Tenemos que hablar

Cuando murió mi padre, muchos amigos me llamaron por teléfono, pero otros muchos me enviaron un wasap de pésame. ¡Un wasap! Si en el peor momento de mi vida no pueden coger el teléfono y hacer una llamada, ¿entonces cuándo? ¿Cuándo una ocasión merecerá el esfuerzo de llamar y transmitir de viva voz lo que uno tiene que decir? ¿O acaso no hay nada que decir? Tras la excusa de no querer molestar a los demás, se esconde el no querer molestar-nos nosotros haciendo un esfuerzo por los demás.  ¿Qué nos pasa? ¿Por qué no hablamos? ¿De verdad no nos damos cuenta de lo solos que nos estamos quedando?

Con el uso de las redes sociales se exacerba lo que parecía no poder exacerbarse más: la soledad. Llegamos a convencernos de que ya estamos suficientemente comunicados solo porque tenemos la información de lo que nos sucede a unos y a otros, pero la transmisión de información no es comunicación. La comunicación es voz, es mirada, es contacto físico, es emisión de intenciones.

Le tenemos miedo al otro. Miedo al rechazo, miedo al aburrimiento, miedo a decepcionar, miedo al ridículo. Le tenemos tanto miedo a los demás que preferimos mantenernos en nuestra burbuja aislada, haciendo más esfuerzos por impedir que se pinche que por ocuparnos de otras personas. Buscamos permanentemente excusas para evitar la exposición, casi todas relacionadas con la vida que llevamos. Y llevamos una vida en la que difícilmente cabe ninguna improvisación, pero poco a poco nos vamos acostumbrando a dejar de ver a los demás, dejar de hablar con los demás, dejar de mirar a los demás a los ojos, desde este cautiverio voluntario que nos consume y deprime sutilmente.

El miedo al otro nos lleva a viajar en el metro como si alguien nos estuviera apuntando con un revólver bajo amenaza de volarnos los sesos si abrimos la boca. No queremos llamar la atención, en cuanto se oye una voz todo el mundo se gira para ver quién es, qué hace, qué dice y, sobre todo, por qué. Si por error rozamos la mano de alguien al agarrarnos a la barra, la apartamos rápidamente, como si el contacto físico nos repugnara, nos aterrara, nos avergonzara.

A veces nos preguntamos por qué los viejos se ponen a hablar con desconocidos en los parques o en la parada del autobús, y la pregunta es por qué no lo hacemos todos. Buscan cualquier excusa para entablar conversación; el clima, lo que tarda el autobús, la gripe que han tenido o alguna anécdota de sus nietos. Están solos metidos en casa sin escuchar la voz de nadie durante días. Bajan al supermercado a por algún detalle solo para poder hablar con las cajeras, que les tratan con cariño y les “aguantan” conversaciones banales, conscientes de que eso ya es parte de su trabajo. Conscientes de que, por su mísero sueldo, ahora ejercen también de psicólogos.

Pero nos molesta que nos saquen de nuestro aislamiento. No dejamos que nadie nos libere del encierro. No permitimos que nuestros amigos deprimidos nos den la chapa, que la gente se pone muy intensa y yo no tengo por qué aguantar a nadie. Bastante tengo ya con “lo mío” (sea lo que sea eso).  

Vivimos pegados a nuestro núcleo relacional sin apenas hacer expediciones fuera de la zona de confort, que cada vez es más reducida e incómoda, pero es la nuestra y al menos es conocida. Nos gusta estar encerrados, cada vez más solos, pero sin obligaciones, sin responsabilidades, sin esfuerzo y sin sobresaltos.

Y algún día, en nuestro lecho de muerte (porque todo indica que nos vamos a morir), quizás no aparezca nadie a despedirse, es probable que los amigos o supuestos amigos no acudan a nuestro entierro ni nos lleven flores porque justo ese día les “pilla mal”, pero enviarán un wasap muy sentido con un emoticono que llora. Ese día nuestro Instagram conseguirá más likes que nunca, algunos harán un hashtag con nuestro nombre en Twitter o escribirán una sentida necrológica en Facebook. Todos publicarán cosas bonitas durante un par de días, esas cosas que jamás dijeron, que jamás dijimos, esas palabras que nunca llegaron porque estábamos demasiado liados viendo Netflix o comprando en Amazon.

Algún día nos daremos cuenta de todo el tiempo que hemos perdido con esta vida de mierda, o peor, de todo el amor que hemos perdido y que ya no habrá manera de recuperar.  

Algún día, ojalá hoy, nos daremos cuenta de lo importantes que son los otros, aunque solo sea, porque nosotros también somos los otros.

5 comentarios

5 Respuestas a “Tenemos que hablar”

  1. O'farrill dice:

    De nuevo felicitaciones a Bárbara por el tema de su artículo. La comunicación o la incomunicación personal es algo que se ha ido extinguiendo en aras de una supuesta privacidad o de egocentrismos agudos. En los años 80 recuerdo una frase que -como se dice ahora- se hizo viral: «No me cuente usted su vida; yo también he sufrido mucho». El aislamiento (que no es lo mismo que la soledad) es otra de las maneras con que se nos va preparando para el futuro. El colmo esas parejas, sentadas una frente a la otra, dedicadas cada una de ellas a contestar mensajes de otros en lugar de comunicarse entre sí o ese grupo de «colegas» que acaban por aislarse con su» juguetito» correspondiente en lugar de charlar directamente de cualquier tema.
    Y ahí entramos en otra de las facetas de la comunicación: ¿de qué temas podemos hablar? En el mundo de las parejas jóvenes normalmente se ocultan temas o asuntos que consideramos «espacios propios» (nuestra privacidad) y que, más tarde o más temprano, se conocerán y traerán consecuencias. Una cosa es la invasión de la intimidad y otra muy diferente el no compartirla con quien se supone tu confidente más importante y más cercano. Entre las amistades (el amor sin sus alas, según Rilke), habría que distinguir entre los conocidos por unas circunstancias u otras, los compañeros de trabajo que parecen amigos y los amigos de verdad (los incondicionales) a los que no queremos interferir en sus vidas y ocupaciones. Al final, es mucho más espontánea la comunicación con algún vecino o con cualquiera que veamos que está dispuesto a escucharnos (de esto tengo abundantes experiencias) y a dedicarnos algo de su tiempo.
    Las redes sociales son sólo eso: una forma de pescar en el océano revuelto de las mismas, diciendo las mismas banalidades, rebotando mensajes de un tipo u otro y replicando lo que nos ha llegado por las mismas vías hasta que nos quedamos literalmente «enganchados» en ellas, controlados en nuestras actividades y aficiones o con desenlaces desagradables si las cosas derivan (como pasa muchas veces) por derroteros imprevistos.
    En todo ello la verdadera comunicación (esa que va más allá de las palabras, gestos y miradas) hace aguas por los cuatro costados. Estamos demasiado ocupados, somos demasiado egoistas o nos han enfrentado tanto que, al final, nos hemos convertido en conejos de Indias del gran experimento de ingeniería social que han diseñado para someternos.
    Yo sugeriría a los editores de este y otros «blogs» y «foros» la posibilidad de encuentros (se han hecho algunos) donde podamos llevar nuestra modesta comunicación «bloguera» al conocimiento personal directo.
    Un saludo.

  2. Paz dice:

    Excelente post y excelente comentario. Gracias enorme
    P.S. ¿Cuándo quedamos?

    1. Coque dice:

      Tengo mucho lío últimamente para quedar, Paz. Si eso ya te llamaré dentro de unos meses.

  3. Cris dice:

    Excelente artículo, retrata perfectamente a lo que esta sociedad ha ido degenerando. Suelen /solemos ser personas egoístas, lo que llaman ahora yoístas, poco empáticas, poco imaginativas, incluso. De esas personas que tan pronto tratan fatal a uno como a otro, al que no les lama los zapatos en ese momento. Y si no quedas para divertirte, no les comas la cabeza. Pero eso sí, estate ahí para SUS rollos. Lo que les importa son sus «problemas del siglo XXI». Nada de reciprocidad aquí.

    Cada vez hay más casos en nuestros periódicos de gente que vive sola y muere sola. Dicen que todos morimos solos. Oiremos mucho «algo habrá hecho para que ni su familia le hablase». Claro. Da miedo. Da miedo como cada vez es más común. Como la semana pasada encontraron 3 personas muertas en su casa. En uno de los casos, la última vez que le vieron por el barrio fue en fin de año. Los vecinos asumieron que se había ido con la familia. Y yo me pregunto, ¿nadie le llamaba por teléfono? ¿A nadie le interesaba? Finalmente, uno de sus familiares que vivía lejos, llamó a otro que vivía muy cerca y se personó en su casa para ver cómo estaba… Aún me estremezco y me da ganas de llorar. Y esto es cada vez más común. A esto hemos llegado como sociedad.

    Cuando murió mi padre… en el núcleo familiar también nos dimos cuenta de quienes estaban demasiado ocupados. Y también nos llevamos varias sorpresas. De gente que no esperabas que estuviese ahí, y estuvieron un día entero. De amigos que se iban de viaje y sacaron un rato antes del vuelo, que cancelaron un viaje, cruzaron todo el país para venir a nuestro lado, se colgaron del teléfono por horas… De esa gente invaluable que cada vez queda menos. Y es una amistad recíproca, yo le doy todo de mi ser a quien me corresponda.

    También, por otra parte, los vecinos nos empezaron a tratar como «apestados». Es una comunidad pequeña, con edificios de pocas plantas y hemos crecido ahí. Pero hemos pasado de compartir ascensor, esperar al que llega, abrir puertas, comentar el día, dejar llaves, sal, azúcar y favores varios, a ver cómo X vecino nos ve llegar y cierra rápidamente la puerta del ascensor, o se apura a entrar al portal para no compartir el mismo espacio vital y no tener que hablar. Mi madre llegó a preguntar «¿se creen que la viudedad es contagiosa?». Pero ya le expliqué que no fue ahora, esto fue algo progresivo.

    Igual que la gente que atropella a ciclistas por contestar mal, gente que cruza mal e increpa al conductor que se queja… Y más casos, que dan más miedo que vergüenza. Por lo comunes que son. Esta sociedad cada día está más sola, y la soledad aboca a la locura.

    Ya sabéis… lupus est homo homini

  4. Manu Oquendo dice:

    El artículo de Dña. Bárbara y los comentarios son formas de comunicarnos, de decirnos lo que pensamos y de acercarnos unos a otros. Sin ellos no tendríamos las relaciones personales que hoy tenemos con los editores y con no pocos de los comentaristas habituales.

    Dicho lo cual no está de más recordar que comunicarnos es decirnos cosas relevantes con la intención de ayudarnos, de acercarnos y de paliar esa circunstancia del ser humano que tiene su lado bueno y su lado peor, la susodicha Soledad. El nombre de una de mis queridas abuelas.

    Estos días estoy preparando un comentario a un libro de un amigo: «Respuestas breves a inmensas cuestiones». Un libro que es un compendio de su ingente obra de Filosofía Moral. Sobre «Dios, el mundo y el yo; sobre mi libertad con ley y moral». Lo voy leyendo a razón de unas 20 páginas por noche y, precisamente esta madrugada, hablaba del «Yo».

    Una de nuestras primeras evidencias intuitivas, el «yo», es en el fondo y ante todo la conciencia de una verdad solitaria. Quizás temporal, transiente, pero solitaria. Algo que es bueno reconocer, aceptar y disfrutar aunque sea para luego darnos a otros como se dan las madres y los padres. Como se dan los buenos esposos, los buenos amigos. Las posibilidades de crecimiento humano parten siempre de la reflexión solitaria y positiva y se mueven hacia un fenómeno realmente «eucarístico» de «partirnos y repartirnos» en bien de otros. Sin esperar nada a cambio que es la esencia del «ágape».

    La evidencia de esta soledad «constituyente» no es obstáculo para compartirla sabiendo que el sentido de la vida es un esfuerzo por transmutar el «yo» en un «nosotros» plausible.

    Saludos cordiales.

    Obra citada:
    Respuestas breves a inmensas cuestiones. 2019
    J. Ramón Recuero.
    Editorial Y

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