Bill Millin 1944

El seis de junio de 1944, mientras miles de hombres en sus lanchas de desembarco o en las playas de Normandía se aferraban a sus fusiles y rezaban lo que sabían, Bill Millin se quitaba su pantalón del uniforme para pasar a vestir su falda escocesa y se preparaba para hacer lo que mejor se le daba: tocar la gaita.

Millin era el gaitero personal de Lord Lovat –un tipo muy peculiar del que Churchill llegó a decir que era “el hombre con los modales más refinados que conocía entre aquellos capaces de rebanar una garganta con sus propias manos” –, y parece ser que no tenía ni idea de lo que su jefe le haría hacer el Día D, cuando a unos minutos de desembarcar este se le acercó y le dijo que se preparase para tocar durante la batalla. Millin, sabiendo lo que significaba distinguirse tanto en mitad del combate, le replicó que las ordenanzas militares lo prohibían explícitamente (en la Primera Guerra Mundial los gaiteros que acompañaban las cargas de los escoceses eran los primeros en caer) ante lo que Lord Vovat replicó que eso era una ordenanza inglesa y que ellos eran escoceses, que no les afectaba.

El caso es que el tipo, sabiendo cómo se las gastaba el Lord, se tiró al agua detrás de su jefe y, como contaba después, una vez convertido en una celebridad después de la guerra, se pasó los primeros minutos del desembarco preocupado por el frio que llegaba a sus partes íntimas (el kilt se lleva sin ropa interior…), los instantes siguientes tratando de que no se le mojase la gaita (sin bromas: la de hacer música) y después, cuando empezó a tocar en mitad del fragor de la batalla, sorprendidísimo de que no le disparase nadie mientras veía caer a sus compañeros de uniforme a uno y otro lado abatidos por balas que parecían evitarle a él.

Contra todo pronóstico, el tipo con más visibilidad del desembarco sobrevivió al combate y a la guerra, posiblemente porque, tal y como le comentó uno de los prisioneros alemanes cuando les preguntó por qué no le habían disparado: “está muy feo disparar a alguien que ha perdido el juicio”.

Y ahora es cuando me van a disculpar, pero este señor que soplaba la gaita me recuerda a otro, al que la fortuna, unos rivales lamentables y un asesor excepcional han convertido en Presidente del Gobierno: ambos son tipos con suerte que no saben a dónde van.

Porque mi Presidente no sabe a dónde va en ningún tema y cada vez tengo más claro que si acierta en algo (que lo hará, por simple probabilidad) será por pura suerte o porque no se ha enterado de lo que en realidad está haciendo.

Para mí la gota que ha colmado el vaso no es ceder al chantaje de los independentistas respecto al referéndum (pareciéndome una tontería cualquier nacionalismo no tengo nada en contra de plantear la posibilidad de uno, pero jamás bajo chantaje), sino lo que nos va adelantando respecto a su posición en un tema que para mí es de radical importancia: la luz del sol.

Porque a mí me puede afectar más o menos que un señor, para poder seguir utilizando un ratito más el helicóptero o poder ir a conciertos en avión cómodamente, ceda en cosas sin sentido y reparta dinero a unos y a otros sin ton ni son por un puñado de votos en el Congreso, pero cuando me entra la ira es cuando escucho que, ahora que en la Unión Europea se han dado cuenta de la tontería que es el horario de invierno, él se plantea cambiar nuestro huso horario: dejarnos como ahora en invierno, vamos…

Hace unos días se conocían los resultados de una encuesta realizada en toda Europa en la que millones de ciudadanos de todos los países (aunque con una mayoría de alemanes y habitantes de los países nórdicos, los que se enteraron de la encuesta: aquí no se dio publicidad) se manifestaban a favor de dejar de cambiar la hora dos veces al año y mantener el horario de verano.

Llevados por lo claro de los resultados y –supongo– como parte de una estrategia para empezar a distanciarse de las críticas de que los burócratas de la Unión Europea viven alejados de la realidad de la gente, parece que de una vez por todas han decidido tocar un tema de importancia capital para el día a día de millones de europeos y los jerarcas de Bruselas por fin parecen encaminarse hacia la toma de una decisión lógica: quitar el cambio de hora y mantener el horario de verano, que permite alargar los días para que todos los que tenemos que aceptar el castigo bíblico del trabajo al menos podamos disfrutar algo de la luz del sol.

Vaya por delante que yo en este tema no soy neutral: a mí me parece una sandez cambiar la hora en invierno y sacrificar, porque sí, una maravillosa hora de luz a la salida del trabajo durante el invierno; una luz que, en mi caso, contemplo como entra por la ventana de una oficina mientras trabajo –con envidia no disimulada hacia los que disfrutan de ella en la calle–, y que otros ni siquiera saben que existe, encerrados mientras trabajan en una nave industrial o un centro comercial… es decir, que mi posición al respecto está muy clara, y ya me pueden contar todas las milongas del mundo acerca del ahorro energético en cuatro fábricas que quiera inventarse algún lobby, que para mí, en una función de utilidad, los contras a nivel de ahorro energético –si los hubiera– jamás se podrían acercar mínimamente al efecto beneficioso sobre la salud y la felicidad de millones de personas que tienen los días más largos.

Está claro que si eres pensionista o tienes la enorme fortuna de salir de trabajar a las 15h a lo mejor piensas de forma distinta –también lo harás si eres un vampiro, pero entonces serás inmortal y no tendrás problemas para conciliar– pero en esto del cambio de hora me atrevo a decir que, en caso de referéndum el horario de verano –el que supone que en invierno a las 18h no es de noche en España y en verano puedes preparar la hoguera de San Juan a las 21h mientras aún es de día–, sería el que ganaría por goleada tanto en Andalucía como en Cataluña o Galicia.

Y ante una iniciativa que de verdad tiene impacto en la vida de los españoles, el Presidente del Gobierno, el señor Sánchez, dice ahora que le parece muy bien tomar la iniciativa, pero que ya de paso a lo mejor también se cambia el huso horario, con lo que los españoles nos quedaríamos con el equivalente al horario actual de invierno.

Señor Sánchez: ¡no fastidie!

Esto sí merece un referéndum.

2 comentarios

2 Respuestas a “Señor Sánchez: no la líe con el cambio de hora”

  1. O'farrill dice:

    Estimado Raul: el tema que tocas es algo que, personalmente, me ha tocado las narices (con perdón). Eso de “una hora menos en Canarias” cuando estamos en el mismo meridiano ya es una demostración más de “chapuza nacional”. Yo tampoco me he creído nunca lo del ahorro energético, pero es que no me creo nada de lo que me cuentan desde el mundo político, corporativo o mediático (cuestión de canas supongo). Estoy más en lo que es o no es “natural”. Esto supone que, cuando alguien “impuso” el horario del meridiano que no nos correspondía, estaba yendo contra mi naturaleza y contra mi voluntad. Cuando alguien además establece que hay que cambiar la hora cada cierto tiempo, eso es ensañamiento social con quienes tienen que volver a ajustar jornadas y actividades en perjuicio del descanso merecido.
    Luego sobre gustos no hay nada escrito. Sabes que nos dividen en “alondras” (madrugadores) y búhos (trasnochadores). Mi hermano (mismo padre y misma madre) es de los primeros, yo de los segundos (como se puede comprobar por la hora en que me pongo a escribir). Unos prefieren ver el sol al salir del trabajo, otros preferimos que nos despierte por la mañana en lugar de encender la luz….. Creo que los gustos no tienen nada que ver con la racionalidad o naturalidad de las cosas.
    Un cordial saludo.

  2. Ligur dice:

    Los referéndum Raúl, son para los predecibles, por eso los convocan.
    Los que no entran en el juego de las votaciones, son los sospechosos, por que son menos controlables y “raros”.

    Jamás he creído que cambiando la hora dos veces al año, supondría un ahorro energético para el país, siempre me sonó a patraña. En mi época de trabajador en oficinas, ya fuera primavera, verano, otoño o invierno, siempre estaban las luces encendidas, desde las 6h. de la mañana hasta que cerraban el chiringuito por la noche a las 21h.

    Lo que más me fastidia, es que los que mantuvieron hasta la fecha este tinglado, ya sabían de los efectos nocivos para la salud en todas las estructuras del humano así como en todos sus ámbitos sociales. Me extraña que Benjamín Franklin, como masón, fuera desconocedor de esto y fuera el primero que propusiera este cambio horario antes de la 1ª GM. Ya se sabe, esta gente no da puntada sin hilo, además de propugnar que el fin justifica los medios. Como diría mi amigo Casas, “no me gusta como caza la perra”.

    EL cuerpo humano es capaz de ajustarse a los cambios horarios, pero le toquemos mucho las narices y favorezcamos su biorritmo. Que lo dejen en uno y punto (invierno).

    Saludos

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