El síndrome del Emperador

Allá a finales de los setenta, el régimen comunista chino liderado por Deng Xiaoping, instauró la política del hijo único como forma de establecer un control de la sobrepoblación nacional. Más allá de la preocupación de fondo, que consistía en manejar de forma hipercontroladora a la población nativa y las consecuencias socioeconómicas que las nuevas generaciones pudieran conllevar, en unos momentos en los que la modernización empezaba (por fin) a despuntar.

…se trataba de que cada pareja pudiera concebir un solo hijo, dando igual si se trataba de varón o mujer.

Como todo el mundo conoce, se trataba de que cada pareja pudiera concebir un solo hijo, dando igual si se trataba de varón o mujer. Los controles en el medio urbano fueron muy estrictos y la política se aplicó con rigidez de forma totalmente exhaustiva, haciendo muy difícil la subsistencia a quienes no la cumplieran. Una mezcla de beneficios a las parejas que respetaban la norma, y fuertes penalizaciones a las que no, tuvo sus frutos en los objetivos demográficos conseguidos.

La suma, en un mismo individuo, de los privilegios del primogénito y los caprichos del benjamín, condicionó de tal modo a la sociedad china que fue el problema más agudo con el que tuvieron que lidiar las autoridades durante décadas.

Independientemente de los aspectos demográficos, esta política se encontró con un escollo que nunca se pudieron siquiera imaginar. El “único hijo” contribuyó de forma significativa a la forma en que este era tratado y considerado por sus padres, convirtiéndose en el centro de atención de la familia y ocupando el lugar de mayor importancia en todo el juego y la dinámica familiar. La suma, en un mismo individuo, de los privilegios del primogénito y los caprichos del benjamín, condicionó de tal modo a la sociedad china que fue el problema más agudo con el que tuvieron que lidiar las autoridades durante décadas. Se hizo tan manifiesto que, en los foros internacionales de profesionales en la materia, al conjunto de conductas que estos niños demostraban se le denominó el “síndrome del Emperador”, en clara alusión al origen imperial chino del fenómeno.

…al conjunto de conductas que estos niños demostraban se le denominó el “síndrome del Emperador”.

En síntesis, estos comportamientos tienen que ver con: marcado egoísmo en la posesión de todo lo que le rodea; consideran que todo gira a su alrededor, y cuando no sucede así, actúan para tratar de que lo sea buscando un permanente egocentrismo; dificultades en las relaciones sociales extrafamiliares; cuestionamiento de las normas cuando estas no les benefician; manejo y chantaje emocional para hacer sentir culpable al entorno de sus conductas; justificación permanente de sus comportamientos cuando estos son reprendidos; marcada tendencia a la dominación del espacio emocional en el que se desarrollan.

Cuando las autoridades chinas empezaron a comprobar que sus núcleos urbanos se empezaban a poblar con estas tipologías, tras unas pocas décadas en las que imperó la política del hijo único, no tuvieron más remedio que aflojar significativamente este imperativo legal, para evitar poblaciones cada vez más imposibles de manejar. Al tiempo, en el resto de sociedades occidentales y desarrolladas, como por efecto del contagio involuntario, se empezó a producir este mismo fenómeno de manera generalizada, con consecuencias pocas veces investigadas y publicadas, como por el resultado de un silencio cómplice.

…en el resto de sociedades occidentales y desarrolladas… se empezó a producir este mismo fenómeno de manera generalizada.

En efecto, difícilmente podrían identificarse los andamiajes y urdimbres de nuestro tejido social actual sin destacar esta forma de entender a los seres humanos en su individualidad a partir de su Ego. No solo afecta a lo relativo a la infancia y la adolescencia, a los ámbitos educativos y sociales implicados, sino que está presente en cualquier manifestación pública, en los medios de comunicación, en los liderazgos sociales de cualquier tipo (desde el fútbol hasta la política), en todas las corrientes de moda y redes sociales. Total, en todo.

Y ahora que toca votar, y que resulta tan difícil encontrar a quién, las campañas electorales no se centran en convencer al ciudadano sobre las diferencias en el abordaje y el manejo de las distintas realidades que conforman la sociedad, sino en captar su voto a partir de un juego de captura de su ego, a través de dos formas habituales. Una consiste en ofrecerle el oro y el moro, escondiéndole al elector, como a los niños pequeños, los esfuerzos o sacrificios que deben acometerse para resolver problemas serios que suponen la gobernanza de un país y un Estado. Y, la segunda más clásica, en unas formas y presencias, una manera de hacer eslóganes y panfletos, que atraigan la parte más primitiva, elemental y emocional del ego del elector. Apelando al forofismo por mucho que algo por dentro te diga que te resistas. Una buena parte de la oferta política obliga a leer permanente “entre líneas” para saber realmente lo que propugnan en sus líneas políticas, pues, como a los niños, se trata de engañarlos con regalos de música estridente y lucecitas de colores vivos.

Y ahora que toca votar, y que resulta tan difícil encontrar a quién… las campañas electorales se centran… en captar su voto a partir de un juego de captura de su ego.

El populismo que cruza transversalmente la política mundial, a los nuevos y a los antiguos partidos, es en esencia eso, la captura del ego del elector, algo que siempre ha sido así. El establishment tiene la batalla perdida. El “Sálvame” ha triunfado. Poco más.

6 comentarios

6 Respuestas a “El síndrome del Emperador”

  1. Manu Oquendo dice:

    Los sistemas siguen pocas leyes pero algunas sí que les son necesarias.
    Una de ellas es la de Ashby que establece que el controlador, para poder ser eficaz en su función, debe tener al menos un grado más de diversidad que lo controlado.
    Esta ley, aparentemente sencilla, tiene muchas y muy importantes consecuencias. Una de ellas es que, dado que cada acto de control es muy caro –y lo paga siempre el controlado– las sociedades que crecen en diversidad –complejidad– terminan por tener que soportar unos costes de control que llegan pronto a ser superiores a los rendimientos sociales. A partir de ese instante la sociedad o el sistema entran en «rendimientos negativos». Algo que nosotros llevamos décadas experimentando a ambos lados del Atlántico.

    ¿Cómo puede el «Controlador» alterar esta situación?
    La forma principal es….Reduciendo la Diversidad –creando regulaciones y normas que homogeneicen comportamientos. A nadie se le escapa que esto es lo mismo que reducir los grados de libertad. Es fácil comprobar que esto es lo que venimos experimentando.

    Otro ilustre cibernético inglés, Stafford Beer, añadió un factor ominoso: «Los objetivos del diseñador de un sistema se infieren de sus resultados». Es decir, dejémonos de especulaciones: hagamos ingeniería inversa.
    Cualquier dato evolutivo de las sociedades humanas — un sistema a fin de cuentas– también debe ser analizado desde ambos puntos de vista. Ashby y Beer. Por ejemplo y aplicado a la misma información que proporciona D. Carlos en su artículo.

    1- ¿Fue coincidencia que el acercamiento Chino y USA –Kissinger/Nixon– fuera coetáneo de la drástica política de control de la natalidad china?
    Recordemos que el Memorandum 200 –de 1974– formalizó como principal prioridad USA el control de la fecundidad global– y que dicha política venía siendo formulada desde los tiempos de McNamara unos seis o siete años antes y fue secreta hasta 1991.

    2. ¿Fue coincidencia que, también en la misma época, la Psicología Académica occidental comienza a abandonar las escuelas Introspectivas y a promover las conductistas? Por resumirlo: se transita desde el Hombre, ser Racional, al Hombre, ser Emocional fácilmente «gestionable» por procesos educativos y culturales recurriendo a sus emociones y pulsiones primarias.

    Este cambio académico coincide en el tiempo con la desaforada promoción a escala popular de la «Inteligencia emocional» y de las políticas identitarias: basadas no en datos o hechos sino en actos de la «voluntad de ser». También coincide en el tiempo con la promoción social de una «antropología» con hombres más «femeninos» y mujeres más «masculinas». Stafford Beer se removería en la tumba si pensásemos que estas cuestiones son fruto del azar.

    Al decir de los padres de la Cibernética antes citados poco de casual podemos esperar en cuestiones que invariablemente resultan de la voluntad del poder, del «controlador». Del diseñador.

    Saludos

    1. EB dice:

      Hola Manu, sin negar el valor de las ideas de Ashby y Beer para analizar sistemas «cerrados» (aquellos que los humanos hemos creado para lograr determinados objetivos — yo los llamo «organizaciones»), esas ideas jamás pueden explicar la historia de la humanidad, una historia marcada por la adaptación a circunstancias cambiantes (si usted prefiere jamás podrán explicar el grado de predictabilidad de la evolución humana).

      Hacer afirmaciones de «causalidad» –los resultados son precedidos por interacciones que a su vez son precedidas por un legado histórico incorporado en cada humano interctuante– es una tentación grande pero determinarla requiere mucho más que establecer el orden cronológico de los hechos. Sus dos coincidencias puede que lo sean o no lo sean, pero jamás se podrá inferir algo solo de su orden cronológico. Si fuera tan simple, ya sabríamos mucho más de lo poco que sabemos.

      Sí, los cambios que los viejos hemos observado en los últimos 60 años no todos son «buenos», pero el hecho de que no nos gusten en nada facilita entenderlos. Peor, primero tendríamos que estar de acuerdo sobre si los hemos identificado y descripto correctamente.

      1. Manu Oquendo dice:

        Estimado EB.
        Cuando tiramos una piedra percibimos que su trayectoria es balística y nos permite inferir –trabajosamente– una forma de causalidad. En este caso la forma que nos termina llevando a la gravedad es parabólica.
        Si nuestro marco de referencia cambia, descubriremos que dicha trayectoria es al tiempo helicoide y elíptica y que ambas son fruto de la misma fuerza cósmica.
        Tiene usted razón en que pasar de la piedra a la fuerza gravitatoria nos ha llevado milenios. Y también creo que la tiene en observar que algunos de los cambios más profundos que estamos presenciando no son buenos. Nos movemos a hombros de gigantes. Muchas veces estos gigantes desaparecen de escena porque resultan inconvenientes al paradigma del poder social vigente. Conocí a Beer en los años 70 y ya entonces era evidente que pronto pasaría a ser un proscrito incluso para su querida izquierda. Lo mismo ha sucedido con el autor de la Ley más Importante, y ominosa, del mundo de los sistemas: Ashby.

        Un saludo cordial

    2. EB dice:

      Hola Manu, he tratado de resistir la tentación de rechazar su último párrafo. Pero no puedo pasarlo por alto porque es una aberración afirmar que usted se ha estado refieriendo a cuestiones que invariablemente resultan de la voluntad del poder, del «controlador, del diseñador.

      Por favor. El post de Carlos es confuso pero está claro que pretende referirse a la educación en cuanto formación desde la infancia a la madurez y si hay algo que hemos aprendido es que por más que los «diseñadores» –sean curas o maoístas o payasos políticos o el Rey de la Noche o su conspirador preferido– nunca han tenido el éxito que buscaban (en el mejor de los casos solo consiguieron levantar muertos que los ayudaran a sus 15 minutos de gloria). Ni a nivel de grandes «diseñadores» ni a nivel de pequeños tienen el éxito que buscan.

      Sobre pequeños le cuento brevemente la historia de «La Máquina». Así se llamaba al equipo de River Plate a fines de los años 40, justo después de la huelga de jugadores profesionales que motivó a Alfredo Di Stéfano a irse de River y de Argentina. Ganaba los partidos fácilmente y parecía que todo le era fácil y que había cambiado al fútbol para siempre. Pero no. Como todo equipo que parece una máquina por el grado de coordinación que le permite funcionar «como si hubiera sido diseñada por Dios», no duró porque los 15 minutos de gloria requieren un esfuerzo extraordinario que pocas personas pueden lograr y mucho menos mantener por algo más que 15 minutos.

      Ojalá usted pronto abandone su obsesión con los conspiradores.

      Nota: Siempre recuerdo a un tío y sus amigos, todos parte de «Los Profesores», el gran equipo de Estudiantes de La Plata en los años 30, que fueron mis maestros en el arte del fútbol y me enseñaron a jugar en equipo.

  2. EB dice:

    Carlos Cossio, mi gran mentor de Filosofía del Derecho, propuso que el Derecho en cuanto disciplina tuviera por objeto el estudio de la conducta normada (hoy una caracterización más precisa sería la interacción humana en su dimensión normativa). En su teoría egológica, el «ego» se refería al individuo en cuanto consciente de su propia identidad, condición para ser sujeto de derechos y obligaciones. Ese significado de «ego» se diferencia de otro que apunta al egoísmo en cuanto opuesto al altruismo y que es una caracterización del valor que una persona atribuye al bienestar de otras personas en sus decisiones: un egoísta raramente sacrifica algo por el bienestar de algún otro, un altruista está predispuesto a sacrificar algo. Los psicólogos se han entretenido con teorías sobre el «ego” (hoy se prefiere hablar de personalidad) y los economistas con teorías sobre la importancia relativa del egoísmo y el altruismo. Lamentablemente pocos se toman el trabajo de entender bien estas teorías.

    En el post, Carlos nos dice que el Pequeño Emperador chino es egoísta. El 90% del post está dedicado a argumentar que este egoísmo se manifiesta en los síntomas que parecen caracterizar al Little Emperor Syndrome. Las especulaciones planteadas en esta entrada de wikipedia referida únicamente a China me parecen muy prematuras (ver https://en.wikipedia.org/wiki/Little_Emperor_Syndrome) porque se parecen mucho a especulaciones que he oído desde pequeño sobre los hijos únicos occidentales y cristianos, y sin duda previas a las especulaciones sobre los hijos únicos de China.

    Carlos piensa que el síndrome del Pequeño Emperador se ha difundido por todo Occidente como una plaga y que no podemos ignorarlo. En particular, la gran mayoría los votantes sufrirían el síndrome y por eso se vuelven presa fácil de los buitres de la política (supongo que por lo menos los buitres no sufren el síndrome porque de lo contrario o todos seríamos violentos en la búsqueda del poder o todos seríamos idiotas, es decir, víctimas de nuestro egoísmo extremo). Sí, los políticos pueden parecernos buitres en su búsqueda de nuestro voto, pero esto no implica que seamos presa fácil y que con cualquier zanahoria nos pueden embaucar. Peor, si uno aceptara que la gran mayoría de los votantes sufre el síndrome, lo más probable es que ya adulto el pequeño emperador se haya puesto muy exigente sobre la cantidad y la calidad de las zanahorias necesarias para capturarlo, lo que aumentaría el costo de ganar un número suficiente de votos efectivos. Para entender la política no es necesario suponer que la gran mayoría de los votantes son víctimas de su egoísmo, algo que tantas veces se ha probado erróneo. Todo humano responde —en distintos grados y dependiendo mucho de las circunstancias— a incentivos (zanahorias y látigos). Esto, sin embargo, no quiere decir que quienes recurren a su uso la tengan fácil —más bien lo contrario, y agregaría cada vez más difícil. No hay explicaciones simples de nuestras vidas “antes” y “después” de los grandes cambios observados en los últimos 50 años (es decir, luego de completada la reconstrucción de lo vivido en los 50 años anteriores), en particular de cómo han ido cambiando la política y el gobierno en las democracias constitucionales y en dictaduras de todo tipo.

  3. EB dice:

    El problema no es el síndrome del Emperador Pequeño. Como ayer, hoy y siempre el problema es el síndrome del Emperador Grande, esos Napoleones que muestran los síntomas de quienes se creen elegidos para controlarnos. Nos quieren hacer creer que fueron elegidos por alguna fuerza extraterrestre o por alguna terrestre (en particular, los sabios, antes magos, luego filósofos y ahora científicos), pero su éxito depende mucho de su habilidad para recurrir a la violencia, antes mostrándonos sus grandes ejércitos, luego sus muchos sicarios, y ahora sus muchos policías, censores y jueces (algunos parte la judicatura, pero la mayoría no).

    Recién leyendo la prensa chilena me reía de algo dicho por un economista chileno sobre la reacción sindical-socialista a un proyecto de reforma laboral del gobierno: «basta de tratar a los trabajadores como niños». Sí, los socialistas siempre han querido justificar su ambición de poder en la división entre opresores y oprimidos, pero cuando han conseguido el poder solo han mostrado de que su interés principal era controlar a los supuestos opresores y oprimidos para su beneficio personal. Para un político socialista su éxito se mide por cuántos supuestos opresores y oprimidos NO ha tenido que sacrificar para gozar sus 15 minutos de gloria.

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