EDUCAR PARA LA INCERTIDUMBRE

Como podemos comprobar cada día, el futuro que se avecina ofrece pocas seguridades y muchas incertidumbres. Instituciones y formas de vida tan arraigadas como el empleo estable, la casa en propiedad o la familia, tal y como las hemos conocido, están llamadas a desaparecer o se están transformando profundamente.

A esto hay que añadirle que cada vez vivimos más años y en mejores condiciones de salud, por lo que no resulta extraño que, en los primeros 40 o 50 años de su vida, alguien cumpla el ciclo convencional de estudio, empleo, matrimonio, hijos y, en un momento determinado, rompa con todo y empiece de nuevo; todo lo nuevo que le permita su memoria.

Parece que se acercan tiempos de tener la puerta abierta y compartir la casa, la nevera y la cocina. Y en este futuro no tan lejano entra dentro de lo posible que, de un día para otro, haya que coger los trastos y marcharse al otro extremo del mundo. En estas circunstancias, resulta mucho más sencillo partir si todo lo que se tiene o se quiere conservar cabe dentro de una maleta.

A nuestro modelo, que tiene vocación de sedentario, ya no le queda más remedio que moverse. Después de siglos de fundar ciudades, crear países y enseñar valores basados en la acumulación, la conservación y la conquista, ahora resulta que nuestras fronteras nos encierran y que lo que se acumula y se quiere conservar es algo tan etéreo que puede desaparecer de un día para otro.

Cuando tener poco dinero sea la norma, lo más sensato será no necesitarlo, o disponer de múltiples habilidades que permitan sustituirlo o conseguirlo; desde bailar claqué hasta coser un traje, pasando por programar, impartir un cursillo sobre Nietzsche, conducir un autobús, montar un escenario o podar un tilo.

Si no cambia en profundidad, no parece que el sistema educativo que conocemos sea capaz de ofrecer tal cantidad y variedad de destrezas. Y esto es la parte fácil de lo que se necesitaría. Es mucho más problemático aprender a convivir con las largas temporadas de inactividad laboral de las que dispondremos. Y lo es todavía mucho más aprender a vivir sin certezas.

Este conflicto entre la incertidumbre y la certeza es en realidad muy antiguo, es el conflicto que siempre hubo entre la forma de vida del nómada y la del campesino. Y nos podemos encontrar con que, después de adquirir la pericia y la mentalidad del agricultor, lo que realmente necesitamos son las habilidades y las ideas del trashumante o del peregrino.

¿Qué tendría que cambiar en nuestra forma de aprender y de educar para que nuestro sistema educativo deje de ser anacrónico y esté en armonía con los espacios y los tiempos en los que vivimos?

Aunque parezca una contradicción, una de las primeras medidas sería abandonar el utilitarismo de los conocimientos; dejar de aprender con la intención de usar y empezar a hacerlo para formarse, para darse forma como persona. Aprender a leer es útil, pero es mucho más que eso. Leer no es traducir lo que está escrito, ni comprender y ejecutar correctamente una secuencia de instrucciones; leer es descubrir qué hay más allá de las palabras, encontrar su ritmo y recuperar las asociaciones y pensamientos que las vinculan. Leer, en realidad, es volver a escribir, haciendo nuestro lo que ya está escrito. Pero no es así como se enseña la lectura. Y lo mismo podría aplicarse para el cálculo, el dibujo, la historia, la física o cualquier otro de los saberes convencionales.

Un segundo cambio, que está relacionado con el anterior, es dejar de enseñar lo que creemos que se va a necesitar y empezar a enseñar lo que ahora se necesita; es decir, proporcionar aquello que tiene un sentido para el que aprende, aunque solo sea el de disfrutar con ello. Por ejemplo, diseñar y construir el prototipo de un coche que se mueve es mucho más concreto y tiene más significado que calcular su velocidad o describir el funcionamiento del motor de explosión; además es muy posible que, después de construir el coche, se quieran aprender estas cosas.

Se trata de resolver un problema real, una situación concreta, que no es trivial pero que está dentro de nuestras posibilidades, con todos los conocimientos y habilidades que tenemos en este momento, así como con aquellas que tendremos que adquirir o desarrollar durante el proceso.

Y este enfrentamiento con situaciones en las que somos los protagonistas y no solo los ejecutores debería conducir a una concepción distinta del acierto y el error, el éxito y el fracaso, lo correcto y lo incorrecto, lo verdadero y lo falso y tantas otras dicotomías asociadas a nuestra necesidad de seguridades. Sería una forma de descubrir que el mismo problema se puede resolver de múltiples formas diferentes y que, mientras se buscan, es habitual equivocarse y enmendar lo que se hace, aprendiendo de ello. Esto nos volvería más flexibles y menos propensos a tener prejuicios, que son dos de los requisitos indispensables para enfrentarse a lo desconocido, en oposición a la rigidez y el dogma que suelen acompañar el mundo de lo académico.

No hay fórmulas ni recetas para diseñar la educación del futuro, pero todas las tentativas que se hagan deberían estar dispuestas a intentar cosas nuevas, conservar aquellas que son válidas y abandonarlas, para empezar de nuevo, cuando dejan de serlo o ya no se necesitan.

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Sobre Enrique Sánchez Ludeña

Enrique Sánchez Ludeña, nacido en 1956, es licenciado en Ciencias Químicas, con la especialidad de Bioquímica y Biología Molecular, por la Universidad Autónoma de Madrid. Durante diez años fue profesor de ciencias y matemáticas en el Colegio Ágora. Simultáneamente, y desde entonces, se ha dedicado a la elaboración y edición de textos escolares y otros materiales didácticos sobre ciencias experimentales, tecnología e informática. Ocasionalmente colabora en actividades de formación del profesorado.

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5 Respuestas a EDUCAR PARA LA INCERTIDUMBRE

  1. Paco 10 mayo, 2012 at 0:19 #

    Una de las tendencias que se ven más claras en nuestra sociedad actual es que van desapareciendo las seguridades en las que vivíamos.

    Ocurre en el campo laboral donde el puesto fijo para toda la vida es algo cada vez más raro y, en el mismo trabajo, sucede que las circunstancias que te rodean van cambiando cada vez con más frecuencia. Mientras antes empezabas un proyecto en la seguridad de que duraría un tiempo determinado, ahora cada vez está más presente la incertidumbre de si se cortará en cualquier momento o cambiará de planteamiento porque la situación económica o política ha cambiado.

    Es cada vez más frecuente que tengas que salir de España para desarrollar tu actividad profesional, cuando antes ni te imaginabas salir de tu barrio.

    Las palabras clave son incertidumbre, cambio imprevisto y, por tanto, flexibilidad y necesidad de adaptarse.

    La Educación no puede, no debe, hacer otra cosa que adaptarse a esta nueva situación y dar los medios que ayuden a vivirla mejor. Para ello debería propiciar el cambio en lo que se enseña y, sobre todo, la capacidad de adaptación al cambio.

    Además vivirlo como aventura, con la alegría de descubrir algo nuevo. Si se consigue trasladar esa actitud habremos conseguido seres más aventureros. Y eso es mucho conseguir.

  2. Valentina 10 mayo, 2012 at 14:33 #

    He visto este video en youtube, es interesante.
    http://www.youtube.com/watch?v=59Eqytyp1K4&feature=share

  3. Auriga 30 mayo, 2012 at 1:05 #

    MIMZY …
    Es una película que un amigo me regaló. Seguro que os gustará.

  4. Lidia 14 septiembre, 2012 at 12:30 #

    Educar para la incertidumbre será un proposito o una acción a realizar. Quizás se instale en las correciones ajustadas de los propositos corregidos de la educación. Ello abriria al prejucio a la sensatez.

    Buen titulo de actualidad para ampliar, gracias.

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  1. EDUCAR PARA LA INCERTIDUMBRE | OTRAS POL&Iacute... - 10 junio, 2014

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