¿Es la política la causa de nuestra incertidumbre?

Si contemplamos a la España de estos meses, desde el prisma que nos ofrecen los medios de comunicación, la respuesta a esta pregunta tendría que ser un sí rotundo, porque llevamos meses con la duda de si, finalmente, tendremos un gobierno que pueda gobernar. Pero, si tenemos en cuenta que la falta de apoyos parlamentarios ha impedido que los últimos gobiernos pudieran hacer algo, son ya varios años los que estamos en esta situación.

Sin embargo, no es un estigma que afecte solo a los españoles porque, por diversos motivos, la incertidumbre también ha calado en casi todos los escenarios políticos internacionales que nos afectan, empezando por la Unión Europea. En realidad, si nos detuviéramos a pensarlo, tendríamos que reconocer que la incertidumbre no se circunscribe a la política, se extiende por muchos más espacios de los que nos solemos percatar.

Todos queremos que, hasta donde sea posible, nuestras vidas sean predecibles y que, ante cualquier desgracia, tengamos a mano alguna solución.

En el fondo, toca las fibras más íntimas y sensibles del ser humano. Todos queremos que, hasta donde sea posible, nuestras vidas sean predecibles y que, ante cualquier desgracia, tengamos a mano alguna solución. Es una aspiración que, con el paso del tiempo, casi hemos convertido en un derecho.

Podríamos decir que el papel del Estado ha ido evolucionando hasta configurarse, en gran medida, como garante de ese derecho. Obviamente, no puede serlo de modo absoluto porque, por mucho que nos empeñemos, hay problemas o situaciones que no tienen solución. Pero, en el imaginario popular, el Estado, personificado por el Gobierno, debe intentar siempre, y por todos los medios, proporcionar esa seguridad que ansían sus ciudadanos.

Cuando, en el pasado, los teóricos decían que el Estado debía centrarse en garantizar la seguridad de sus ciudadanos, se referían a la seguridad física frente a guerras o actos violentos. Con el tiempo, esa interpretación de la seguridad se ha ido ampliando para cubrir las situaciones de desamparo que originan las enfermedades, la vejez, el desempleo y otros aspectos, configurando el famoso Estado de Bienestar.

La misma la palabra bienestar no es casual. Su elección refleja perfectamente que la misión ideal encomendada a los poderes públicos debería incluir todos aquellos aspectos que inquietan a la sociedad. Y, como uno de los valores que más demanda ésta es la certidumbre, los políticos se ven obligados a preservarla. Aunque sea a costa de ocultar los problemas y mentir sobre ellos, si no pueden solucionarlos. La ciudadanía jamás admitiría que un gobierno saliera diciendo, por ejemplo, que no sabe cómo solucionar el problema de las pensiones. Inmediatamente se fijaría en cualquier otro partido que les prometiera una solución fácil.

Por supuesto que en este tema se junta el hambre con las ganas de comer, porque a cualquier gobierno también le viene muy bien el recurso a la mentira, por aquello de que no cunda el pánico y se dispare la inestabilidad social.

El problema es que esa imperiosa necesidad de certidumbre contamina a todas las actividades que dependen de las instituciones públicas.

Seguimos a los científicos mientras nos aclaren las cosas, con afirmaciones contundentes y las menos ambigüedades posibles, pero no si se empeñasen en hacernos ver que casi todo lo que creemos de nuestra realidad cotidiana es ficticio.

Fijémonos, por ejemplo, en la ciencia. La actividad científica, por su propia esencia tiene que tratar diariamente con lo desconocido. Sin embargo, también se ve condicionada por esta actitud social . En cualquier área –sobre todo si preocupa a la sociedad y depende de subvenciones públicas– los científicos tienden a exponer sus nuevos hallazgos como si fuesen un paso cuasi definitivo para resolver los enigmas que tenían entre manos; rara vez, lo hacen añadiendo lo mucho que aún se sigue ignorando. La razón es bien sencilla: no admitimos que los expertos nos dejen flotando en un mar de dudas. La sociedad no admite que la incertidumbre sea el contexto habitual de nuestras vidas.

Sin embargo, los científicos saben de sobra que vivimos en un mundo repleto de incertidumbres, que la realidad que vemos y tocamos no es más que una mínima porción de otra realidad, mucho más amplia, de la que ignoramos casi todo. No solo eso. Saben que, esa realidad desconocida, muy probablemente está influyendo decisivamente en la que consideramos conocida. Este es el pan nuestro de cada día para los científicos. Pero no para la gran mayoría de los ciudadanos. Seguimos a los científicos mientras nos aclaren las cosas, con afirmaciones contundentes y las menos ambigüedades posibles, pero no si se empeñasen en hacernos ver que casi todo lo que creemos de nuestra realidad cotidiana es ficticio. En última instancia, desconfiamos de todo aquello que no podamos percibir con nuestros sentidos y que no podamos explicarnos fácilmente.

En la educación y el mundo laboral el panorama es aún más grave. Escuchamos cada dos por tres que la mayoría de los empleos que se van a necesitar dentro de unos años no existen en la actualidad y que, por ello, sería mucho mejor formar a nuestros jóvenes en su capacidad de adaptarse a la incertidumbre y de prepararse para pasar de un trabajo a otro, aunque no tenga relación con su formación académica previa. Y, sin embargo, las escuelas siguen ahí, enseñando las mismas cosas.

La cuestión que deberíamos afrontar es si es bueno para nuestro desarrollo, individual y colectivo, refugiarnos en el confort y el sosiego que nos brindan las certezas construidas con mentiras y verdades a medias.

Vivir en un mundo dominado por lo desconocido desasosiega y atemoriza a cualquiera. Eso es obvio. Pero la cuestión que deberíamos afrontar es si es bueno para nuestro desarrollo, individual y colectivo, refugiarnos en el confort y el sosiego que nos brindan las certezas construidas con mentiras y verdades a medias. Permanecer en un confort construido así nos condena al infantilismo, a la eterna inmadurez. Una sociedad solo puede hacerse verdaderamente adulta en la medida que llegue a ser capaz de asumir los problemas sin tapujos y, sobre todo, en la medida en que sea capaz de reconocer todo lo que ignora para, así, multiplicar su interés por conocerlo.

Mientras no estemos dispuestos a avanzar hacia una sociedad en la que las incertidumbres no nos asusten, la democracia no pasará de ser un ejercicio infantil. Y ese cambio depende mucho más de nosotros mismos que de nuestros políticos.

2 comentarios

2 Respuestas a “¿Es la política la causa de nuestra incertidumbre?”

  1. O'farrill dice:

    Empiezo con el recuerdo de «La era de la incertidumbre» de Galbraith. Un texto que ya ha cumplido años y que empezó como una propuesta de la BBC para realizar una serie para televisión «que mostrara el contraste entre las grandes certidumbres del pensamiento económico del siglo XIX y la gran incertidumbre con que se abordan los problemas de nuestro tiempo» (según el propio autor).
    En el siglo XIX todos estaban seguros de sus ideologías o del triunfo de sus proyectos políticos. Incluso las «clases gobernantes» (la casta) estaba convencida de su función… Todo esto se ha ido rompiendo y las inseguridades han hecho presa de las sociedades, haciéndolas temerosas, acríticas y, por desgracia, ignorantes. Un perfecto caldo de cultivo para la manipulación y el engaño desde los distintos poderes. Sobre todo el político, el mediático y el económico.
    En política nos creemos «soberanos» (la soberanía popular) cuando en realidad estamos sometidos a oligarquías partidarias y a las reglas que les interesen. En lo mediático, la televisión ha dejado en pañales las teorías propagandísticas de Barnays, apropiadas y ampliadas por otros (pocos programas como el de Galbraith veremos en nuestras cadenas habituales que nos hagan pensar), donde las banalidades y la frivolidad se han convertido en «imprescindibles» para los espectadores (un directivo de la cadena modelo española me reconocía hace muchos años: «sabemos que damos porquería, pero eso es lo que piden las audiencias». Dicho de otra forma: «si a millones de moscas les gusta la «m….» por algo será…». En lo económico porque las propias teorías económicas se han ido «apesebrando» y perdiendo su independencia científica para ponerlas al servicio de quien pague. Algo que es extrapolable al campo de otras muchas ciencias (ejemplo: la «lucha» contra el cambio climático). Nadie es responsable directo de nada y todo se queda en la superficialidad diluída y diluyente del momento.
    Hace unos días repasaba las críticas que se hicieron a «Los límites del crecimiento», informe impulsado por el Club de Roma, donde la ideología de cada cual superaba la objetividad de su pensamiento científico. La preocupación era real acerca del futuro de la Humanidad, pero cada uno la iba a interpretar a su manera o conveniencia. Desde el catastrofismo hasta la idealización de lo que nos espera.
    Como dice Manuel, la mentira se ha instalado en nuestras almas quizás porque la necesitamos. Porque nadie es capaz de afirmar (salvo los imprudentes o ignorantes) lo que habrá mañana. Preferimos atenernos a modelos y patrones que nos eludan de nuestras respectivas responsabilidades. Se impone el ¿qué se lleva? Ahora toda hablar de esto o aquello para enmascarar nuestra carencia de ideas propias. Es más se empieza a considerar «delito» tenerlas y exponerlas. La «policía del pensamiento» orwelliana ya está entre nosotros para que nadie discrepe y, encima, hablamos de libertades y derechos imaginarios….
    Pero no es la Política (con mayúsculas) lo que provoca o puede provocar incertidumbres. Esa Política es positiva porque busca respuestas (como Galbraith). En cambio la que conocemos, con la que convivimos, la que sufrimos…. hecha de «ocurrencias» y «correcciones» impuestas, es la que nos lleva al desencanto, a la desafección, a la ignorancia, a la mentira y, en definitiva a la incertidumbre. La verdad se ha perdido… ¿para siempre?
    Un saludo.

  2. Paco dice:

    Es cierto que la incertidumbre ha ido creciendo en los últimos tiempos, tanto en la política como en el resto y que esto supone situaciones en ocasiones no deseables.
    Ahora bien, ¿es la certidumbre un bien en sí? Si tomamos un poco de perspectiva histórica podemos recordar los tiempos en que las certidumbre decretadas por los poderes tenían que ser apoyadas de manera clara por todas las personas si no se quería correr el riesgo de ser excluido socialmente o poner en peligro su vida. Está lejos la Edad Media con las verdades sobre la centralidad de la Tierra en el Universo o los dogmas religiosos que todos tenían que seguir, pero no hay que irse tan lejos ya que las dictaduras (tanto las recientes en la historia europea como las que siguen existiendo en la actualidad) se encargan de obligar a los ciudadanos a comulgar con sus verdades.
    Las certidumbres absolutas son peligrosas. Nos encorsetan e impiden que exploremos nuevas formas de ver la realidad y de entenderla. Benditos los científicos que se atreven a exponer las limitaciones de sus descubrimientos ya que dejan la puerta abierta a nuevas investigaciones que arrojen nueva luz. Benditas también las personas que son capaces de expresar sus dudas y que esto les impulsa a nuevos hallazgos.
    Las jóvenes generaciones están viviendo en sus carnes hoy en día una situación de incertidumbre que no se daba tanto en generaciones anteriores. La precariedad laboral está provocando que muchos jóvenes tarden mucho más en irse de casa de sus padres, se planteen más el alquiler que la compra de un piso, tengan menos hijos y los tengan más tarde, y haya descendido enormemente el concepto de lealtad a la empresa, de considerarla parte de tu vida. Saben que, en cualquier momento, les pueden echar del trabajo. Todo esto está generando psicológicamente una situación de incertidumbre que permea toda su vida.
    También ocurre con las relaciones personales y las relaciones de pareja. Sin querer abogar por una permanencia para toda la vida de la pareja de manera obligatoria (esto nos llevaría a las certidumbres perniciosas que comentábamos antes), el enorme número de divorcios que existen en la actualidad nos lleva a pensar que en esta área campa también la incertidumbre, llegando en algunos casos al exceso por falta de madurez.
    Si la incertidumbre nos lleva a ser más flexibles y adaptarnos mejor a las circunstancias cambiantes de la sociedad y de la vida, alejándonos de las certidumbres encorsetadoras, bienvenida sea.
    Estoy de acuerdo con Manolo en que la gente busca certidumbres, tanto en el ámbito político como en el científico y en otros, y que, en ocasiones, prefiere que se le mienta con una certidumbre a que se le planteen dudas. En el fondo esto no es más que un reflejo de nuestros miedos y nuestras inseguridades personales. Cuanto más seguro estamos de nosotros mismos, menos nos importan las incertidumbres ya que nos sabremos adaptar.
    Dicho esto, ¿es buena la situación de incertidumbre política en la que actualmente estamos? Como todo en la vida, depende de las dosis. Hemos de acostumbrarnos a una mayor incertidumbre en la vida política de la que había hace años, pero no a que la inestabilidad se convierta en la nueva certidumbre perniciosa.

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