En 1846, el poeta y filósofo estadounidense Henry David Thoreau se negó a pagar un impuesto destinado a financiar la guerra de Texas contra Méjico, por lo que fue encarcelado. No durante mucho tiempo, una sola noche, hasta que sus amigos cancelaron la deuda, pero suficiente para inspirar una de sus obras capitales, Desobediencia civil, que influyó poderosamente en personajes de la talla de Tolstoi, Gandhi o Martin Luther King.

De forma resumida, la desobediencia civil consiste en el desacato público, consciente e intencionado de una ley, que se rechaza por motivos de conciencia, o por considerarse arbitraria o injusta, pero estando dispuesto a asumir las consecuencias legales de este acto y el castigo que conlleva. Todo ello de forma no violenta y con una intención política; es decir, no buscando una dispensa personal a un deber general de todos los ciudadanos sino pidiendo que la norma que se transgrede sea erradicada o suplantada por otra más acorde con el bien común.

Se trata, por tanto, de una llamada de atención, de un acto que busca influir sobre la opinión pública, denunciando que la ley que se desobedece quebranta una obligación o principio moral, ético o religioso que está, o debería estar, por encima de ella. Tiene, lógicamente, más efecto cuando la desobediencia es colectiva; basta recordar, como ejemplos, el movimiento sufragista de las mujeres inglesas o la transgresión pública de las leyes racistas impuestas en Estados Unidos contra los afroamericanos.

Desobedecer es un hecho habitual que todos practicamos, le concedamos o no legitimidad al poder establecido, a aquellos que nos gobiernan y a sus decisiones. Continuamente incumplimos la norma por múltiples motivos: por comodidad, por egoísmo,  porque nos parece absurda, ineficaz o hecha a la medida de quien la establece… Siempre podemos encontrar razones que justifiquen el desacato. Pero pocas de esas desobediencias tienen el matiz político, de búsqueda del cambio social, que se persigue con la desobediencia civil.

¿Quiere esto decir que la desobediencia civil es la forma legítima de desobedecer, cuando se busca una sociedad mejor, mientras que las demás desobediencias son, en el mejor de los casos, distintas formas de rebeldía? Evidentemente no. La desobediencia puede ser pacífica y por motivos de conciencia, pero no necesariamente pública, buscando un enfrentamiento abierto contra el poder. Otra cuestión es que este enfrentamiento, por coherencia o por un encadenamiento de circunstancias, finalmente se produzca.

Esto es lo que viene sucediendo en nuestro país, desde hace años, con el homeschooling, con la educación en casa, que es un desacato a la obligación de escolarizar a nuestros hijos; por más que se insista en que no se trata de una obligación sino del cumplimiento de un derecho: el que tienen los menores de ser educados.

Como argumentan los que la practican, una cosa es la educación y otra bien distinta es la escolarización, que solo es una forma de que la educación se lleve a cabo, y no siempre la mejor o la más adecuada. Si la educación se está produciendo, si claramente se está respetando el derecho del menor, parece que la decisión de sus padres debería primar sobre la imposición estatal de un determinado modelo educativo. Así es como lo entienden en muchos países, en los que es una opción válida y contemplada en las leyes, en las que se establecen los requisitos para que tenga lugar con garantías así como la forma de integrarse en el sistema educativo de cada país, es decir de homologar los aprendizajes obtenidos por esta vía.

¿Podríamos afirmar que las familias que optan en España por educar a sus hijos en casa están ejerciendo la desobediencia civil? Siendo puristas, la respuesta es no. Están desacatando intencionada y conscientemente una ley, la ley de Educación (la que toque, da igual el color político) pero no lo están haciendo público; no lo ocultan pero, en muchos casos, intentan pasar desapercibidas, o al menos no hacer ostentación de ello, confiando en el buen criterio de los asistentes sociales, los inspectores educativos o los jueces, si se da el caso de que tengan que comparecer ante los tribunales. Hay cierto margen legal para poder defender esta decisión y, en consecuencia, evitar la sanción correspondiente. Entre tanto, lentamente, se va creando un estado favorable de opinión.

Si seguimos centrados en las decisiones del Estado sobre la educación de sus ciudadanos, se me ocurren otros supuestos en los que las leyes conculcan obligaciones o principios de orden superior, dificultando la formación de las personas en lugar de facilitarla. Entre ellos, la obligatoriedad de recibir ciertas enseñanzas (recordemos la controvertida Educación para la Ciudadanía de la ley educativa anterior) o de estar sometido a una forma concreta de pedagogía que viene impuesta, en la práctica, por la rigidez del sistema de horarios, asignaturas, currículos, cursos y calificaciones que establece la legislación.

Frente a la sucesión de despropósitos,  arbitrariedades y ocurrencias de cada nueva ley educativa; sabiendo que esta ley y las que vendrán después van a ser efímeras, mientras no cambie la forma de hacer política de este país; teniendo el convencimiento y las evidencias de que se puede educar de otra manera, con mejores resultados y más acorde con las necesidades de los que se educan, no faltan motivos para desobedecer.

Es más, las contradicciones y exigencias de las propias leyes hacen inevitable que esta desobediencia se produzca. Porque una ley no puede decidir cómo tienen que madurar las personas ni cómo tiene que funcionar su organismo; una ley no puede establecer cuáles son el momento y la forma más adecuados para que cada persona aprenda; una ley no puede afirmar que tiene vocación de globalidad, que persigue el desarrollo integral de los que se educan, para establecer a continuación una relación exhaustiva de contenidos y normativas de obligado cumplimiento; una ley no puede apelar a la creatividad, la innovación y el emprendimiento y, al mismo tiempo, demandar una ingente cantidad de burocracia.

Aunque se quisiera cumplir la ley, los hechos cotidianos, el funcionamiento real de las personas y de las cosas, hacen imposible que se cumpla. Desde el momento en que un educador intenta enseñar a sus alumnos a partir de dónde están, no de dónde dice un boletín oficial que deberían estar; desde el momento que intenta proporcionarles lo que necesitan y favorecer su desarrollo; cuando busca e intenta poner en práctica las condiciones y las metodologías más adecuadas para que aprendan; en esta tesitura, no le queda otra opción que desobedecer. O, por lo menos, de apurar la ley, no dejando de hacer todo aquello que no esté explícitamente prohibido por ella.

5 comentarios

5 Respuestas a “Desobediencia escolar”

  1. Manu Oquendo dice:

    Estamos acostumbrados a una dinámica de sumisión que no cuestiona lo que hemos sacralizado continuamente a lo largo de la historia. El Poder social humano. La vieja Plenitudo Potestatis herencia de la Divinidad.

    El poder social, —en sus cuatro pilares o manifestaciones: político-burocrático, militar, económico e ideológico— se sigue aceptando como Absoluto. Y ello a pesar de la muerte práctica de todos los Dioses que hemos tenido.

    A cada Dios que matamos, damos más vida al Poder Humano que sobre nosotros dispone. Nunca Dios alguno tuvo tanto poder arbitrario ni tanto control y conocimiento sobre nosotros como `posee el estado moderno. Hablábamos de ello en el artículo de M. B. y, en el fondo, hablamos aquí de lo mismo.

    Se ha consagrado la versión Weberiana de “monopolio de la Violencia y la Coacción para imponer su autoridad”. Estamos en la frontera ideológica de la Mística del Hormiguero.

    Tanto se ha sacralizado que continuamos rindiendo tributo a la resistencia pasiva y homenajeamos a personajes como Thoreau, Gandhi o similares que, no cuestionando el derecho del poder a la Imposición y al Castigo, tienen el valor de enfrentarse a él para pedir cambios en la forma de ejercerlo. Es la aceptación práctica de la abyecta tesis de Rousseau.

    Nunca cuestionamos el Poder Mismo y sus límites para actuar sin nuestro consentimiento explícito y a controlarnos –también sin límites– a través de sus Infraestructuras minuciosamente construidas.

    Hasta tal punto que hemos aceptado que.

    1. El poder imponga, a través de un sistema educativo y cultural, obligatorio y a su entera disposición, la Inexistencia de Criterios morales Exógenos que puedan servir de base para cuestionar o criticar sus decisiones.

    2. La desaparición de la vida pública de cualquier semblanza de trascendencia tanto en la vida humana individual como en la colectiva.

    Pues bien, me temo que esto ha llegado a su límite histórico.

    Que estamos viviendo un final de ciclo y que viene el tránsito por un desierto que nos puede llevar o bien a una profundización de la situación de sumisión y dependencia o a un crecimiento evolutivo del ser humano, individual y socialmente.

    Creo que esta es la encrucijada de este fin de época.
    Las próximas Constituciones –.si van a servir de algo– deberán comenzar por definir minuciosamente los Límites al Poder Social.
    O serán a peor.

    Saludos

  2. Goyo dice:

    ¿ Se puede instrumentalizar la educación ?. Sí. Pero en poco tiempo nos hemos acostumbrado tanto a lo que se imparte como educativo que ni siquiera nos paramos a pensar sobre quién y con qué intención lo ofrece, y con qué justificación lo argumenta.
    Al instrumentalizar la educación no solamente se genera una ruta determinada de tránsito, y un específico modo de recorrerla, sino que al hacerlo, a la par, se necesita escamotear la formación de la persona. Lo cual no es otra cosa que no considerar la diferencia real de cada hombre al desatender la posibilidad de trascender la mediocre realidad en la que se halla. Esto, los llamados “poderes fácticos” lo manejan muy bien, y se sabe, (dentro de lo poco conocido) que el mejor modo de perpetuar el modelo es inhibir a la persona de responsabilidad. Esto es, procurar que no se busque la más inteligente y sabia respuesta que concierne a su personal estado y conocimiento. Para ello sólo hay que uniformar la realidad, que ésta sea una e igual para todos. Es así como cambiando el sentido de la responsabilidad por el del cumplimiento y aceptación de lo normativo se consigue una educación adiestrativa y no formativa. Pues su máxima concepción filosófica estriba en buscar la inocencia (aunque sea trampeando), y la satisfacción de la obligación cumplida porque capacita para el estatuario del buenismo-social.
    Estamos en un momento de la llamada democracia en el que las leyes proliferan y se extienden como la grama, formando una “red de condiciones” que adquiere inercia de alienación y perversidad sin que se pueda señalar autoría. Tal vez sea porque aún no nos hemos hecho conscientes de lo que abarca y liga el termino de responsabilidad…

    Lorca, en el poema de NEW YORK ( OFICINA Y DENUNCIA ), escribía :

    … Debajo de las sumas, un río de sangre tierna;
    un río que viene cantando
    por los dormitorios de los arrabales,
    y es plata, cemento o brisa
    en el alma mentida de New York. ……………….

    Gracias Enrique, un saludo.

  3. En efecto, puede que cuestionar la legitimidad del poder establecido y actuar en consecuencia sea una responsabilidad insoslayable, un hito ineludible, en el desarrollo evolutivo de cada ser humano.

    En mi opinión, conviene considerar que quizás ninguna legislación que podamos elaborar pueda pretender sustentarse sobre una legitimidad esencial, toda vez que sus principios fueron concebidos desde una capacidad de consciencia necesariamente reducida que, más pronto que tarde, debe ser superada. Y creo que esa superación sólo podrá empezar a suceder cuando la sensibilidad, y el camino que le es propio, el Arte, esa capacidad humana tan desconocida aún, por más que se pretenda lo contrario y consecuentemente tan controlada por el poder, adquiera el papel que le corresponde en toda acción social.

    Cuando percibamos los primeros síntomas de ello podremos decir que estamos asistiendo, por fin, a los albores de un nuevo modelo.

    Gracias.

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