El teletrabajo y la globalización

Cada mañana oigo en la radio el anuncio de una tienda de muebles en la que, a una persona con dolores por teletrabajar en la silla de su casa, le recomiendan comprarse el mobiliario necesario para convertir su hogar en una cómoda oficina.

Decía un profesor de marketing que escuchando anuncios (entre líneas) se comprendía algo más la realidad: dónde estamos y hacia dónde nos quieren llevar los formadores de opinión.

Parece que el teletrabajo está para quedarse y da la sensación de que a la gente le parece muy bien. Total, nos quedamos en nuestras casas tan ricamente, nos ahorramos los atascos de cada día y nos “reunimos” por videollamada con los pantalones del pijama y una camisa arregladita (ni siquiera tenemos que lavarla, que en el mundo televirtual no existen los olores. Es como un Covid general).

El tono me está saliendo muy irónico y la verdad es que yo he estado muy a gusto el tiempo que me ha tocado teletrabajar. Pero creo que se nos están escapando algunas variables y que, como nos descuidemos, nos pueden colar otro gol importante.

La globalización ha sido un fenómeno que se ha ido incorporando de forma paulatina pero inexorable y que ha cambiado radicalmente el mundo y nuestra forma de vivir.

Empezó con la libre circulación de mercancías. El libre comercio beneficiaba aparentemente a todos dado que podíamos vender no sólo a nuestros vecinos sino en el mundo entero. Claro que, al final, la disminución de las barreras arancelarias y los ínfimos costes laborales de países sin Estado social ni derechos, como China, arrasaron con las industrias de los países “desarrollados”. Sin excepción.

El paro que generó el cierre de industrias en los países antes industrializados se desvió a la llamada economía de servicios. En los países “desarrollados” -esos que dieron origen a la Revolución Industrial- ya no se produce nada (o casi nada). Sólo se prestan servicios. Y hay tal inflación de trabajos de dudosa utilidad que podría dar la sensación de que surgen para mantener a la gente ocupada y entretenida.

La desindustrialización de Occidente es un problema grave que ha generado economías débiles y dependientes. Hasta ahora, los intentos de recuperar esas industrias han venido fracasando. Y desde esa perspectiva podría entenderse la política Trumpiana que se resumió en el eslogan del America First.

El segundo paso en la globalización fue la libre circulación de capitales. El dinero circula libremente, lo que sin duda ha beneficiado el intercambio y ha favorecido el trasvase de rentas del mundo desarrollado al menos desarrollado; pero también ha tenido efectos colaterales: las autoridades fiscales de los países más desarrollados, que cuentan con Estados sociales, tienen cada vez más dificultades para gravar a las rentas más altas, que pueden moverse con libertad buscando aquellos lugares con una fiscalidad más favorable.

La única pata que le faltaba a la globalización para integrar los tres factores clásicos de producción era precisamente la libre circulación de trabajadores. Hasta ahora, esta sólo se había alcanzado en ámbitos como la Unión Europea en los que se plantea un espacio de libertad de circulación. Sin embargo, si una persona de fuera de la Unión quiere trabajar en España tiene que obtener los correspondientes permisos de residencia y de trabajo.

Claro, esto era así cuando residencia y trabajo tenían una cierta conexión: la residencia era requisito previo para trabajar en un determinado lugar. Pero ¿y si desconectamos el trabajo de la residencia? Si el trabajo que antes hacíamos en la oficina en el centro de Madrid, ahora lo podemos hacer igualmente desde nuestra casa en La Navata (como Pablo Iglesias) ¿por qué no se va a poder hacer igualmente desde México, Perú, Guatemala… o incluso China?

Ya hemos visto la deslocalización de determinados servicios para abaratar costes. Así, todos hemos tenido la experiencia de la llamada a servicios de atención al cliente de empresas de telecomunicaciones que nos desvían a call centers en Sudamérica o en Marruecos.

Pero ¿y si la generalización del teletrabajo permitiera ampliar sustancialmente las posibilidades de sustituir a trabajadores autóctonos con trabajadores de países con costes laborales mucho más bajos?

Parece evidente que a las empresas les puede interesar reducir los costes en centros de trabajo y los altos gastos laborales y sociales de los trabajadores en los países desarrollados. Por eso el experimento de desviar empleo a países en desarrollo, sin necesidad de traerse a las personas, está “funcionando” y probablemente se quiera insistir en ese camino.

La crisis del Covid y la favorable acogida del teletrabajo ponen en bandeja de plata el tercer paso de la globalización. Y este sí puede ser un paso que aumente sustancialmente el paro en los países desarrollados y que ponga en verdaderas dificultades a nuestros ya maltrechos Estados sociales.

A lo mejor eso de los pantalones de pijama y las pantuflas no tiene tanta gracia y no creo que haya nadie en el Gobierno ni en la oposición pensando en cómo solucionar el dilema.

6 comentarios

6 Respuestas a “El teletrabajo y la globalización”

  1. O'farrill dice:

    Desde luego que no hay nadie en el gobierno o la oposición pensando en corregir lo denunciado, sino en imponerlo como habitual. Es parte de esa ingeniería social que siempre beneficia al capitalismo salvaje (no sujeto a otras normas que las que ellos imponen de una u otra forma).
    Durante muchos años se ha estado preparando una «normalidad» más cercana a la distopía que a la realidad de los problemas de las naciones que el globalismo intenta enmascarar con «ocurrencias» estúpidas en su mayoría como el cambio climático que ha existido desde siempre (hoy mismo leía más y más artículos de los sacerdotes de la nueva religión anunciando catástrofes climáticas, mientras la primavera sigue adelante con su realidad).
    Efectivamente, el teletrabajo puede resultar útil -y así lo defendimos en los años 80- para evitar crecimientos y aglomeraciones descontroladas de población, así como sus movimientos laborales. Muchas tareas pueden ser resueltas desde el propio domicilio sin necesidad de moverse todos los días a las mismas horas en las mismas direcciones. Otra opción serían los horarios flexibles donde el trabajador puede organizar su jornada de trabajo a su conveniencia, lo que evitaría la congestión en los transportes públicos, en las carreteras, en los espacios de trabajo….
    Todo ello supondría un nuevo patrón de relaciones laborales superando el modelo arcaico de la presencia física durante un determinado número de horas en tareas que no sean de cara al público (ahora la mayor parte incluso en las AA.PP. donde existe la absurda cita previa).
    En cuanto a los «trabajos de dudosa utilidad» (muy bien traídos) que son los que nos han dejado quienes se han hecho con los realmente necesarios, son parte de ese relato ficticio que empieza por los 24 ministerios del gobierno y sus múltiples variantes con nombres vacuos pero que justifican tareas absurdas, completados por esa estructura autonómica mastodóntica que nos permitimos mantener.
    Finalmente no hay que olvidar la sangría de conocimientos, experiencia profesional o laboral que las tecnologías están produciendo, con el consiguiente empobrecimiento personal y colectivo.
    Y todo ello se hace con la coartada de un virus al que no somos capaces de controlar y conocer (más allá de los relatos interesados en mantener la situación) a pesar de todo el tinglado tecnocientífico del que alardeamos. Si nos consideramos capaces de imponer a los planetas y al Sol unas obligaciones climáticas ¿porqué somos tan torpes e incapaces en los problemas reales?
    Un saludo.

  2. Loli dice:

    Mucho me temo que, dentro de nada, ya no tenga sucursal cercana a la que acudir si necesito retirar dinero en efectivo, realizar una transacción, reclamar, consultar al respecto de los ahorros que, imperativamente y bajo coste mío sin embargo, son custodiados por la entidad bancaria.

    La aplicación que me he visto obligada a bajar en el móvil si quiero poder acceder a mi cuenta corriente, ya me habilita prácticamente como cajero, autoasesora de mí misma, me controla los gastos, me da indicaciones de cómo ahorrar…o no, según convenga, de lo necesario que sería para mí pedir el préstamo que continuamente me ofrecen y que estoy loca si no lo hago, en fin…y que no se me ocurra, por supuesto, ir a la oficina a pedir algún tipo de consulta o explicación sin cita previa…., mi obligación es realizar las tareas de gestión bancaria yo misma, la de mi dinero…y seguramente la gestión, así como si nada, de manera indirecta, de el de otros usuarios…, para eso están todos los infinitos datos que la aplicación recopila de mí y de mis actos.

    Pero… ¿de qué me quejo?… todo son ventajas…o ¿no?.

    Temo, de igual modo, tener que pedir cita en mi centro de salud, me la propondrán telefónica, o si no, afrontaré toda una odisea para acceder a mi médico de cabecera, total, ¿qué más da que te vea o no?, a todo lo que le va a dar tiempo es a tirar de historial, o en todo caso a mandarte una analítica para poder aplicarle la plantilla correspondiente de gestión terapeútica….ni siquiera habría lugar, probablemente, a una auscultación como Dios manda, que requiere tiempo y atención…lo siento mucho, y estoy segura de que muchos médicos también se lamentan de ello, pero así es….

    Ah…. pero si eso ahora puede ser todo telemático,…. ¡pues ya me contarán cómo!, porque no se pueden aplicar “plantillas a todo el trabajo clínico”, y que me cuenten qué fue de aquel “ojo clínico” que categorizaba tanto a un buen médico….

    El problema no es el avance tecnológico, entiendo que es algo positivo, señal de las posibilidades del ser humano en su evolución.

    Independientemente de los manejos que intereses económicos centren a grandes oligopolios a hacer depender su continuidad como tales con una determinada estructura social y que eso pueda estar derivando en intentos de control y experimentos sociales, el problema llega también de cómo estamos afrontando las poblaciones en general, y las del “mundo desarrollado” en particular, estos “revulsivos”.

    Entiendo que tal y como está de interdependiente la movilidad, la economía, y el modelo social implementado en los países más “avanzados”, la actual crisis sanitaria reclama una salida temprana, al menos a esa movilidad.

    Pero…lo siento, no me cabe en la cabeza que, sin ir más lejos, ante una vacunación masiva en situación de emergencia, pues parece que los actuales parámetros del modelo se están resquebrajando por la pandemia, los ciudadanos maduros accedan a unas medidas reconocidas como en “fase experimental”, porque no “ha dado tiempo a más”, como a acontecimientos que les producen…gozo y alegría.

    Entiendo que no te vas a echar a “llorar”, pero también contemplo que, una población consciente de la situación, y con libertad para ejercer su responsabilidad, no afrontaría ciertas decisiones como es la de la inoculación masiva de terapias nuevas aún en fase…”temprana” de observación y ejecución, como si constituyese la “mayor felicidad del mundo”, que es como parece que se traslada desde muchos medios de comunicación.

    Eso solo da idea de la infantilización social al respecto de la tremenda dependencia que produce la necesidad de volver a una “rutina”, en este caso a la anterior de una crisis que ha dejado al aire la arquitectura de nuestro actual modelo de Bienestar.

    Y pienso que, también, deja de manifiesto que ese “infantilismo” provoca el no querer, ni siquiera conocer, qué es lo que está pasando.

    Vacunarse es una conclusión a la que muchos podemos llegar, pero preguntando, investigando, afrontando qué es una vacuna…nueva, sus compuestos, tecnología…o al menos intentando aunar valor y hacerlo, desde la consciencia, no desde la “emoción pueril” de que “se haga lo que sea para yo volver a mi estado anterior….” porque eso no puede ser, y tampoco indica madurez social.

    No digo que no estén llegando cosas para quedarse, como el banco en tu móvil, tu médico por teléfono, o trabajar con tus compañeros sin ni siquiera poder entablar las múltiples posibilidades de lenguaje y comunicación de nuestros sentidos….., incluso la de terapias nuevas con posibilidad de abrir horizontes más amplios en el tratamiento enfermedades que asolan al ser humano.

    Pero ¿por qué no lo podemos hacer desde una actitud de responsabilidad, de preguntarnos y plantear los cómos y los porqués, sin dejar que nos den, también, rellenados y debidamente cumplimentados todos los “argumentarios”?.

    ¿Es que no podremos ser capaces de añadir o quitar nada, por que no hemos sido capaces, tampoco, de preguntarnos nada?.

    1. O'farrill dice:

      Totalmente de acuerdo con su comentario Loli. La verdad es que nos han estado preparando para esto bajando cada vez más el nivel de formación, tanto como personas como futuros profesionales.
      Cuando veo en manos de quienes estamos, es para asustarse. No hace falta señalar a nadie en concreto pero, como dicen en mi pueblo: «hay falta de hervores…» Nos hemos puesto al servicio de unos personajes que vienen de las más rancias y anacrónicas doctrinas a los dogmas más estúpidos salidos de la ciencia ficción (mala), del «cómic», de las series televisivas o de las malas películas de ficción….
      Me alegra que, en el mundo de la Medicina, cite la falta de «·ojo clínico» y me hace recordar a un viejo amigo de la familia que a sus ochenta años, según te veía, establecía un diagnóstico; más recientemente otro médico jubilado con un pronóstico directo que confirmaron luego los «protocolos» y formularios. Cuando lo comenté al MIR que me atendía me dijo ¿es que tiene una bola de cristal?. No -le contesté- tiene casi cincuenta años de experiencia médica.
      Es lo que tenemos. Mucha mediocridad que se retroalimenta para que no se note, regada por mucho dinero que la pone a su servicio.
      Un saludo.

      1. pasmao dice:

        Buenos días O`farrill

        El problema, para el futuro, es que los 50 años de experiencia clínica los tiene mirando a los pacientes a los ojos, viendo como andan, el color de su piel, cómo respiran aún antes de haberles puesto el fonendo encima, antes de haber visto una analítica, antes de haber puesto sus manos sobre un teclado, etc…

        Y de esa experiencia es la que NO son conscientes muchos MIR, experiencia que no van a tener jamás. Y lo que es peor, muchos en la posibilidad de que pudiera darse, la consideran un hándicap en su carrera. O sea, que la evitan.

        Y a mi eso es lo que me parece mas terrible.

        Al no ser una experiencia fácilmente trasladable a una plantilla, sobre las que tan bien nos ilustra Loli, no sirve para promocionarse, ascender… en el escalafón. Mas bien puede implicar el riesgo de que de darse una contradicción entre esa experiencia acumulada y una plantilla prefijada se verían obligados a tomar decisiones morales que podrían poner en riesgo, mas que la salud del paciente (que también), sus posibilidades de promoción. Para eso, entre otras cosas, ha servido la pandemia (para pasar lista entre los respondones y los que no lo son, entre la clase médica) .

        Y si eso ocurre con profesionales que normalmente son de los que mejor expediente académico han tenido en el colegio, y que luego han pasado por las carreras mas duras, y donde el pensamiento científico se supone que manda (antes también el moral, ahora ya no se); que no ocurrirá en carreras donde la verdad objetivable es discutible y donde una mayoría de los alumnos son los que han sacado notas mas bajas en el colegio. Y no por incapaces intelectuales, si no porque nada les interesaba.

        Es ahí.

        En esas plantillas homogeinizadoras donde todos los teletrabajos, IA, robotizaciones del mundo tienen su «nicho».

        Porque sepan ustedes que «eso» es muy caro a nivel de infraestructura general, pero se amortiza muy bien con las economías de escala suficientes. Economías de escala sólo posibles en un mundo altamente globalizado donde las diferencias locales que no se puedan trasladar a las plantillas no supongan un hándicap para su funcionamiento.

        Así, poco a poco, haciéndonos pasar por el cedazo de la plantilla (a base de palo y zanahoria), abandonamos las diferencias naturales que nos hacen reconocernos cómo individuos ligados a un grupo con un territorio, historia, creencias, comunes y que se reconoce en ellas sólo con salir a la calle; y cedemos. Cedemos con tal de poder «estar» incluidos en unas plantillas que son las que nos posibilitan existir socialmente/virtualmente en esa globalidad, separados de la experiencia real (solo valen las experiencias reales que nos dicte la plantilla, las que nos despersonalizan), hasta convertirnos en auténtico ganado.

        El mito de la caverna, Matrix, en estado químicamente puro.

        Un cordial saludo

        PS. y muchas gracias por sacar a la palestra temas tan necesarios, con comentarios (los de ustedes) tan oportunos

  3. Manu Oquendo dice:

    El Sr. O’Farrill recordará una conferencia patrocinada por Tiempo Liberal en el CEPC en el año 2011 en la que, analizando la implosión de la burbuja inmobiliaria creada por Rodríguez Zapatero, se exponía la gran debilidad de la Estructura Económica de gran parte de Occidente (EEUU, o UK, por ejemplo) y de España muy en Particular.

    La causa inmediata, explicaba el texto de aquella ponencia, era la imposibilidad estructural de creación de empleo de valor (Industrial y de rendimientos crecientes) para limitarse a empleos de rendimientos decrecientes (Servicios Públicos y Privados en gran medida) que si no son sostenidos por los anteriores, terminan impulsando exageradamente la fiscalidad y el crecimiento desaforado de la deuda. La Fiscalidad es un Coste de los Propios productos y Servicios y por eso hay que ser también competitivos en ella. Algo que solo parecen recordar dos mujeres en Madrid, Isabel y Rocío.

    Desde entonces han pasado once años y –salvo por lo que trató de hacer Trump recogiendo velas de una Globalización destructiva– parece que los poderes Occidentales siguen sufriendo de Disonancia Cognitiva o, alternativamente, están buscando el colapso de sus civilizaciones y culturas respectivas. No echemos en saco roto esta última hipótesis porque los tiempos que vienen van a obligar a respuestas muy duras a este grave problema que ya ha llegado a la calle a ambos lados del Atlántico. Soplan vientos de guerra y vamos a tener que comenzar por plantarles cara –a los vientos, claro).

    En el caso de la UE esto es más grave todavía porque su estructura productiva interna concentra la Industria en unos pocos países y los «servicios de pobres» (turismo de masas, por ejemplo) en otros. Además, toda la UE se encuentra estructuralmente en una pésima situación competitiva a plazo por muchas razones entre ellas la insalvable brecha de Propiedad Intelectual de la que ya se ha hablado en este foro. En el fondo, ser una colonia termina haciendo daño.

    En fin, que creo que estas cuestiones deberían ser objeto de mucha atención aunque inevitablemente nos lleven a cuestionar las bases del mundo concreto que nos ha tocado vivir.

    Se habrán dado cuenta de que no he hablado del Euro ni del BCE que está creando una situación forzosa de OLIGOPOLIO bancario que lleva al suicidio de Bancos y de Empleos.
    No lo he hecho porque les tengo mucho afecto.

    Un saludo cordial

  4. Panagiotis dice:

    El teletrabajo, tal y como se plantea en el artículo, no es tan flexible que permita despedir una plantilla en que trabaja en el centro de Barcelona y contratar una plantilla equivalente en El Salvador, por un precio 10 veces más barato y de la noche a la mañana. Hay que tener en cuenta varias cosas:
    – Barreras culturales y de idioma: Por ejemplo, traten de hablar en inglés con alguien de India. Incluso los ingleses tienen problemas. Por eso muchos call-center, después de deslocalizarse a India, volvieron al Reino Unido. Y lo mismo estoy observando en España («Hola, soy **** y le atiendo desde Jerez). Igualmente hay diferencias culturales al adoptar acuerdos, o exponer ideas, que incluso entre países europeos se ponen de manifiesto, y son especialmente difíciles de gestionar cuando tienes una plantilla con gran diversidad cultural.
    – Diferentes capacidades en diferentes países: No es lo mismo contratar a una licenciado universitario en España que a uno en cualquier otro país. En España se conocen las capacidades que tiene.
    – Diferencias horarias: Teletrabajar con EEUU o Australia es garantizar un «turno de noche» al teletrabajador. Con las implicaciones que eso tiene.
    Aparte de estas consideraciones, se pueden añadir más, en las que no entraré, pero sí pondré de manifiesto que es irrealizable suplantar plantillas por otras en teletrabajo y esperar un rendimiento similar.
    Para que el teletrabajo funcione, en equipos de trabajo, se han de tener culturas similares y horarios similares, lo cual hace imposible que la mitad de la plantilla esté en Suecia y la otra mitad en Tailandia si son parte de un mismo equipo. Aparte, hay multitud de interacciones que se pierden por no tener «presencialidad», interacciones que pueden dar lugar a ideas o colaboraciones que en remoto no pueden surgir.

    En resumen, la tesis consistente en que en este momento las empresas podrían «deslocalizar» a la plantilla o «desconectar el trabajo de la residencia» sin que afecte al rendimiento, es hoy por hoy difícil de que se materialice.

    El teletrabajo sí puede ofrecer beneficios a los trabajadores (no acudir todos los días a la oficina, poder residir más lejos de la misma, más tiempo para conciliar, …) a cambio también de algunos costes (la oficina es la casa, internet, calefacción, etc.) y a las empresas les puede ofrecer también beneficios (menor gasto en alquileres y mantenimiento de edificios) a cambio de algunos costes (las «interacciones» perdidas hacen que se pierdan ideas e iniciativas).

    Por otro lado, España, por su clima, sus infraestructuras y su situación geográfica, puede ser un «hub» que atraiga a teletrabajadores de Europa : Alemania, Francia, Irlanda, etc. Tiene comunicaciones rápidas con las capitales Europeas por vía aérea, y puede ofrecer una alta calidad de vida a una persona de Irlanda (por poner un ejemplo) que sólo tenga que ir a la oficina unos días al mes. Creo que se debería estar trabajando en posicionar al país de esta manera, y poder beneficiarse del flujo de talento que se podría atraer.

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