Resulta evidente que el sistema educativo oficial no está atendiendo a todas las necesidades de formación,  tanto las que se deben a las inquietudes personales como aquellas que demandan la sociedad o las empresas.

Continuamente surgen nuevas ocupaciones y profesiones que encuentran su lugar en el mercado; bien porque atienden una necesidad o solucionan un problema que antes no se habían planteado o bien porque, aunque el problema o la necesidad sean antiguos, los resuelven de otra manera. Los expertos en posicionamiento web y los community manager serían ejemplos del primer caso, mientras que los quiroprácticos y naturópatas serían un buen ejemplo del segundo.

Los que ejercen estas profesiones disponen de habilidades que no estaban contempladas en las enseñanzas oficiales; es decir, que no formaban parte de ningún currículo ni estaban detalladas en una ley educativa. Se trata de personas que, además de asistir a la escuela, el instituto, los centros de formación profesional, la universidad y demás centros oficiales, con o sin aprovechamiento, han adquirido los conocimientos que les hacen diferentes por otras vías.

Casi todas estas vías son fruto de la iniciativa de particulares o de instituciones privadas y las enseñanzas que se reciben en ellas se conocen en conjunto como enseñanzas no regladas, queriendo indicar con ello que no están sujetas a regulación o normativa en cuanto a su duración, contenidos, criterios de acceso o metodología. En consecuencia, los certificados, diplomas o títulos que se obtienen en ellas no tienen carácter oficial; pero sí pueden tener validez a efectos laborales. De hecho, algunos másteres profesionales, titulaciones de escuelas de negocios y certificados de idiomas pesan mucho más, al ser elegidos para un empleo, que las titulaciones oficiales equivalentes, si es que las hubiera.

Y este reconocimiento por parte del mercado laboral ha dado origen a un sistema educativo paralelo, formado por academias, centros de estudios privados, escuelas de negocios y las mismas universidades, que no forma parte del sistema educativo oficial pero sí forma parte del Sistema. Es decir, comparte muchos de sus valores y fines, en concreto los asociados con la competitividad y la formación para el empleo, y en bastantes casos obtiene mejores resultados.

Cuando se comparan el funcionamiento, el planteamiento pedagógico o la metodología de muchos de estos centros con los de las instituciones oficiales, no se aprecian grandes diferencias; pero sí las hay. Aunque en unos y otros haya cursos, horarios, exámenes y asignaturas, en el primer caso son propios y en el segundo impuestos. En un caso existe absoluta libertad para modificarlos o prescindir de ellos mientras que en el otro esto no es posible.  Unos basan su éxito en la flexibilidad mientras que los otros se apoyan en la normalización, uno de los requisitos necesarios e impuestos de cualquier burocracia.

Y hay más diferencias. Los centros e instituciones que ofrecen estudios no reglados se mantienen mientras que consiguen unos resultados que tengan el suficiente prestigio como para ser reconocidos, no por el Estado sino por aquellos que los van a demandar, estudiantes o empleadores. Si este prestigio se pierde, dejan de valorarse y desaparecen.  No sucede así con los centros oficiales. Y posiblemente no deba suceder, al menos con esta lógica tan simple y tan fría de la oferta y la demanda, pero sí debería ser motivo de reflexión y debería dar pie a cambiar algunas cosas.

Porque no solo tienen éxito los estudios no reglados que capacitan mejor para el trabajo, sino que también lo tienen, incluso más, aquellos que atienden a otro tipo de intereses y carencias. Solo así se explica la proliferación de centros en los que puede aprenderse música, dibujo, fotografía, tenis, pilates o  tai chi, por poner algunos ejemplos. La demanda de estas enseñanzas es en muchos casos fruto de las modas, o de la necesidad de llenar el gran vacío que produce eso que llamamos ocio o tiempo libre, pero pone de manifiesto que la educación que obligatoriamente recibimos por los cauces formales no es una educación completa ni satisfactoria.

La educación es un fenómeno global y complejo que se resiste a las categorías y las clasificaciones. No obstante, las políticas educativas suelen distinguir entre tres tipos o clases de educación: formal, no formal e informal. La primera es la que se imparte en las escuelas, colegios e instituciones, la segunda es la que proporcionan los grupos y organizaciones de la sociedad civil y la tercera es la que cubre todo aquello que no se incluye en las categorías anteriores; es decir, la que adquirimos mediante el autoaprendizaje, las relaciones con la familia, los amigos, los compañeros y los vecinos, la interacción con el medio que nos rodea, la ciencia infusa y todo aquello que genera experiencias y vivencias. Lo que aprendemos viajando, yendo al cine o al teatro, navegando por Internet, visitando un museo, jugando al baloncesto o trabajando con nuestro tío o nuestro padre, sería educación informal.

Las palabras son importantes y contienen una carga además de un significado. La denominación de enseñanza o educación informal no es una denominación inocente, sino que lleva implícita un cierto desprecio o minusvaloración, debido a su falta de formalidad. Se está transmitiendo de alguna manera que es la educación menos fiable, la que está menos sujeta a reglamentos y disciplinas, la  más incierta e impredecible y, por tanto, la más difícil de controlar.  De ahí que no se potencie o que se intente manipular.

Sin embargo, puede que en esta forma de aprender, movida por intereses e intenciones, por empatías y simpatías, por compromisos y lealtades que surgen al hilo de la vida, se encuentre la solución de eso que llamamos fracaso escolar. Y cabe imaginar un sistema educativo en el que, además de asistir periódicamente a las aulas, sea preciso recorrer talleres, colaborar en un trabajo de campo, estudiar en exclusiva con un profesor concreto o sacar adelante proyectos comunes con los ancianos. Todo ello siguiendo un itinerario, un plan de estudios, diseñado con y para cada cual.

Por supuesto que esto supone una gran complejidad, si se contempla desde la perspectiva actual, desde lo que ahora tenemos y nuestra forma de funcionar; pero ello no significa que no sea posible. Se trata de tender puentes entre lo que ahora son instituciones y comunidades forzadas y cerradas, de tejer una red que conecte todas las comunidades de aprendizaje que tenemos o que podamos imaginar. Y después hay que organizarlo, aunque no nos faltan modelos, tecnología ni cabezas para hacerlo. Solo nos falta voluntad. Y estar atentos para que la organización no sea tan rígida y estricta que acabe paralizando a todo lo demás.

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