En otros tiempos, cuando un niño se portaba mal recibía unos azotes. Hoy se emplean métodos más sofisticados. Por ejemplo, una carita triste pegada sobre el babi; un símbolo amable de que no hemos hecho lo correcto. O su contrapartida, una carita sonriente, que informa a los demás de que hemos sido buenos.

Resulta desalentador, pero la mayoría de nuestros comportamientos buscan conseguir un premio o evitar un castigo; es decir, están movidos por el interés o por el miedo. Y en esto se basan todos los sistemas de entrenamiento y adoctrinamiento, incluida la enseñanza: en producir placer o dolor manejando la fuerza o manipulando las emociones. Es una forma de condicionamiento que alterna entre el golpe y la caricia, la alabanza y el desprecio, la promesa y la amenaza. Así es como se acostumbra a las personas a obedecer y a buscar la aprobación.

Se establece una escala de valores acerca de lo que está bien y de lo que está mal, de lo que es correcto o incorrecto, de lo bueno y de lo malo. Y para que no haya confusión se recurre a las normas, que nos indican cuál es la forma adecuada de hacer las cosas. Y de las normas se pasa al juicio. A continuación se establece un juego de correspondencias entre cada acción y su consecuencia, entre cada comportamiento y la recompensa o la sanción que llevan asociados.

Lamentablemente, cuando se intenta prescindir de estas prácticas, confiando en la responsabilidad y el buen criterio de las personas, los resultados no son los esperados, sino que tienden a dar la razón a aquellos que justifican su necesidad. Sin instrucciones, sin la tensión que provocan el palo y la zanahoria parece que nuestros comportamientos tienden a relajarse, parece que el cuidado, la atención y el esfuerzo que se ponen en una tarea son inferiores a los empleados cuando hay una amenaza o una recompensa. Lo cual es lógico, porque para prescindir de los premios y los castigos se necesitaría otro tipo de educación.

Sin embargo, asumiendo que en este momento de la historia de la humanidad es muy difícil funcionar de otra manera, no por ello deberíamos negar esa posibilidad. Dentro de lo que hay, podríamos intentar nuevos comportamientos y adoptar otras actitudes que nos ayudaran a abandonar lo que tenemos, nuevas fórmulas que nos acercaran a aquello que intuimos, a ese arquetipo o ideal.

Para empezar, deberíamos ser conscientes de que todos estamos constantemente premiando y castigando. Movidos por nuestros miedos y defendiendo nuestros intereses, manejamos el miedo y el interés de los otros. Y este mecanismo también lo utilizamos con nosotros mismos, concediéndonos placeres y aplicándonos penitencias. Estar atentos a esta forma de actuar y descubrirla podría ser un primer paso.

El castigo permite lavar la culpa; es decir, ofrece al que lo recibe la posibilidad de pagar por lo que ha hecho, con lo cual se considera en paz y se desentiende de los motivos y las consecuencias de lo sucedido. Puede que, incluso, el trato le parezca justo o el precio a pagar le merezca la pena; con lo que entramos en un juego de policías y ladrones en el que cada cual asume su papel pero nadie cambia su postura.

Al juzgar y sentenciar dividimos el mundo en culpables e inocentes, en aquellos que tienen que responder de sus actos y aquellos que no se sienten partícipes de lo sucedido y, por tanto, no consideran que tengan que hacer algo para impedirlo o solucionarlo. Así es como se diluye la propia responsabilidad, pretendiendo que muchos de los problemas que nos afectan los tienen que resolver otros.

Un ejemplo claro de esto sería el acoso escolar; donde, además de víctimas y ejecutores, hay observadores que lo han consentido y otros que no han podido, o querido, ver que se producía. Otro ejemplo más sutil serían los fracasos académicos, que tienden a considerarse como un asunto de cada profesor con cada alumno, sin que el resto de la comunidad escolar, incluidos los demás alumnos, se considere obligado a remediarlos.

Sin embargo, si hubiera múltiples maneras de alcanzar el éxito sería más difícil que alguien fracasara. Es más, el éxito se puede manejar haciéndonos partícipes del triunfo ajeno, concibiéndolo como algo colectivo, interiorizando que el progreso de los demás también es nuestra responsabilidad y siempre nos beneficia.

Estos análisis son necesarios y se pueden plasmar en lo concreto. Si queremos reducir la dependencia del adulto, demandando instrucciones o buscando la aprobación, fomentemos la autonomía. Si queremos motivar sin alabar en exceso, basta con evitar la indiferencia; y de paso evitaremos muchos comportamientos disruptivos, que no dejan de ser una llamada de atención. Si queremos implicar a cada uno en el progreso de los otros, propongamos objetivos comunes y enseñemos a cooperar para conseguirlos. En cuanto a la recompensa por el trabajo bien hecho, muchas veces consiste en la sensación que acompaña a la acción misma. Más que de premiar los resultados, se trata de apoyar en los procesos.

Porque el premio consiste en aprender, en sentir que se ha producido un cambio, una transformación que nos ha enriquecido, que ha expandido nuestro universo, que ahora tiene más color, más sonidos, más ideas y más formas que le otorgan otro sentido. Y el castigo no es otra cosa que pararse, que dejar de investigar, que sentirse excluido de un mundo que siempre está por construir.

23 comentarios

23 Respuestas a “LA CARITA TRISTE Y LA CARITA ALEGRE”

  1. Borja frutos vazquez dice:

    Hola Enrique, que razon tienes y que forma mas sana de sentir la vida. Me ha gustado mucho. Por algo os habremos querido tanto en el cole como profes y como AMIGOS. Por cierto, todo esto que dices intento aplicarlo con un peque que tengo. A ver si te veo algun dia. Me gustaria que lo conocieses. Un beso grande de tu exalumno y amigo, Borja.

    1. Enrique Sánchez Ludeña dice:

      Hola Borja, curiosa forma de reencontrarnos después de tantos años. No sabes cuántas veces pienso en vosotros; sobre todo desde que empecé a escribir en este blog. Sabes que puedes verme cuando quieras. Otro beso grande de tu amigo, Enrique

  2. Manuel dice:

    Qué interesante leer reflexiones sobre la educación de alguien que ha jugado un papel muy importante en la mía propia… Gracias! reconforta comprobar al cabo de los años que estábamos en muy buenas manos.
    Me interesa por mi asignatura ver diferentes formas de pensar sobre estos temas, y pararme a conversar y discutir sobre la relevancia de los premios y los castigos en la educación y sobre todo cómo son entendidos de manera tan diferente por educadores, padres, jefes, gobernantes… y por los que los reciben. Por ejemplo, la importancia que tiene el ser consciente de la capacidad que tiene la persona, según su nivel de desarrollo/madurez para comportarse en función de intereses / motivaciones, que valoran ellos mismos, de tipo intrínseco, o que esperan que valoren los demás, de tipo más extrínseco. En el caso de los niños el segundo tipo de motivacion parece ser al principo el más característico por lo que parece más adecuado ayudarles a comprender qué es más o menos adecuado en cada momento, si es necesario incluso con “caritas”. Si todo “va bien” (quién lo decide?), veremos que lo que va a mover al niño a hacer unas cosas y no otras lo va a decidir él mismo ya no solo por evitar la indiferencia sino porque le satisface como bien dices, comprobar que aprende, que se enriquece, que el mundo mola más cuando lo sabes leer e interpretar de muchas formas… Que eso, que a ver si nos vemos. Abrazo!

    1. Enrique Sánchez Ludeña dice:

      Mucho me temo que las motivaciones “extrínsecas” siguen predominando también en los adultos. Hay múltiples mecanismos para ayudarnos a comprender lo que es adecuado en cada momento; la mayoría de ellos son aplicaciones más o menos burdas o sutiles del condicionamiento operante de Skinner. Por supuesto que es necesario que los niños tengan referencias y límites pero el uso de las caritas pegadas en el babi, para que todos sepan si hemos sido buenos o malos, no me acaba de convencer. Es más, me parece una práctica muy discutible que se parece mucho al sambenito y el capirote de la Inquisición o a las orejas de burro que, según cuentan, colocaban antes en las escuelas. Un abrazo.

      1. Manuel dice:

        Hombre, así vistas las caritas… yo las veo (como te decía, hay muchas perspectivas…) como algo que recibe el premiado para sí mismo que le ayuda a comprender y recordar que lo que ha hecho es reconocido por alguien importante para él, más que para que lo vean los demás. Pero claro, según el contexto sea más público o privado (en casa, en el cole… en la oficina!), y la “carita” sea más o menos visible, efectivamente se pueden convertir en sambenitos. Como muchas otras cosas, son un recurso más, que si se emplea con buen criterio (o simplemente con conocimiento y sentido común), es una ayuda para educadores/padres… Abrazo,

  3. José Luis Carrillo dice:

    Que visión más interesante aplicada a la educación o como dices a todos los comportamientos sociales.
    Lo cierto es que, desde que “nuestros primeros padres” comieron la manzanita del árbol de la ciencia del bien y del mal, no paramos de ver todo en esas dos dimensiones, añadiendo matices como lo de, no tan malo o no tan bueno, y cuantos más matices vamos añadiendo al mismo concepto, más nos creemos que somos menos duales. El poder discernir entre lo bueno y lo malo, creo que fue un gran paso en la evolución del personal; pero luego vinieron los listos de la clase y empezaron a imponer primero los dogmas, en función de sus intereses, que nos invitaban a distinguir lo bueno de lo malo, y como los dogmas se relacionan con la fe, por si no teníamos suficiente fe, pues nos preparan unas normas a seguir, para que no tengamos ningún problemilla con el asunto y nos olvidemos de la esencia del concepto, que al menos desde mi punto de vista, (no sé si coincide con el tuyo Enrique), es muy simple, solo es bueno lo que impulsa a los seres humanos a ampliar sus posibilidades de ser cada día menos humanos y más seres.
    Como conocí y admiré el Ágora en la época en la que estabais algunos amigos, me gusta que tus ex alumnos y amigos, sigan considerando que estuvieron en buenas manos y les invito a ellos y a mí mismo, a poner en práctica lo que nos dices en tu artículo, pero si fuera posible, sin caritas por favor, porque la autoestima creo que tiene mucho que ver con la importancia personal, que decía Don Juan (el de Castaneda), y con las normas que nos inculcaron desde niños. No os veo a ningún profe del Ágora en esa época poniendo las dichosas caritas, porque posiblemente ahora no serían tus amigos.

  4. José María Bravo dice:

    El titulo “Carita Triste, Carita Alegre”, es una bonita descripción de la mascarada de la felicidad en esta sociedad.Se dice de lo manido del uso de la bondad en nuestro entorno, referida a la “verdad de la ética” Y, como todo la bondad tiene, en el sentido del juicio, dos caras. La tristeza y la alegría.

    Pero bien explica el articulo.Todo se refiere al premio, al éxito o al fracaso. A las buenas o a las malas notas. A la calificación de la idoneidad, de la belleza, de la inteligencia, etc.

    Todo se dirime en un concurso calificado por parámetros ideales. Es paradójico constatar que lo que llamamos realidad, realidad lógica, realidad incontestable, etc., es una realidad ideal, supuesta y si se quiere “inexistente”.

    Podría uno extrapolar esto a que un negro se siente triste por su color y un blanco alegre por su condición. Parece ridículo el ejemplo pero recuerdo la sentencia de un profesor de Harvard que describía el sistema como un diseño para los blancos. Volviendo a extrapolar, para los de la “Carita Alegre”

  5. Suleiman dice:

    Esta práctica, parecida a muchas otras similares, ¿puede tener algo que ver con los cada vez más frecuentes casos en los que un loco decide entrar en una escuela para acabar con todo el que pille por el camino?

    1. Enrique Sánchez Ludeña dice:

      Esta práctica es muy antigua y no había locos devastando escuelas; a lo sumo había ejércitos o bárbaros que lo devastaban todo. Eso sí, la práctica era mucho más evidente (palmetazos, orejas de burro, bandas y medallas y demás variantes sobre el tema) y los alumnos tenían menos medios de destrucción masiva.

  6. Suleiman dice:

    ¿Y?…

    1. Emilio dice:

      Si no lo entiendes… Pregúntate por qué.

  7. Suleiman dice:

    Me he preguntado porqué, y me he contestado que no me has contestado.

  8. Ramón Gonzalo dice:

    Enrique y tertulianos:

    En primer lugar me asombra la creatividad de Enrique para encontrar nuevos cauces de análisis respecto al fenómeno educativo. Vaya eso por delante. ¡Chapó!

    Gracias a los alumnos de Enrique por presentarnos vuestra visión. ¡Cuánto garantiza vuestro testimonio las aseveraciones que hemos leído!
    He sido educador, padre, y estoy jubilado. O sea, que veo un poco los toros desde la barrera.

    Pienso que un niño debe conocer claramente cuáles son los límites, y dentro de esos límites, (por encima y por debajo) debe, también conocer los matices de bondad o ¿maldad? de sus acciones. De lo contrario, es posible que confunda lo bueno (incluyamos ahí la satisfacción de aprender) con lo que le produce placer inmediato, y sin querer vaya cultivando posturas egoístas, hedonistas, autocomplacientes…

    En el mundo animal muchas cosas no innatas son enseñadas por los padres e incluso ante algunos comportamientos el progenitor se muestra agresivo y el cachorro parece que lo aprende.

    Desde esa postura de “a toro pasado” os cuento algunas formulas que recuerdo de mi actuación como padre educador:

    – Desde muy pequeños hasta muy mayores un castigo era soplarle a la cara: el niño se ainaba (se quedaba momentáneamente sin respiración) y entendía el mensaje. Al pasar a bastante mayores seguía funcionando (sin esos elementos respiratorios).
    – Zurra: ¡mano de santo!: pequeña agresión que generaba un breve lloriqueo. Me parece sana, evitaba gritos, malos humores… equivalía a una larga explicación. Duró, creo, menos que el soplido.
    – Premios: papelillos donde ponía: Fulanito tiene premio por haber hecho muy bien tal cosa. Un premio se podía canjear por un castigo. Ahora tienen 35 años o más y todavía guardan los premios no usados.
    – Castigos. Los habituales: que si la tele, que si recoger más de la cuenta… Casi siempre se cambiaba por un quitacastigos que hizo fortuna: se trataba de sentase entre suelo y pared con los brazos cruzados y pedir “problema”. Si el problema lo resolvía bien a la primera (sólo había una opción), castigo perdonado. Ejemplo: (según la edad) siete y medio dos veces y cuarto. No recuerdo que los fallasen nunca. Normalmente te espetaban la solución (muy repasada mentalmente) a la vez que se ponían de pie y se iban a lo suyo sin esperar confirmación.
    Luego resulta que en viajes en coche un juego habitual era “jugar a los castigos”, que ya de más mayores, eran ecuaciones mentales con varias incógnitas. Sé que en el colegio esas cosas las resolvían primero mentalmente y luego mediante papel y lápiz.
    Esa postura de brazos cruzados y pensar con mucha concentración todavía la usan en momentos especiales. El chico todas las clases las escuchó en esa postura durante la carrera, con lo que acabó siendo el principal interlocutor de los profesores, porque en lugar de tomar apuntes, les miraba muy concentrado: si él torcía el morro, el profe reaccionaba.

    Al leer el artículo de Enrique no he parado de cuestionar mi actuación.

    1. Enrique Sánchez Ludeña dice:

      Hola Ramón:
      De jubilado, nada. Digamos que ya no tienes que fichar, pero tu labor como educador todavía está presente en muchos sitios, incluso en este blog. ¿Quién, si no, me hizo reflexionar sobre la importancia del error como fuente de aprendizaje?.
      En mis habituales visitas a colegios e institutos, aún me encuentro gente que lo primero que me cuenta es todo lo que aprendió contigo.
      Gracias por tu comentario.

    2. Inés dice:

      Señor Gonzalo,

      El relato tan realista de su actuación como padre educador a mí también me produjo parálisis respiratoria.
      Después a la noche, ordenador en mano, les leí el Post y su texto a mis hijos (9 y 17) como preámbulo de un exhaustivo interrogatorio tipo policía en el que les insistí en que “confesaran” si alguno de los métodos didácticos que usted emplea les eran conocidos o recordados o parecidos.
      Soy docente pero no he cuestionado nunca – mas bien admirado- la labor de un profesor de primaria o secundaria y sólo voy un par de veces al año a las tutorías a las que se me convoca. Siempre me ha bastado con que a las horas en que nos juntamos me hablen de su día, de sus compañeros, de sus inquietudes. Eso y mirarles a los ojos y confíar en su aprendizaje, que es diferente en ambos casos, porque todos somos únicos, sobretodo en nuestras etapas de desarrollo personal.
      Vaya, que sus procedimientos me asustaron en serio- me juzgé como madre despreocupada de lo que pudiera pasar de puertas a dentro en los encierros de mis hijos-.
      Así que en éste punto debo preguntarle si es una ficción o una confesión en público. Si es lo segundo, se lo agradezco.
      He leído algo de documentación sobre un “Laberinto” como material didáctico antes de escribirle, pero no se si es usted el autor.
      Hay dos frases que se me clavan:
      1.-“En el mundo animal muchas cosas no innatas son enseñadas por los padres e incluso ante algunos comportamientos el progenitor se muestra agresivo y el cachorro parece que lo aprende.” (todos vamos de zoólogos y etólogos mucho no o son los documentales de la 2?)
      No hay nada que no sea innato, más bien lo que hacemos los adultos es reprimir y enterrar esas conductas tan creativas e intuitivas innatas en los niños, con mil veces mas rapidez en el aprendizaje que los adultos- pero para todo, aprenden el miedo, la represión, la respuesta no la disfrutan, la vomitan
      la memoria no se ejercita con coacción y con castigos, lo hacen, claro, pero no lo aprenden. Aprenden si, ¿que uno no puede fiarse ni de su padre?
      Por último, lo de “a Toro pasado” ya ve que aún recuerdan su maestría.
      Espero que por favor siga cuestionándose lo que haga falta.

      1. Enrique Sánchez Ludeña dice:

        Querida Inés:
        Como amigo de Ramón, te aseguro que pocas personas he conocido tan creativas, tan respetuosas y tan preocupadas por la educación como él. No sabes lo que se respeta y se admira a Ramón en el mundo de la didáctica y la gran cantidad de aportaciones que ha hecho. Lee con calma su artículo sobre El laberinto, que es una mínima muestra de su trabajo. No te confundas con sus reflexiones, ni te asustes con sus procedimientos, sin situarlas en su contexto.

        1. Ramón Gonzalo dice:

          Inés:

          ¡Qué bien escribes! Veo que se te entiende mejor que a mí.
          Gracias por tu amplio comentario. De verdad que he aprendido varias cosas. Resalto dos:

          a) Me parece casi místico ese rato tuyo con tus hijos en el que analizas un texto y lo comentáis. Esos momentos, habléis de lo que habléis serán eternamente recordados.

          b) Veo (por tu escrito) que no he logrado transmitir bien mi pensamiento. Ya te he dicho que veo no soy bueno en eso.

          Te voy a matizar algún detalle en un intento por hacerme entender algo mejor. El recuerdo que ellos (chica y chico) guardan de “aquellos” métodos es entrañable: inundado en cariño, en paz, en serenidad. Te desarrollo sólo un detalle: el “soplido”:

          Surgió así: Tienes al bebé en tus manos y lo subes al alto jugando. En ese momento te echa mano a las gafas y no puedes soltar una mano para evitar que las lentes vayan al suelo. En ese momento percibes que soplar levemente a su cara le molesta y las deja en su sitio.

          Por casualidades esa situación se repite y ves que se trata de algo muy muy poco agresivo que produce un resultado seguro. Ya no recuerdo cómo eso pasó a la vida cotidiana. Recuerdo, cómo la niña (20 mese mayor) aleccionaba a su hermano y le decía: “Fulanito: no hagas eso, porque papá ´sofá´ (sopla)”

          El tal soplido era algo simbólico, gestual: no les llegaba ni a mover el pelo. Tenía un matiz reconciliador, catártico, mítico… El logro de mucho con poco. Generaba complicidades: faena -> soplido -> sonrisa. El último recuerdo que tengo del tal soplido es la niña que (ya una “joven”) te dice “…me tienes que soplar porque anoche regresé muy tarde y no os llamé…”

          No sé si me he hecho entender. En caso de que así sea, traduce tú misma todos los elementos “punitivos” de mi relación a la idea de lograr marcar los límites con la mínima agresión y máxima eficacia… ausencia de reniegos, gritos, castigos, reprimendas… Entre los “premios” y los “problemas” no sólo no hubo castigos nunca, sino que el clima era de paz y de euforia permanente, porque un “premio” dejado sobre su almohada para que lo encuentre al irse a acostar suponía un reconocimiento y una reconciliación respecto a una fechoría todavía no realizada.

          Un “problema”, ya dije que siempre bien resueltos, (y nunca superiores a su capacidad) conducía siempre a una íntima y fuerte sensación de triunfo.

          Como puedes imaginar todas estas cosas respondían a un objetivo: lograr un clima de enorme paz, pero sin ceder en cuanto al respeto a los límites, que ¡claro! Es algo que un niño necesita.

          Ciertamente, como dices, todo esto es una confesión: la de quien torpemente ha querido emplear su pobre ingenio a crear un entorno doméstico no sólo sereno, sino eufórico y autoafirmante.

          Digo “torpemente” porque ya ves que soy torpe y queriendo ofrecer una visión que apoye las tesis de Enrique he transmitido lo contrario.

          ++++++++++

          Cuando escribí la palabra “zurra”, sabía que se prestaba a la polémica. No entro en su discusión. Simplemente afirmo (lo he hecho en varios foros educativos) que –en un tramo bajo y muy breve de edad, fuera del cual no existe- es mucho más suave y cariñosa que un reniego. No tiene nada que ver con el cachete que lo considero cualitativamente diferente, ni mucho menos con otras formas de daño corporal mayor. Pero es muy discutible. Lo reconozco.

          1. Inés dice:

            Señor Gonzalo,
            Gracias por su maestría.
            Espero que no se jubile nunca, tiene muchas cosas que aportarnos a los que eternamente queremos aprender.
            Se ha hecho entender perfectamente.
            Lo importante son siempre verles las caras a ellos, que ellos sigan queriendo volver a casa, es el premio.
            He disfrutado leyéndole…y ahora que tiene más tiempo debería “fabricar juguetes” yo se los compro la primera.

  9. wiker dice:

    La educación desde la más tierna infancia es muy importante, comienza con la familia y continúa en el colegio, y se debería insistir mucho en el respeto a todo y a todos.Pero por desgracia y viendo los tiempos que corren, con la falta de respeto entre las personas y tantas atrocidades delictivas de todo tipo que estamos viviendo, es muy conveniente enseñarles a los niños a defenderse. De qué me sirve a mi educar muy bien a mi hijo y enseñarle a ser respetuoso, si cuando sale a la calle lo primero que se puede encontrar es a algún desalmado que lo atraque, le agreda y en el peor de los casos lo asesine, como últimamente estamos viendo (secuestros,asesinatos, violaciones,etc), la verdad es que vivir en un país, casi sin ley, es triste y lamentable.

  10. Fran dice:

    Estoy completamente de acuerdo. Abandonemos toda violencia y haremos un mundo mejor, empezando por suprimir toda pena privativa de libertad mayor de 10 años, sea cual fuere el delito. Un cordial saludo.

  11. MARILUNA dice:

    si bien podemos hablar de que un niño (a), puede entender por medio de estos calificativos (caritas tristes y caritas feliz) que su tareas, trabajos han sido calificados como malos o buenos; quiero hacer referencia al daño emocional que pudiera causarle, pues en el primer caso seria rotularlo, ante sus compañeritos que podrian mofarse de el o ellos y sufrir bullying, en el caso de las caritas tristes, tengo un niño mi hijo de cinco años en transición con retardo psicomotor, en esta semana la profe le califico muchas caritas tristes y el niño no quiere ni mirar el cuaderno, esta desanimado; como hacerle entender que a pesar de sus dificultad de la cual todavía no es consciente, es un niño que si puede hacer las cosas bien, que no es burro y que no todo lo que hace le queda mal, con esas caras feas que su maestra ha dibujado en su cuaderno? es un poco complejo verdad’. yo calificaría solo caritas felices, si a un estudiante hiciera mal sus tareas le incentivaría a corregirla hasta ganarse su carita feliz, solo si fuera extremadamente necesaria utilizarla. o si no las obviaría las dos.

  12. Mendoza dice:

    Hola!
    Que hay de esos profesores que ponen a los.niños a calificar con caritas a sus demás compañeros?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio web utiliza Cookies propias para recopilar información con la finalidad de mejorar nuestros servicios. Si continua navegando, supone la aceptación de la instalación de las mismas. El usuario tiene la posibilidad de configurar su navegador pudiendo, si así lo desea, impedir que sean instaladas en su disco duro, aunque deberá tener en cuenta que dicha acción podrá ocasionar dificultades de navegación de la página web. política de cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies