La literatura diagonal

Hace unos años, según iba pasando el tiempo, se necesitaban más y más estanterías para colocar los libros, discos y cintas de vídeo que íbamos acumulando. Todavía no existía Internet y nuestra principal fuente de información era la que habíamos sido capaces de reunir en nuestra casa: enciclopedias, colecciones de revistas, carpetas de apuntes y fotocopias…

Almacenábamos información, cuanta más mejor, pero no teníamos la necesidad de acceder a ella inmediatamente. Nos bastaba con la seguridad de que la teníamos, de que estaba allí, localizada y a nuestro alcance. Podíamos contemplar los cientos de libros de nuestra biblioteca sin tener la compulsión de querer leerlos todos.

Hoy, nos dicen, las bibliotecas no son necesarias. Hay un depósito externo, colectivo, al que llamamos la nube, en el que teóricamente podemos encontrar cualquier artículo, novela, película, imagen o sinfonía que busquemos. Allí están las obras de Aristóteles y los códices medievales, las novelas de Dumas y los ensayos de Sartre. Basta con localizarlas con un buscador y ya las tenemos a nuestra disposición; aunque ¿quién es capaz de leer Ulises, El Quijote o La Montaña Mágica en la pantalla de su ordenador?

¿quién es capaz de leer Ulises, El Quijote o La Montaña Mágica en la pantalla de su ordenador?

Aprendemos a valorar los libros desde niños. Si nuestros mayores leían era muy probable que nosotros también lo hiciéramos. Los libros nos rodeaban, estaban presentes en nuestro entorno. Ahora están siendo desplazados por las pantallas. Y en las pantallas se lee de otra manera. Para empezar, se fuerza más la vista, los ojos sufren más. Para continuar, la postura del cuerpo no es la misma; ni tampoco la atención, ni lo que abarca nuestro campo visual, ni los sentidos que se ponen en juego.

Cuando Internet no estaba tan presente ni era tan fácil acceder a él, un lector habitual era perfectamente capaz de dedicar dos o tres horas a la lectura, una página tras otra, del mismo libro; ahora, el mismo lector, puede estar las mismas horas delante del ordenador, también leyendo, pero no inmerso en lo que lee ni de forma sostenida.

Quien lee en Internet, la mayor parte del tiempo no lo hace de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo, línea por línea, sino que lo hace recorriendo en diagonal la pantalla, buscando lo más importante, sin realmente leerlo. Se lee a saltos y por encima. La lectura online no es lineal sino exploratoria; no se está leyendo sino buscando. Aunque, después, no sepamos qué hacer con lo que encontramos.

Y esta forma de leer la conocen y la fomentan los que publican en la Web; y por eso destacan algunas palabras, resaltan párrafos, buscan títulos impactantes, construyen frases cortas o incluyen fotos y vínculos a otros textos. Todo esto introduce ruido en el mensaje, lo carga de distracciones y de puertas que invitan a abandonarlo. Si quiere seguir leyendo, el lector tiene que hacer un ejercicio de voluntad.

En Internet se lee de otra manera y, en consecuencia, se escribe de forma distinta. Se da por sentado que no vamos a mantener la atención y, por lo tanto, ya se nos dan los contenidos elaborados, reducidos a lo que estamos dispuestos a retener, antes de que alguien o algo -un mensaje de Facebook o WhatsApp, un vídeo, un titular llamativo, un enlace o una imagen- nos distraiga. Nadie nos va a leer más de cinco minutos. Como, además, los textos pueden ser actualizados y corregidos -y es muy probable que se olviden y que no se vuelvan a leer¬- se pone menos cuidado en la perfección.

Y, al cambiar nuestra forma de leer y de escribir, está cambiando nuestra forma de pensar. La literatura diagonal, diseñada para llamar la atención, pero no para mantenerla, propicia la simplificación y la doctrina; se construye a base de sentencias, frases lapidarias, provocaciones sensacionalismo y verdades absolutas. Todo lo contrario del pensamiento crítico, que requiere del discurso, el argumento, la reflexión y el razonamiento sostenido.

al cambiar nuestra forma de leer y de escribir, está cambiando nuestra forma de pensar

Internet es una herramienta para trabajar con la complejidad, pero nuestras mentes todavía no están preparadas para ello. Llega más información a nuestros sentidos de la que nuestro cerebro es capaz de procesar; la información llega de golpe, toda a la vez, pero la procesamos de forma secuencial; la filtramos en nuestro cerebro límbico y la interpretamos según las informaciones previas que ya tenemos acumuladas. Todo ello supone un proceso, requiere un tiempo. La inmediatez y la avalancha de información dificulta su comprensión, y por eso tendemos a simplificar.

Se requiere un tiempo para que el contenido de nuestra memoria inmediata pase a nuestra memoria a largo plazo. Mientras leemos un libro, podemos regular este flujo ajustando la velocidad de lectura; pero al leer en Internet, donde la información mana a chorros y desde distintas fuentes, gran parte de lo que llega se pierde. Hay una sobrecarga cognitiva.

Y así podríamos seguir, exponiendo hechos y argumentando, para llegar a la conclusión de que, si queremos fomentar el pensamiento profundo, lo mejor que podríamos hacer es volver a la letra impresa y alejarnos de las pantallas. O, por lo menos, no acercarnos tanto. Pero, lo sigamos usando o no, Internet ya nos afecta. Podemos no ver la televisión, pero vivimos en un mundo en el que la televisión existe, y lo mismo sucede con la Red.

3 comentarios

3 Respuestas a “La literatura diagonal”

  1. EB dice:

    Aunque no tengo datos para probarlo, presumo que 60 años atrás no más del 10% de la población mundial de menos de 25 años podía leer y leía «bien». Hoy con una población por lo menos dos y quizás tres veces mayor estoy convencido que más del 10%, quizás hasta el 25%, puede leer y lee tan «bien» como «antes». Sin duda, un cambio extraordinario en tan solo 60 años y difícil de explicar. Al mismo tiempo, otros cambios extraordinarios han llevado a que cambiemos lo que se entiende por leer «bien». Pero para analizar este cambio normativo tendríamos que saber mucho más sobre hábitos de lectura y también sobre fuentes de conocimiento (por ejemplo, cuánto ha cambiado el acceso a noticias y opiniones de otros, incluyendo personas que están lejos de donde uno reside).

    Sí, todavía un porcentaje importante de la población mundial de menos de 25 años no puede leer «bien», cualquiera sea el criterio normativo que se aplique. Como tantas otras cosas que se «podrían» y «deberían» haber masificado, la «buena» lectura no se masificó. Un motivo importante es la libertad de los jóvenes para decidir cómo quieren leer (y sentir, pensar, decir, y hacer). Hoy hay más libertad que antes y tenemos que aprender a respetar lo que otros decidan hacer con su libertad, pero más importante para sean efectivamente libres debemos recordarles su responsabilidad personal por las decisiones que hayan tomado (en otras palabras, que la libertad implica asumir las consecuencias de las malas decisiones). El mejor ejemplo que podemos dar a los demás es explicarles sus malas decisiones y por qué no corresponde que nos lamentemos de sus malas decisiones.

    Y por supuesto debemos resistir la tentación de querer imponer a los demás lo que consideramos «buenas» decisiones. Y cuando hablo de imposición me refiero tanto a la influencia que queremos tener sobre otros porque son nuestros hijos, padres, hermanos, amigos o compañeros como a la imposición coercitiva por algún gobierno, aunque mi abuelita sea quien gobierna.

  2. loli dice:

    Entiendo que “saber leer y escribir” no asegura el conocimiento ni la cultura.

    Algunas veces he oído que la tecnología va más rápida que los avances científicos.

    Seguramente, puede que lo que ocurra, es que la aplicación de los descubrimientos que realiza la ciencia si adquiera velocidad, pero eso significa, y creo que es lo que muchas veces se obvia, que se usa y se desarrolla una manifestación de ese “descubrimiento”, sin necesidad imperante de conocer el camino que ha llevado a encontrar esa función o elemento nuevo de la naturaleza.

    La tecnología, entiendo, puede provocar una falsa sensación de avance o de conocimiento, que no existe a no ser en el paso más lento y complejo que conlleva la ciencia, como avalista de esa tecnología.

    Desde el punto de vista de cómo el hombre adquirió la capacidad del lenguaje, hay muchas teorías, pero parece cobrar fuerza la de que es una potencia inherente que fue “descubriendo” y aplicando en la aventura de su desarrollo.

    Existen aún muchos enigmas al respecto de, por ejemplo, cuándo apareció la escritura como tal, alejada de mensaje puramente simbólico y volcada en una comunicación más completa y global que los hombres necesitaban para su avance.

    Sea como fuere, el caso es que el hecho de “escribir” y “transcribir” fonemas, ya de por sí traía a la par, entiendo, un montón de actividades relacionadas que además influían en cosas tales como el conocimiento de los materiales usados para ello, el desarrollo de funciones “finas” que a su vez activaban conexiones neuronales de diferentes zonas cerebrales como las motoras, y por tanto había una incidencia locomotora importantísima.

    Bueno, la lingüística y la filología son dos materias que están realizando aportaciones fascinantes en el tema de la “adquisición del lenguaje” y de la “escritura”.

    Por eso, habría que mirar, quizás, un poco de “reojo” las intenciones un tanto infladas de optimismo, de sustituir de una manera global, empezando como desgraciadamente ya se hace, en las propias escuelas, el “libro” por la “tablet”.

    No creo que se deba renegar de la lectura digital, pero si se debiera tener muy presente que el haber llegado a ella, no significa que hallamos reconocido y asumido, como experiencia, todos los caminos que pueden ser recorridos por esa capacidad humana, ni que sea algo ya superado.

    El trabajar con un ordenador, o con tres a la vez, como también es común, no implica el conocimiento del porqué se está produciendo ese trasvase y manejo de la información, ni de los materiales que permiten hacerlo.

    Y tampoco hace falta, seguramente, pero lo que sí puede que sea necesario es, al menos, ser conscientes de que “utilizar” algo no implica su conocimiento.

    El saber “leer” implica muchos factores, entender lo que se lee, el contexto donde se realice….la vista, la manera de dirigirla, de enfocarla, la propia acción de los dedos que pasan las páginas, que señalan sobre la textura de un papel…el tacto que también lee…

    Son todavía muchos elementos los que no están lo suficientemente asentados y/o reconocidos por nuestra capacidad perceptiva….y esas posibilidades están aún esperando.

  3. Alicia dice:

    Yo no me sé meter en explicaciones transcendentes, que no es mi temperamento y además me deprimen y encima me lio; sólo sé decir que sí, que con estas nuevas tecnologías profundizamos menos en casi todo lo que nos viene a la mano, pero, también, que nos vienen a la mano infinidad de temas, cantidad de preguntas que sin las tecnologías jamás nos pudiésemos podido siquiera plantear el hacérnoslas por el simple motivo de que desconocíamos que estuvieran existiendo tales o cuales “qués” acerca de que preguntarse y, muchísimo menos, qué preguntarse.
    El conocimiento que se adquiere con la “lectura diagonal”, es muy disperso, sí, pero también muy transversal. De manera que aunque una – yo misma sin ir más lejos y por poner por caso – se entere casi nada de justo aquello que la ha movido a ir a buscar (lo que sea, una información o conocimiento cualquiera), se entera estupendamente y con lujo de detalles de lo muy grande que es ese mundo del saber que se le ha abierto por causa, tan sólo, de haber puesto su piececito en él buscando alguna pequeñez que en realidad no le importaba tanto.
    Es como abrir una caja de galletas obsesionada (yo) con el agujón de sombrero con baño de oro que fue de madre y llena (la caja, no mi madre) de cachivaches varios entre los que, hurgando hurgando, el agujón no aparece pero sí una variedad de objetos variopintos que “¿y este cirindulillo pa qué coño vale?”
    Y se aplica a imaginar posibles utilidades imposibles del cirindulillo (o adminículo, que también vale); y tampoco esas utilidades las encuentra entre el revoltijo de utilidades que si encuentra entre los objetos conocidos y adornados de sus correspondientes “para qué” establecidos y perfectamente homologados.
    Y discurriendo y lamentando no haber encontrado – agujón ni utilidades – piensa que qué lástima de haber perdido toda una mañana para nada.
    Pero, ¿tanto trajín y juego de neuronas como se han puesto en movimiento no vale nada?
    Y cierra la caja. Y la vuelve a colocar en el altillo “ya seguiré mañana”.
    Pero mañana nunca llega porque la vida depara que se busque cualquier otra cosa en cualquier otra parte.
    Pero qué importa si ha aprendido que, mañana, habrá algo nuevo y diferente, de utilidad insospechada que buscar, y que tampoco encontrará, pero que le dará sí la pista de que a cada instante hay algo nuevo e impensado que buscar y hasta, a lo mejor, de utilidad transversal.

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