Procrastinar es una palabra que he descubierto hace poco. Significa aplazar o diferir. La procrastinación sería el acto de procrastinar y se aplica especialmente a aquellas actividades o situaciones que es preciso atender pero que postergamos, porque nos parecen incómodas, dolorosas, difíciles, estresantes o aburridas. En su lugar, y hasta que sea inevitable su realización, nos dedicamos a otras que nos resultan más gratas, nos incomodan menos o simplemente nos distraen, posiblemente por su irrelevancia. Es decir, nos evadimos.

Retrasar hasta el límite el momento de ponerse a estudiar o de hacer los deberes escolares es un claro ejemplo de este comportamiento que todos hemos practicado. Mirar los titulares de la prensa digital, buscar en Google cualquier curiosidad relacionada con ellos o leer los mensajes en el móvil, y contestarlos, antes de ponernos a trabajar, o haciendo pausas cuando ya estamos trabajando, es otra forma de procrastinar que, en mayor o menor medida, ahora ejecutamos. Se trata de dedicarse a lo accesorio y justificar su utilidad para evitar enfrentarse con lo fundamental.

Desconozco si es una práctica antigua, pero las tecnologías actuales de la comunicación y en particular los ordenadores e Internet facilitan mucho que se produzca. Casi se podría decir que la procrastinación es un rasgo distintivo de las sociedades modernas, un rasgo que puede asociarse con el concepto de ocio. Al establecer la distinción entre tiempo laboral, que vendemos para subsistir, y tiempo libre, que es de nuestra propiedad, estamos categorizando lo que hacemos en el uno y en el otro, considerando que lo que se hace en el trabajo es menos apetecible que lo que hacemos, o podríamos hacer, cuando no estamos trabajando.

Hay estudios que presentan la procrastinación como un síntoma de depresión o que la vinculan con esa pandemia moderna que denominamos TDAH (Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad). Posiblemente sea una cuestión de grado y todos, adultos y niños, las suframos de alguna manera. Lo cierto es que los valores y las exigencias de nuestra forma de vivir nos están abocando a ellas.

La dificultad para mantener la atención y la realización simultánea de diversas tareas, comenzando una sin haber finalizado las anteriores, no son exclusivas de los TDAH; es lo que propicia una sociedad con prisas, saturada de distractores y obsesionada con la productividad. Como  también propicia la sensación de inseguridad, la impaciencia, la búsqueda continua de estímulos nuevos, los cambios súbitos en el estado de ánimo y tantos otros síntomas que se enumeran en los cuadros clínicos.

Entendida como un trastorno del comportamiento, como una disfunción o como un síndrome, la procrastinación se puede tratar mediante terapias conductuales o con fármacos, como estimulantes y antidepresivos. El objetivo es normalizar la conducta para que, al menos, no sea disruptiva. Se busca que los que la practican aprendan a autorregularse y asuman sus responsabilidades, aquellas que se les suponen o se les han atribuido.

Pero al hablar de responsabilidades en muchos casos las estamos confundiendo con las obligaciones, ya que la responsabilidad viene asociada con la capacidad de elección mientras que la obligación es impuesta; de modo que muchos de estos tratamientos más que curar, ayudándonos a tomar las decisiones correctas, lo que consiguen es reducir o anular nuestra resistencia a obedecer. Confunden el juicio en vez de potenciarlo.

En este momento, lo que le conviene a la sociedad no siempre es lo mejor para el individuo. Y no estamos hablando de conveniencias egoístas o beneficios personales obtenidos a expensas de otros, sino de aquello que cada persona debería hacer para desarrollar lo mejor de sí misma. Es el gran dilema de la humanidad, un dilema muy antiguo: la imposibilidad de alcanzar la plenitud personal sin depender de los demás y las limitaciones que esa dependencia implica.

Aristóteles definía al ser humano como un animal político, un animal social que vivía en polis, en sociedades organizadas. La política sería el arte de gobernar la polis. Y este arte incluye la educación de los ciudadanos. La Politeia necesita la Paideia, lo mismo que la Civitas precisa de la Humanitas; esto es, la grandeza de la polis depende de la formación y la virtud de sus habitantes de la misma manera que la civilización precisa de las humanidades, de aquellas cualidades que enriquecen al hombre con una cultura y lo hacen diferente del bárbaro.

No parece que lo estemos consiguiendo. No parece que la educación esté desplazando a la imposición. Hay una gran distancia entre el individuo que ha alcanzado la Areté, la excelencia en lo que es propio, y el ciudadano normalizado que conviene a nuestros Estados: útil, intrascendente y sumiso, aunque sea procrastinante.

2 comentarios

2 Respuestas a “Procrastinación”

  1. Jose Maria Bravo dice:

    Sanchez Ludeña nos vuelve a cuestionar. En principio sobre Procrastinar, me causa cierta gracia, porque en Hispanoamerica se usa mucho. Es indudable que, en esos lares, se cultiva mas al castellano, hoy en dia generalizado como el español.

    Pero, yendo, al articulo, tambien me divirtio recordar como en los centros de trabajo, se abren los ordenadores con el Facebook o con el Twitter o con el Hola o con el Marca. Cada dia da mas pereza abrir con El Pais o con El Mundo, el ABC, etc. Pero, quizas, no esta mal el desinteres por la informacion que es como empezar el dia con “formacion” en el patio del colegio para escuchar al Rector.

    Si, estamos procrastinando la “Paideia” y hemos perdido el “norte” de la “Arete”. Estamos procrastinando Ser, escuchando a la SER, con cualquier otra emisora de radio, es un juego de palabras, no para crear ese tipo de polemica.

  2. Por tu culpa, Enrique, me ha salido un trabalenguas dice:

    Leí el artículo el miércoles, en cuanto estuvo publicado, y noté cómo en seguida empezaban a bullir en mi mente recuerdos y olvidos de procrastinaciones que (en el recuerdo) no estuve en el entonces sabiendo que lo fuesen; pero sí en los olvidos tantas veces forzados (pero tan rebeldes) de no dejar “para mañana” lo que a mi criterio, tan distinto del de aquellos a quienes deseaba (o debía) obedecer o complacer, era necesario que se hiciese “ahora mismo”.
    ¿Pero a quién no le ha pasado?
    ¿Quién no ha procrastinado el no renunciar al yo de ahí dentro aun sabiendo que siente que le sienta y lo sentirá siempre como un traje a la medida para meterse aun sintiéndolo en hechuras que no le sientan y a sabiendas de que se sentirá extraño de sí mismo siempre?
    Pero es que, caray, hay que ser práctico.
    No se puede ir por la vida derrochando ese oro que es el tiempo procrastinando el aprender y ejercitarse en aquello que será de utilidad fungible…
    Y, bueno, pues se funge.
    Y para fungir es necesario procrastinar el no traicionar al que viste el traje que otros, el mundo y sus circunstancias y sus escalas de valores le pusieron.
    Porque, si no se traiciona al yo de ahí dentro cuando todavía se está a tiempo de no procrastinar el ser persona de provecho… ¿cuándo se hará?
    Nunca.
    ¿O siempre, al menos, que los que vivimos no dejemos de procrastinar el no procrastinar (para mañana) el darle al tiempo su valor y obviar su precio?
    Me figuro que la respuesta la tiene la sociedad, la nuestra y de consumo. Que es, lo sabe todo el mundo, la verdadera.

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