Lo que se esconde tras la estabilidad política

Seguramente una de las mayores preocupaciones de los españoles, en relación con la situación política, es la dificultad de asegurar la gobernabilidad del país con la adecuada estabilidad parlamentaria. La experiencia que estamos viviendo en España, con gobiernos apoyados en mayorías parlamentarias que incluyen partidos que rozan lo antisistema justifica de sobra esa preocupación. No obstante, dejando al margen los avatares de la circunstancia política en la que estamos inmersos, hay otras derivadas, mucho más sutiles, que también merecerían cierta atención.

Es obvio que una de las grandes ventajas de la democracia es que permite elegir y cambiar gobiernos. A eso hay que añadir, aunque se sobreentienda, que lo deseable es que quien gobierne tenga el apoyo parlamentario necesario, y suficientemente estable, como para que pueda afrontar los problemas que tiene la sociedad. Que, cuando no haya mayorías absolutas, ese apoyo parlamentario se logre porque varias formaciones políticas pacten, en el marco de la Constitución, un programa de gobierno es, no sólo legítimo, sino claramente deseable.

La estabilidad no solo se busca para sostener la acción de los gobiernos. Va mucho más allá, y lo que a un nivel es muy positivo, en otros niveles acaba resultando inquietante.

Por tanto, dado que la estabilidad que brinda ese apoyo suele ser condición necesaria para la gobernabilidad del país, es lógico que todos lo reclamemos y lo apreciemos cuando se consigue. Sin embargo, la estabilidad no solo se busca para sostener la acción de los gobiernos. Va mucho más allá, y lo que a un nivel es muy positivo, en otros niveles acaba resultando inquietante.

Consideramos un signo de madurez política, y por tanto muy positivo, cuando los principales partidos son capaces de acordar las decisiones sobre los grandes problemas políticos. Sin embargo, el acuerdo político sobre un determinado asunto suele requerir de la previa existencia de un cierto consenso en la sociedad. En algunas cuestiones ese consenso existe de forma natural; pero, en muchas otras, hay que construirlo. Y, según cómo se construya, estaremos ante un rasgo de madurez democrática; ante un ejercicio de educación social o, simplemente, ante una escandalosa manipulación.

Los grandes temas sobre los que hay que decidir suelen ser bastante complejos, y la mayoría de los ciudadanos no tenemos ni tiempo ni ganas de hacer el esfuerzo necesario para llegar a entender sus entresijos y sus consecuencias

Hablaríamos de madurez política si a esa opinión, mayoritaria y ampliamente compartida, se llegase tras haber analizado y debatido públicamente, a fondo y con transparencia, las diversas alternativas existentes y, finalmente, se viera claramente aconsejable una concreta. Sin embargo, no es esto lo que sucede en la práctica. Entre otras razones porque los grandes temas sobre los que hay que decidir suelen ser bastante complejos, y la mayoría de los ciudadanos no tenemos ni tiempo ni ganas de hacer el esfuerzo necesario para llegar a entender sus entresijos y sus consecuencias. A lo más que llegamos es a hacernos una opinión, tras leer o escuchar lo que dicen, sobre todo, algunos expertos.

Si los expertos que opinan fueran realmente independientes podría aceptarse esa especie de delegación que hacemos en ellos los ciudadanos. Pero, ¿hasta qué punto lo son? Y aquí entramos ya en otra dimensión del problema.

¿Acaso quienes trabajan en los diversos ambientes académicos, o profesionales, no se ven influidos decisivamente por las ideas que son mayoritarias en sus entornos? ¿Acaso, no es más fácil que tu valoración y prestigio profesional crezcan si te sumas a las opiniones ortodoxas, que si te desmarcas de ellas y vas públicamente a contracorriente? ¿No da que pensar lo poco que vemos en los medios de comunicación a expertos discrepando de las posiciones más comunes en su campo? ¿No es sospechosa la frecuencia con la que los expertos en cada materia se ponen de acuerdo y logran opiniones mayoritarias, de cara al público?

Casi da igual el ámbito académico que miremos. Por muy científico que sea, lo que nos suelen llegar son las opiniones “oficiales”, las más aceptadas. Cuando, si algo debiera caracterizar a la ciencia es, precisamente, el libre pensamiento y, en consecuencia, la disparidad de opiniones. Y si, en lugar de las materias estrictamente científicas, nos vamos a otras, mucho más susceptibles de controversia, como la economía o la historia, nos encontramos con que los niveles de discrepancia son mucho más reducidos de lo que cabría esperar.

La libertad de pensamiento plenamente ejercida ¿no debería traducirse en una multitud de opiniones de todo tipo, expuestas públicamente y sin cortapisas, convirtiendo en algo verdaderamente excepcional las coincidencias o consensos generales?

Habría que preguntarse a qué se debe esta tendencia, cada vez frecuente en nuestra sociedad, a exhibir opiniones mayoritarias, casi marginando las minoritarias. Sobre todo, cuando vivimos en un tipo de sociedad que valora especialmente –o, al menos, eso decimos– la libertad de pensamiento. Y la libertad de pensamiento plenamente ejercida ¿no debería traducirse en una multitud de opiniones de todo tipo, expuestas públicamente y sin cortapisas, convirtiendo en algo verdaderamente excepcional las coincidencias o consensos generales?

¿No será, más bien, que nos gusta creer que valoramos la libertad de pensamiento, cuando, en realidad, lo que de verdad valoramos es la estabilidad y la seguridad que nos da ver que los expertos se ponen de acuerdo en las soluciones a nuestros problemas colectivos, afirmando, además, en muchas ocasiones, que esas soluciones son las únicas posibles?

La cultura del consenso se va imponiendo poco a poco en nuestra sociedad como si fuese la actitud más “civilizada”.

Así, la cultura del consenso se va imponiendo poco a poco en nuestra sociedad como si fuese la actitud más “civilizada”. Hasta el punto de que miramos con recelo –o directamente rechazamos– a quienes se empeñan en defender puntos de vista minoritarios. ¿No estamos enterrando así el libre pensamiento? ¿No nos lleva todo esto hacia una cultura del pensamiento único? ¿No es esta una forma sutil de que vayamos entrando, por nuestro propio pie, en una especie de adoctrinamiento masivo y permanente?

Si esto sucede en el mundo de los expertos, supuestamente ajeno a prejuicios e ideologías, ¿qué podemos esperar que suceda, con las famosas libertades de pensamiento y opinión, en el mundo de la política? ¿Cuántas decisiones políticas han sido avaladas por opiniones mayoritarias de los expertos correspondientes?

Así que, y volviendo por donde empezamos: es cierto que, en general, es un síntoma de madurez democrática que los partidos sean capaces de ponerse de acuerdo en las grandes decisiones. Pero, cuidado con ese afán por el consenso y las mayorías, porque lo que suele ser bueno en un ámbito –la política, en este caso– puede ser altamente tóxico y contraproducente en otros.

7 comentarios

7 Respuestas a “Lo que se esconde tras la estabilidad política”

  1. EB dice:

    Manuel, si he entendido correctamente su post, lo que dice es que como ciudadanos valoramos la estabilidad en la gestión de gobierno, que esa estabilidad implica acuerdos entre facciones políticas sobre asuntos concretos, pero que esos acuerdos son efectivamente positivos solo si reflejan un consenso social a un nivel de abstracción alto (digamos a nivel de principios), y como el consenso requiere confirmación en la negociación de cada acuerdo, los políticos toman atajos para hacernos creer que el acuerdo logrado entre ellos sí refleja consenso. Uno de esos atajos es el recurso a expertos “como si” supieran algo que los demás no saben sobre el consenso social y los acuerdos que sí lo reflejarían, pero que en realidad están al servicio de los políticos porque solo puede existir consenso eliminando posiciones minoritarias (por extensión, esta situación es más clara en otras actividades —supongo que quiso decir que, por ejemplo, en la familia los padres imponen su consenso y por lo tanto no necesitan acuerdos con sus hijos para tomar decisiones).

    Le agradeceré me confirme si he entendido correctamente su post.

    1. Manuel Bautista dice:

      No debo haberme explicado suficientemente bien.

      No digo que “esos acuerdos son efectivamente positivos solo si reflejan un consenso social”, porque puede haber acuerdos a nivel político muy positivos para el país, sin que exista ese consenso. Lo que he querido decir es que los políticos, pendientes de cómo suben o bajan sus apoyos electorales en los sondeos, se resisten cada vez más a tomar decisiones comprometidas en los grandes temas -y, por tanto, a firmar acuerdos con el partido gobernante, si están en la oposición- si no ven que haya un gran consenso social que les aplauda esas decisiones. Pero, obviamente, a veces no les queda más remedio que tomar esas decisiones, sin ese consenso.

      Por supuesto, las decisiones políticas y, más aún, los consensos a nivel político entre partidos distintos, son mucho más fáciles si van respaldadas por opiniones mayoritarias de los expertos correspondientes (siempre y cuando esas opiniones técnicas no sean excesivamente impopulares). Pero no he querido decir con ello que los consensos entre expertos “en realidad están al servicio de los políticos”. Supongo que a veces será así, pero creo que en la mayoría de las ocasiones se llega a opiniones compartidas por la mayoría de los expertos porque ellos, hasta cierto punto, se las creen.

      Lo que planteo es por qué llegan a creérselo. Creo que, en definitiva, es muy humano que, si tú eres un experto en una materia determinada y no lo ves del todo claro, optes por sumarte a lo que dicen tus colegas (sobre todo si entre ellos están los más prestigiosos y reconocidos socialmente), antes que a exponer públicamente tus opiniones personales cuando son contrarias, al menos en aspectos importantes, a lo que sostiene el resto de tus colegas. Sobre todo, y esto es clave, cuando las está defendiendo en los medios de comunicación, en Internet o en cualquier medio que las difunda públicamente. Para eso hay que tener un gran coraje y además estar muy convencido de tus propias ideas. Y esto, desgraciadamente, abunda poco.

      Un saludo

      1. EB dice:

        Manuel, gracias por su respuesta. No estoy seguro de entender su post y creo que se debe a que tenemos puntos de vista muy distintos sobre cómo analizar la política en cuanto actividad humana.

        Para mi el punto de partida de cualquier análisis de la polítca es que la política es un negocio como cualquier otro: los políticos se ofrecen para satisfacer algunas demandas de los residentes legales a cambio de un premio suculento. La diferencia entre la política y otros negocios la marca su premio: gozar del poder coercitivo legítimo del estado-nación. La historia ha probado que la competencia por acceder a ese poder y gozarlo es feroz: en algunos estados-nación la violencia sigue siendo el recurso de primera instancia y en todos los estados-nación los titulares de ese poder saben que esta noche pueden perder sus posiciones. No solo es cuestión de acceder sino también de mantenerse, amenaza que termina siendo la principal restricción a la gestión de gobierno en todos los estados-nación. Siendo una competencia feroz, esa gestión está marcada más por la amenaza de expulsión que por otras restricciones —y por eso mismo los titulares no dudan en usar su poder para eliminar o contener a sus competidores. Las competencias por ganar otros premios están limitadas por normas sociales y regulaciones específicas, pero la competencia política solo por normas sociales y a veces ni siquiera por estas normas.

  2. Manu Oquendo dice:

    Me ha gustado el artículo. Es una buena foto del panorama que exige un par de lecturas y algunas reflexiones más largas. Tras ellas es lógico que surjan otras preguntas y quizás hasta discrepancias. Lo esencial, a mi modo de ver, es la panorámica y la oportunidad de reflexión.
    A su vez los comentarios de EB ofrecen otra perspectiva en la valoración de los sistemas de acceso al poder y sus formas de ejercicio y de abandono.
    Siguiendo la línea analítica de Braudel llegamos pronto a la evidencia de que las llamadas Democracias europeas –todas jovencísimas y con poca experiencia si excluimos UK y Suiza– en realidad son “Estados Vasallos” (sic) del Imperio y de sus poderes Formales e Informales. Y, visto lo visto, hasta es posible que la visión nos reconforte porque siempre se puede empeorar. Un libro reciente nos llama “El valle sometido a vigilancia” (Surveillance Valley)
    Hoy circula por la red de Smart-phones un vídeo de Centeno alarmado por el Gran Oriente como candidato a la Alcaldía de Barcelona. Han perdido la confianza en el Pueblo y en sus Profetas como explicó Bertolt Brecht en 1952. Y ya es imposible no reconocer que en 1840, Tocqueville, vaticinó que el invento terminaría en Despotismo Puro pero con otro nombre.

    Me parece también muy acertada la parte del artículo que habla de las célebres opiniones de Expertos. Grandes instrumentos de refuerzo de las decisiones de quienes deciden que, en las democracias, no es tan fácil de saber.

    Pierre Boudieu dio unas lecciones en el Collège de France en los años 89 y 90 recogidas en un libro que, si no recuerdo mal, se titulaba en español “Sobre el Estado”. En una de las primeras lecciones habló sobre el proceso de selección de “Expertos”, la forma y límites de su análisis, así como la redacción y difusión de sus trabajos sobre el tema en cuestión que, en aquel artículo, era los “estándares de construcción habitacional”. Un tema supuestamente técnico.
    Años más tarde, ya en 2007, otro francés, Emmanuel Todd, se preguntaba –“Apres l’empire”– con sorna acerca de la “casualidad” de que en ninguna solución habitacional colectiva legislada, hubieran los expertos propuesto algo tan simple como “lugares de reunión” para los residentes de modo que pudiesen comunicarse, escucharse y hablar de “sus cosas”. Esto se les pasó a los expertos.
    Pasa siempre y por eso la profesión de “experto” ha caído bastante en su valoración social.

    Aquí nos pasa lo mismo con, por ejemplo, los “expertos” en pensiones contributivas públicas.

    Todos hablan de la Insuficiencia del sistema, poquitos de las causas y solo uno –hoy desaparecido– habló de los 256,000 millones de euros de sucesivos Superávits de Contribuciones “retirados” –para gastos no relacionados con pensiones contributivas– desde Felipe González a Rodríguez Zapatero (6,000 millones retirados solo en 2010) a lo largo de treinta años. Es decir……………¿expertos? Más bien cieguecitos discretos.

    No es este lugar ni momento para extendernos sobre estas cuestiones pero recordemos que en 28 países de Europa los ciudadanos califican al sistema político con un 3.5 sobre 10. Eurostat. Ese suspenso sería aún más bajo si de la lista retiramos a Suiza y Noruega que no son de la UE pero suben mucho la nota media.

    El sistema no está bien. Comenzando porque de la palabra Democracia hay registradas 650 acepciones –es decir, no significa nada– y los Partidos Políticos son entes muy problemáticos que al tener prohibida la verdadera representación (el artículo 67.2 CE prohíbe el mandato imperativo) se convierten en instrumentos de alguien que normalmente desconocemos pero que, desde luego, si algo representan no es a nosotros.

    Esto necesita una reconversión enorme y muy difícil porque los rotos estructurales son muchos y graves. Comenzando por el evidente declive económico de la inmensa mayoría y la delirante deriva Impositivo-Extractiva de las élites políticas y sus “expertos”.

    Saludos y gracias.

    PS Hoy circula una petición: Alertad al gobierno de Sánchez de que Portugal reivindica en UNESCO el V centenario de la primera vuelta al mundo sin mención alguna de España –que arma y financia la expedición al mando de Magallanes– ni de Elcano a cuyo mando trascurre al menos la mitad tras la muerte de Magallanes .

    1. EB dice:

      Hola Manu, no nos confudamos. Lo que hoy observamos es el recurso al odio porque ha aumentado mucho el costo de recurrir a la violencia en primera instancia. Gracias al siglo 20, los progresistas han quedado sin ideas y sin poder recurrir a la violencia para acceder al poder. Fracasadas las revoluciones violentas y fracasados los progresistas disfrados de demócratas –sí, los Benito Craxi y todos sus imitadores europeos– hoy recurren al odio denunciando y amenazando a todos los que sienten, piensan, dicen y hacen cosas que no son de su gusto. No espero que los españoles comunes, informados por medios muy podridos, estén al tanto de lo que están en el resto del mundo y en particular en EEUU. Para estar bien informado hay que sacrificar mucho tiempo y tener la mente muy despejada, lujos que solo los viejos nos podemos dar.

      ¿Por qué incitan al odio? Para entenderlo hay que repasar las sucesivas frustraciones de los progesistas desde el inicio de la crisis económica. Partieron celebrando la crisis porque creyeron que sería una gran oportunidad para ellos; sí, celebraron el dolor de aquellos que perdieron algo porque pensaron que les podrían lavar el cerebro fácilmente. Pero por mucho que lo intentaron no tuvieron una sola idea para ayudarlos y al ver que se les escapaba la oportunidad empezaron a indignarse –a recurrir a las emociones básicas de los idiotas. Pero no “formaron” suficientes idiotas indignados para ganar elecciones y entonces, como siempre, algunos empezaron a dar marcha atrás para ver si podían ganar algo denunciando a los opositores como ultras, extremistas, populistas, fachas y otras cosas, mientras que otros pensaron que se requería una estrategia más drástica y comenzaron sus campañas de odio. En EEUU los primeros están perdiendo y los segundos han declarado la guerra y para justificarla incitan al odio. En España el primer grupo de progresistas todavía lucha por evitar el fracaso –saben bien que jamás ganarán– y el segundo intenta mantener sus posiciones en algunas comunidades (País Vasco, Cataluña, Navarra). Sí, desde la perspectiva de los progresistas, sea en EEUU, España u cualquier otro país, la mayoría de la población está oprimida por los “malos” y hay que liberarlos por las buenas (los oprimidos se rebelan contra los opresores) o por las malas (los revolucionarios del siglo 21 se rebelan contra los opresores). La única diferencia entre los revolucionarios del siglo 20 y del siglo 21 es que los primeros esperaban un premio personal mucho mayor que lo que los segundos podrían obtener en caso de éxito.

  3. O'farrill dice:

    Felicito a Manuel por sus reflexiones que nos enfrenta de nuevo a los conceptos tales como “estabilidad”, “gobernabilidad”, “democracia” y, sobre todo, “pensamiento único”. Voy a referirme primero a éste último sobre el que ya se ha dicho y escrito mucho (hay una charla en Youtube de Almudena Negro en el Instituto Juan de Mariana sobre la socialdemocracia, sus orígenes e implantación). La socialdemocracia como “cajón de sastre” donde, pragmáticamente, colar todo el pluralismo ideológico. Su relación con el nacionalsocialismo alemán y el fascismo italiano, no suele destacarse en la propaganda política actual, como tampoco se destaca en el caso de España la influencia de este pensamiento en el anterior régimen de Franco, antecesor en el fondo, distinto en las formas al régimen del 78. Pero es lo que hay. En el fondo todos practican -se llamen como se llamen- esa supuesta democracia social que sigue teniendo el tinte oligárquico de siempre, pero con un aspecto exterior diferente. El “cambiar algo para que todo siga igual” lampedusiano en definitiva o el “atado y bien atado” de Franco. Ahí está el poder y todos intentarán atraparlo, conducirlo y orientarlo a intereses semejantes. “La política como negocio” que comenta EB, “despotismo puro” anunciado por Tocqueville que señala Manu Oquendo.
    En cuanto a los otros conceptos, ya se ha comentado cómo “democracia” ha sido tan manipulado y violado, que ha perdido su sentido, tal como comenta Manu. Empezando por los que constantemente se autodefinen como “demócratas” y se envuelven en su nombre para que no se note su realidad, su desnudez….
    “Estabilidad” sería igual a seguridad jurídica; imposible en un estado con más de 100.000 leyes (más de 3.000 por año), donde se siguen anunciando y reclamando más leyes; donde la representación política no es real (lo señala Manu), donde el ejecutivo ha secuestrado la función del legislativo ( interesante lo que señala Almudena Negro sobre la presencia en el Parlamento de un banco azul del gobierno) y donde se “gobierna” por decreto.
    “Gobernabilidad” sería igual a obediencia del ejecutivo a las leyes (empezando por la Constitución) en lugar de buscar la forma de sortearlas; un ejecutivo sometido a controles diversos y reales dependientes todos del Parlamento….
    Como vemos, muchas cosas están pervertidas pero la propaganda (Goebbels) hace milagros a través de la información mediática.
    Un saludo.

    1. EB dice:

      Queremos suponer que en estados-nación bajo régimen de democracia constitucional (sea parlamentaria o presidencial) los gobiernos no pueden ignorar las normas sociales ni las normas constitucionales que limitan el recurso al poder coercitivo legítimo tanto en lo sustantivo (reafirmando claramente los derechos individuales de los ciudadanos) como en lo procesal (estableciendo procedimientos claros para la gestión y el control del gobierno). Pero nos equivocamos: las deficiencias de la institucionalidad de la política y el gobierno en esos regímenes son serias y no podemos ignorarlas. La pregunta es por qué no podemos superar esas deficiencias. Yo pienso que la respuesta no ha cambiado desde nuestros orígenes: al mal no se lo puede erradicar, solo se lo puede contener. Cuando me refiero al mal, me refiero a nuestro lado oscuro, ese que en distintos grados todos tenemos. En períodos de avance en la contención del mal, se crean condiciones para que nuestro lado bueno brille, pero avanzar en la contención del mal no es fácil, requiere sacrificios grandes, y para peor nuestros limitados conocimientos no nos permiten apreciar que una mayor o mejor contención es condición necesaria para que nuestro lado bueno pueda brillar más fuerte. Muy lindo predicar el bien, pero si no se contiene el mal los predicadores no tendrán éxito. Hoy las democracias constitucionales dejan en evidencia que el “Estado de Derecho” que supuestamente caracteriza a algunos estados-nación depende de la política y el gobierno —en otras palabras, no hay más seguridad jurídica que aquella permitida por quienes gozan del poder coercitivo legítimo del estado-nación y por quiénes compiten con ellos por ese poder. En este blog no se me permite dar juicio sobre otros blogs españoles pero hay uno que se jacta de promover el Estado de Derecho cuando se pasó buen tiempo promoviendo el linchamiento de Rajoy.

      Hoy la judicatura francesa negó la extradición de un fugitivo de la judicatura chilena (condenado por el asesinato de senador J. Guzmán en 1991, bajo la presidencia de P. Alwyin, ver https://es.wikipedia.org/wiki/Jaime_Guzmán; años después se fugó de la cárcel y terminó oculto en México donde cometió otros delitos). Todavía no se conocen los argumentos de esa negación pero se supone que es porque la judicatura francesa estima que durante el juicio en Chile o luego en la cárcel se violaron sus derechos. Antes de esa negación una oficina del gobierno francés a cargo de refugiados había dado protección especial al fugitivo (llegó a Francia escapando de la policía mexicana que lo buscaba por esos otros delitos). No voy a defender a la judicatura chilena pero la podredumbre del gobierno y la judicatura francesa no me sorprende.

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