llamadas «nuevas tecnologías» que se «bautizan» cuando cumplen sesenta años. Conversos tardíos.

    Lo interesante será ver los efectos y cómo se abordan socialmente.

    Por ejemplo la reducción de las necesidades de espacio físico de oficinas en Ciudades. Espacios claramente innecesarios desde hace mucho pero cuya producción y Gestión genera una Ingente Base Recaudatoria y de desplazamientos de Grandes Masas de Gente que no necesitarían hacerlo ni siquiera como diversión. Imaginen ustedes el efecto en PIB de no tener que ir a Madrid cada mañana a las 6:30 o 7:00 cada día.

    Probablemente ha llegado el momento de replantearse una métrica tan perversa y con tan nefandas consecuencias como el PIB. ¿Tiene sentido la actividad por la actividad? ¿A quién beneficia además de al GRI –Gran Recaudador Insaciable? ¿Estamos condenados al sostenimiento de actividades nocivas o superfluas simplemente porque generan PIB?

    Pero, junto a mundos que se cierran, otros se abren.
    Por ejemplo, está en explosión el uso de plataformas de conferencias interactivas. Supongo que todos están ya familiarizados con ellas. A principios de Mayo tuve que pronunciar una como «conejillo de Indias» para un grupo de personas que cuando nos reunimos físicamente solemos ser entre cuarenta y cincuenta residentes en Madrid. Teníamos una reunión física cada dos o tres semanas.
    Pues bien, desde que arrancamos con el nuevo sistema se han unido asociados de toda España y la frecuencia ha aumentado a al menos semanal. De este modo ha habido audiencias superiores a 200 asociados. En otros foros creo que ha sucedido lo mismo y yo me plantearé muy seriamente a qué reuniones presenciales voy y para qué. Desde luego iré a cenas y cosas parecidas pero si puedo escuchar o dar una conferencia en remoto voy a elegir la opción remota.

    No puedo hablar de la Enseñanza pero los profesores universitarios que conozco me dicen que hacen casi exactamente lo mismo en una clase presencial que en una virtual.

    Y aquí si que hay un problema. Es muy fácil elegir el «mejor profesor de España o del mundo Hispano» y que pase a ser «el profesor virtual de todos». A ver qué se nos ocurre para sostener el sistema de enseñanza actual.

    Esto me recuerda que un servidor cuando aprendió de verdad las Series de Fourier fue en los años 80 en un curso de Open University TV en Inglaterra. A las cuatro de la mañana, por cierto.

    Un saludo

    PS. Fourier. https://es.wikipedia.org/wiki/Serie_de_Fourier

  2. O'farrill dice:

    «Es exigible que la Administración tome cartas en el asunto y legisle…..» Surge de nuevo el complejo de tutela desde los «poderes públicos» hacia los ciudadanos. De nuevo hay que especificar que, en un sistema democrático, legisla la soberanía nacional a través de sus representantes políticos en el Parlamento (a menos claro que hayamos asumido ya un sistema autocrático o totalitario donde «quien manda, manda…»). Puesto que las palabras no son inocentes, resulta preocupante esta asunción sumisa de la sociedad que sólo debe obedecer (Léon Duguit). Asimismo es grave la renuncia de la sociedad a la innovación ante el hecho de esperar a que nos legislen.
    El sistema de trabajo a distancia, como ya dice Manu Oquendo, no es nuevo. De hecho allá por los años 70/80m del pasado siglo se planteaba como una solución a los problemas de espacios laborales, a la pérdida de tiempo en desplazamientos, a los problemas de movilidad y a la contaminación ambiental que todo ello produce, a las relaciones familiares y su conciliación laboral…. pero, como muy bien señala Manu, todo ello suponía una merma importante de ingresos recaudatorios por una u otra vía (espacios, material de oficina, combustible, energía y hasta indumentaria) aparte de impedir la «socialización» en el seno de las empresas. Muchas de ellas intentaban crear espacios de convivencia para que los empleados se sintieran cómodos y hasta pudieran establecer otro tipo de relaciones (la mayor parte de las infidelidades de pareja se dan en ese marco) más atractivas que el propio domicilio. Recuerdo un vecino que siempre llegaba a casa hacia las once de la noche. Al preguntarle si es que tenía mucho trabajo contestó: «no, en realidad prefiero estar fuera de casa hasta que los críos estén acostados…» Simplemente se quedaba con los «compis» socializando alrededor de unas cervezas en lugar de colaborar en las tareas domésticas (de paso «ligaba» y mantenía alguna relación externa que le daba «vidilla»). Lo mismo es traspasable, como es lógico, al otro u otros géneros…..
    Por todo ello, resulta un tanto absurdo esperar que la gente vaya a aceptar (más allá de los aspectos formales puramente laborales) una regulación que le impida tener esas válvulas de escape profesional o laboral, donde hay tantos alicientes externos.
    En igual sentido podría «legislarse» sobre la cercanía doméstica de vivienda al espacio laboral. No sería tampoco la primera experiencia de viviendas anexas a los lugares de trabajo ( desde las industrias del siglo XIX) construidas por las propias empresas y que darían lugar más tarde a poblaciones donde la mayoría vivían de una determinada actividad.
    En fin, casi todo está ya inventado o ha sido tenido en cuenta en épocas pasadas. Nada nuevo bajo el sol….
    Un saludo.

    1. Sobre la necesidad o no de que la Administración legisle sobre el teletrabajo, he de decir en primer lugar que lógicamente me refería a los mecanismos legislativos de los que dispone nuestra democracia.
      Las empresas hace años que han tomado la iniciativa en este tema y conozco varios casos en los que, siguiendo buenas prácticas aceptadas internacionalmente, han adoptado medidas que facilitan la realización adecuada del trabajo a distancia.
      En cualquier caso, sigo opinando que los poderes públicos deben implicarse en el tema ya que hay aspectos que se deben regular para evitar abusos por parte de algunas empresas. Esto no es más que la extensión de lo que ya se hace para la forma tradicional de trabajo en fábricas u oficinas. Hay que evitar, por ejemplo, que en el teletrabajo no haya limitación de horas, que no se haga en condiciones controladas en cuanto a riesgos laborales o que se discrimine a los que utilizan esta modalidad de trabajo en cuanto a sus posibilidades de promoción, etc. Se debe evitar que los teletrabajadores se vean con menos derechos que el resto.
      Por otro lado, comentar que, aunque el teletrabajo existe desde hace años, es innegable que se ha potenciado en los últimos años y que, muy probablemente, esta crisis haya servido como revulsivo para que aumente de forma significativa ahora.

      1. O'farrill dice:

        Estimado Francisco: entiendo que es un «lapsus» que se ha convertido en hábito en el lenguaje y deberíamos preguntarnos el porqué. Todos los conceptos de «autoridades», «poderes públicos», etc. en realidad son instituciones que emanan de la soberanía nacional. Dicho de otro modo, si no es así no hay «poderes» de ningún tipo. Convendría quizás insistir en ello:
        1º.- El Estado es la forma de organización política y administrativa de una nación, surgido de la soberanía de sus ciudadanos.
        2º.- Los «poderes» que emanan de la soberanía tienen una función específica, por lo que deben ser independientes sin predominio de uno sobre otro.
        3º.- De ellos el más importante sería, en todo caso, el «legislativo» cuya función es llevar la soberanía de sus representados a leyes o normas. El ejecutivo las aplica y obedece escrupulosamente y el judicial resuelve los conflictos.
        Sobre ese triángulo se yergue una sociedad democrática y un estado de Derecho. En caso contrario tenemos un «trampantojo» de ambos.
        En cuanto al resto de lo comentado está basado en la experiencia propia de bastantes años. Quizás demasiados….
        Un cordial saludo.

  3. Rafa dice:

    Parece que vivimos una época en la que el utilitarismo se ha impuesto de forma masiva, pero esta corriente de pensamiento ya insertada en nuestra forma de hacer, merece ciertas reflexiones.

    Recuerdo todavía la inquietud si nó el pánico hace ya veinte años del llamado efecto 2000, cuando prácticamente toda la humanidad esperábamos cuando comenzara este significativo año retroceder a la prehistoria tecnológica.

    El incremento del teletrabajo que sin duda presentaria ventajas, supone un aumento de la dependencia a lo telemático, pues tendrían que resolverse por los teletrabajadores muchas aclaraciones o resolución de los problemas laborales que actualmente se realizan de manera presencial.

    También entiendo que la formación para el teletrabajo pasaría por el telestudio y creo que han advertido los psicólogos y medicos sobre el abuso de horas frente a una pantalla de ordenador en edad temprana.

    Además de los problemas estructurales, de adecuar las casas a condiciones idénticas a las de trabajo, que en muchos casos supondría por falta de espacio convertir tu hogar en una oficina o despacho, la implicación por parte de los empresarios y/o el estado en los gastos que supone, la redefinición de los horarios de trabajo, en los seguros de salud de lo que podría ser un accidente laboral etc, etc.

    Comparto como tu apuntas en el artículo que es incomparable la trasmisión en la comunicación presencial de la telemática, la agilidad y eficacia que proporciona la mirada, la intensidad de tono timbre en la voz, los gestos proporcionan un ahorro de tiempo en la comuncación.

    Entiendo también que la economía en los gastos y tiempos de desplazamiento al centro de trabajo, solo se produce en grandes ciudades y que el abuso del vehículo privado no solo para desplazarse al trabajo sino para acudir a centros de ocio o recreo, provoca mucha contaminación.

    Pero el argumento mas contundente que yo observo es el de que aunque actualmente la telemática, la robótica y la aplicación tecnológica nos serían imprescindibles por razones que es innecesario explicar, entiendo que todavía el ser humano tiene un proceso pensante que no tiene nada que ver con los bites informáticos y esta consciencia todavía esta por desarrollar en todos los campos ( artístico, científico religioso y por supuesto en el laboral) por lo que incrementar el uso de la informática por mor de la eficacia nos conllevaria otro tipo de problemas aunque en apariencia su aplicación nos fuera de utilidad.

    Un abrazo

    1. Hola Rafa.
      Coincido contigo en que el mayor uso del teletrabajo y, en general de las actividades mediante comunicación telemática, supone un reto para la Humanidad al que posiblemente no estamos preparados y dé lugar a distorsiones.
      Sigo pensando que la expresión artística, y otras muchas actividades, se quedan incompletas sin la presencia y el contacto humano. No obstante lo que planteas nos lleva a otras reflexiones.
      El ser humano ha tenido que ir cambiando y adaptándose a múltiples cambios a lo largo de la historia, y hay que decir que lo hace con cierta rapidez. Nos hace sonreír ahora la preocupación que tenían a principio del siglo XX porque pensaban que los vehículos nunca podrían ir más allá de una velocidad baja ya que si no seríamos incapaces de respirar. Desde la revolución industrial los cambios han sido enormes: el paso del mundo rural a las ciudades, las fábricas, los transportes y medios de comunicación, por citar sólo unos pocos. En todos ellos el ser humano se ha ido adaptando.
      Yo creo que el teletrabajo va a aumentar, pero no va a tener una subida tan brusca como la que hemos vivido durante el confinamiento, que de alguna manera nos ha obligado a ello.
      En cualquier caso pienso que veremos cada vez más actividades en remoto y que nos iremos adaptando a ello, aunque haya que hacer ajustes de muchos tipos (la escolarización a distancia ha supuesto un trabajo extraordinario para los profesores, las condiciones laborales no han considerado en general esta modalidad, etc)

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