Trump no tiene razón (tampoco en esto)

En el momento en que escribo estas líneas todos los Boeing 737 MAX del mundo están parados en tierra, sin posibilidad de volar hasta que se identifiquen las causas de los dos accidentes que han sufrido con escasos meses de diferencia dos ejemplares de este modelo, trabajando para dos aerolíneas distintas, pero por causas que podrían ser similares.

Aún es pronto para decirlo -a falta de que se esclarezcan las causas del segundo siniestro-, pero todo parece indicar que ambos accidentes pueden haberse debido al fallo de un sistema informático, un fallo ante el cual los pilotos no pudieron o no supieron reaccionar.

En el mundillo aeronáutico hay un chiste recurrente respecto a la misión de los pilotos, y a su cada vez menor relevancia, que viene a decir que cuando se empezó a popularizar la aviación como medio de transporte global, los grandes aviones comerciales necesitaban dos pilotos, un navegante y dos ingenieros. Luego se prescindió de un ingeniero, luego del otro, pasando a necesitarse sólo dos pilotos y un navegante… hasta que, en la actualidad, sería suficiente con llevar en la cabina una persona y un perro, siendo la misión de la persona encargarse de dar de comer al perro, y la del animal morder a cualquier ser humano al que se le ocurriese tratar de pulsar un botón.

Al día siguiente del accidente de Ethiopian Airlines el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, dio la puntilla al gigante aeroespacial, que ya estaba en caída libre en bolsa, cuando publicó un par de tuits en los que decía: «Los aviones se están volviendo demasiado difíciles para volar. Ya no se necesitan pilotos, sino científicos informáticos del MIT. Muchos productos tratan de ir siempre un paso más lejos con mejoras tecnológicas, pero muchas veces lo viejo y lo más simple es mejor. Las decisiones en décimas de segundo son necesarias y la complejidad crea peligro. Todo esto por un gran costo, pero muy pocos beneficios. No sé tú, pero yo no quiero que Albert Einstein sea mi piloto. ¡Quiero excelentes profesionales de vuelo que puedan tomar el control de un avión de forma fácil y rápida!».

Con lo que se sabe hasta ahora del accidente dan ganas de darle la razón: si de verdad fue un fallo informático, a lo mejor un buen piloto habría podido controlar el avión. Es más, parece ser que otros pilotos podrían haberse encontrado antes con el problema y vivieron para contarlo -y reportarlo-, y que el verdadero fallo, de la compañía y de los supervisores, es no haber notificado y entrenado convenientemente a los pilotos en lo que debían hacer si este fallo se producía. Pero, más allá de la terrible tragedia que supone la muerte de más de 300 personas en dos accidentes de aviación, está el debate sobre el que Trump escribe sus tuits: ¿hasta qué punto debemos prescindir de la experiencia de los seres humanos para dar poder a las máquinas?

Sé que esto que voy a decir no le gusta oírlo a ningún piloto, y que mis amigos en la profesión sienten muchas ganas de dejar de serlo cuando lo menciono (de dejar de ser mis amigos, no de dejar de ser pilotos: sigue siendo una profesión muy bien pagada y con mucho glamour…), pero lo cierto es que Trump no tiene toda la razón cuando dice que volar un avión es difícil (lo difícil es entender cómo funcionan sus sistemas) y el chiste del perro se acerca hoy por hoy bastante a la realidad y muchos aviones podrían actualmente aterrizar y despegar solos sin la necesidad de un piloto en su cabina; aunque, en última instancia, el piloto sigue estando al mando, y los avances tecnológicos están diseñados para hacer su trabajo más fácil y seguro, pero aún no para sustituirle. Así que, diga lo que diga el presidente Trump, pese a accidentes puntuales es mucho más seguro volar hoy en avión que hace unas décadas, y ese incremento de la seguridad se debe fundamentalmente a las mejoras en la aviónica y los sistemas de asistencia al vuelo que incorporan los aviones modernos.

Y eso que el mundo aeronáutico es una de las aéreas de la tecnología que más despacio se mueve, sobre todo debido a lo rígido de la regulación a la que está sometido, donde la búsqueda de la seguridad como primer requisito hace que los avances técnicos tarden años en implementarse: hasta las cafeteras han de estar homologadas, y cuestan decenas de veces más que sus hermanas de la cafetería de debajo de tu casa, exactamente iguales, pero que no han pasado el proceso de homologación…

Si al final se prueba que los dos trágicos accidentes del Boeing 737 MAX (uno de los aviones más modernos del mundo, por cierto) han sido debidos a una inadecuada aplicación de la tecnología, y conociendo cómo funcionan los políticos, cabe la posibilidad de que los reguladores escuchen, más aún de lo que ya lo hacen, a aquellos que abogan (como Trump en sus tuits) que hay que poner límites a la tecnología en áreas que hasta ahora eran únicamente “para humanos”, pero en las que, de aquí a poco tiempo lo harán peor que las máquinas.

Viajar en avión es, como gusta repetir la industria, el medio de transporte más seguro, y cada año muere más gente montando en ascensores y escaleras mecánicas que en accidentes de aviación, pero lo cierto es que la mayoría de los accidentes aéreos de los últimos años, siendo difícil encontrar un solo motivo y debiéndose generalmente a una desafortunada conjunción de acontecimientos, tienen en común en casi todos los casos el factor humano como causa última.

Y si te da miedo montar en un avión porque el piloto cada vez pinta menos (en confianza, yo tampoco me subiría ahora en un 737 MAX), piénsatelo dos veces cuando elijas el coche como medio alternativo de transporte: el año pasado cerca de 1,25 millones de personas murió en el mundo víctima de accidentes de tráfico, más del doble de los que murieron en todas las guerras, crímenes y violencias diversas sumadas https://www.who.int/healthinfo/global_burden_disease/estimates/en/index1.html, y estos accidentes se debieron, en más de un 90% de los casos a fallos humanos https://www.oecd-ilibrary.org/transport/road-safety-annual-report-2016_irtad-2016-en. El caso del 737 MAX puede ayudar a despertar un debate que es necesario, y que es necesario ya.

Como decía Don Hilarión en “La verbena de la Paloma”: “Hoy las ciencias adelantan, que es una barbaridad”, y la disrupción tecnológica que se avecina, que ya estamos viviendo, puede pillar con el pie cambiado a toda la sociedad, lo que es especialmente grave en el caso de los legisladores, reguladores y supervisores, que no saben adelantarse a los acontecimientos y que no son capaces (entre otras cosas porque no se han parado a pensarlo, están demasiado ocupados en casposidades del día a día) como para tratar de imaginar el futuro que queremos.

La tecnología en la aviación ha contribuido a convertirla en el medio de transporte más seguro, y estoy convencido de que cuando nos atrevamos a dejar que sean los algoritmos -a su debido tiempo, soy el primero que hoy por hoy quiere un piloto en la cabina y que no me subiría en uno sin él- los que guíen a los aviones, será aún más seguro volar; lo mismo que la llegada del vehículo autónomo hará mucho menos peligroso subirse en un coche, sin miedo a conductores borrachos o que contestan mensajes de whatsapp al volante.

Pero dejar que un algoritmo sustituya a un piloto o un conductor también tiene sus propios peligros, y no estoy hablando solo de colectivos enviados al paro; entre ellos (seguro) las víctimas inocentes de accidentes por sistemas aún no afinados, que harán de tanto en cuanto que la sociedad se planteé si se está siguiendo el camino adecuado; y para dar respuesta a esa pregunta, sería conveniente que los que mandan -que al final son los que pueden poner el palo entre los radios de la rueda o engrasar el mecanismo, según les dé- hubiera al menos una idea de hacia dónde se quiere llevar ese camino.

Por eso me da miedo que ciertas visiones simplistas y carentes de perspectiva (como la del señor presidente de los EE.UU.) puedan parar avances que a la larga nos beneficiarán a todos antes incluso de que podamos ver en qué medida son beneficiosos (o no) esos avances.

3 comentarios

3 Respuestas a “Trump no tiene razón (tampoco en esto)”

  1. O'farrill dice:

    Puestos a elegir yo prefiero a la persona sobre la máquina y sus tecnologías. Al profesional bien experimentado, que al neófito supuestamente «preparado» (lo digo por los «mitos» creados al efecto). Lo hemos visto en diferentes ámbitos pero sobre todo en la política, donde el «progreso» está sustituyendo experiencia por imágenes, conocimientos por capacidad mediática, honestidad por corrupción o intereses personales….
    El ejemplo de suspender cautelarmente los vuelos de un avión con varios accidentes en su haber hasta determinar cual es el motivo del fallo, sólo significa «prudencia» (que es una virtud) del gobernante (en este caso Trump, pero lo habían hecho otros antes).
    Hay que recordar lo ocurrido con el «Concorde» francés. Presentado como el «último grito» en cuanto a prestaciones y del que ya casi nadie se acuerda. Era capaz de cruzar el Atlántico en la mitad de tiempo que los demás, pero ahora su estilizada silueta sólo sirve de adorno aeroportuario.
    Estamos inmersos en la gran falacia de la palabra «progreso» sin que sepamos hacia donde vamos progresando: ¿hacia el abismo de la civilización o hacia la superación de nosotros mismos y la mejora de de nuestra convivencia? El propio artículo advierte sobre el brutal número de muertes por accidentes de tráfico en el mundo, precisamente cuando en los vehículos tienen más importancia los «sistemas» que la prudencia y la experiencia del conductor.
    Un saludo.

  2. EB dice:

    Aunque me molestó que se usara, una vez más, la referencia a Trump para atraer lectores, pensé que el post se referiría a un asunto importante y no me equivoqué. Creo que tanto Raúl como O’farrill se equivocan cuando plantean el cambio tecnológico como una elección entre el pasado y el futuro. El pasado persiste y el futuro tarda en llegar, o sea, no nos olvidemos de la transición que puede ser más o menos larga. La cuestión es si la transición durará una generación (25 años) o más. Todos quisiéramos que fuera «instántanea», pero eso es imposible porque los «viejos» no renunciamos al pasado y los «nuevos» deben aprender el futuro.

    Días atrás, recorriendo Sicilia en auto, volví a experimentar el desafío del cambio tecnológico. Acompañado solo de un nieto de 11 años que hacía de navegante portando un celular con acceso a Google Maps, recorrimos unos 1500 kilómetros, visitando lugares que jamás me hubiera atrevido sin esa tecnología. Acostumbrado por 60 años a grandes viajes en auto usando mapas que estudiaba bien antes de partir –incluso en China– me dejé llevar por la presión de mi nieto a mostrarme lo bien que había aprendido a usar Google Maps con su padre. Todo fue muy bien hasta que en un lugar de difícil acceso y más difícil salida la «mujer» de Google dejó de dar las instrucciones para volver al camino principal. Ni yo ni mi nieto supimos por qué se perdió la voz y cuando reconocimos que la falla no se corregiría pronto pude convencer a mi nieto de usar mi viejo instinto y el mapa que habíamos desechado (por cierto, su escala era tal que no incluía referencia clara sobre dónde estábamos). Algún día mi nieto aprenderá a manejar bien la tecnología que permita ese tipo de viaje en forma fiable, aunque seguramente para ese entonces yo no podré acompañarlo.

  3. loli dice:

    Voz de mujer secuestrada para encerrarla en la caja «Google Mapas», y….confundir al viajero, hasta perderlo….¿o quizás no?, ¿o quizás no se trate de un secuestro?…habría que preguntar a Ulises que opina de esto.

    Me encantaba la montaña, y algo de «montañismo» , ahora «senderismo» (u otro anglicismo que no me apetece escribir), hice.

    Por aquel entonces había que ir con alguien que se conociera el camino, el paraje, hasta estar lo suficientemente seguro como para empezar a realizar los caminos en soledad, cosa, aún así, que se no aconsejaba (ni se aconseja) hacer nunca, que yo sepa, en este tipo de actividades.

    Siempre me llamó la atención las habilidades que había que desarrollar para no perderte, por ejemplo, en una zona boscosa, cómo familiarizarte con ella, cómo mantener la orientación, distinguir el norte y el sur a través de la humedad de los árboles….en fin, los conocimientos de exploradores y aventureros que parecían rodeaban mis salidas….unos kilómetros más allá de Madrid…La Pedriza.

    Ahora se siguen haciendo esos caminos, no sin dificultad, y dependiendo de la preparación, edad y condiciones físicas de cada uno, pero con más facilidades, como si fuera un paseo al aire libre, a disfrutar de la naturaleza….perderse puede que no sea fácil, sobre todo si te acompaña alguien que se conozca la zona.

    Me estoy planteando volver a esa actividad de antaño, en plan tranquilo, con senderistas avezados…aquí cerquita…a la Pedriza mismamente.

    Sí pero…con el localizador de mi móvil….activado.

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