Cuando una mañana conecté con uno de esos programas sobre salud de la radio, estaban hablando de la importancia del riñón. Tras escuchar atentamente las indicaciones del facultativo, me convencí de que debía beber mucha más agua de lo que lo hacía, reducir sustancialmente el uso de la sal en las comidas y evitar comer proteínas en exceso. Cambié el dial, y otro médico estaba hablando del corazón y la circulación. Seguí sus orientaciones y empecé a hacer un poco de deporte todas las tardes, dejé de consumir alcohol y todas las semanas iba a vigilar mi tensión arterial. En otro programa estaban hablando de los pulmones y de la importancia respiratoria, y concluí que debería ir por la calle con una mascarilla para evitar los contaminantes, alejarme de los fumadores y vacunarme contra la gripe.

Tan fuertemente estaba concienciándome de la importancia de cuidar mi cuerpo, que acudí al especialista de estómago para escuchar sus sugerencias. Salí convencido de que tenía que comer más despacio, tener en cuenta los alimentos que pueden fermentarse, no beber líquidos durante la ingesta, comer pocos frutos secos y aumentar las dosis de fibra en mi dieta. Para terminar asistí a una conferencia sobre la salud buco dental, donde me dijeron que debería cepillarme los dientes tres veces al día, utilizar dentífrico con flúor e hilo dental, comer chicles y enjuagarme la boca muy a menudo.

El planteamiento de la salud de las personas en nuestro primer mundo se ha ligado indeleblemente al deseo de no estar enfermo. Se ha establecido al respecto una relación cuasi psicótica con la enfermedad de miedo y temor visceral. Cabe decir que en otras culturas, milenarias en el trato con los procesos biológicos y las ciencias médicas, la enfermedad es entendida de una manera radicalmente distinta a como se entiende en nuestro entorno. Así, en la medicina china se contempla de manera general como el desorden necesario para una nueva reorganización de las distintas funciones atribuidas al organismo.

Pero no hay que ir tan lejos para encontrar formas diferentes de contemplar los procesos de salud y de enfermedad. En muchas y antiguas ciudades y estados europeos, ya desde el renacimiento de la ciencia, sobre el siglo dieciséis, el estudio y el tratamiento de las funciones orgánicas se concebía de forma holística contemplando al ser humano en su totalidad, las disfunciones tenían sus causas y sus consecuencias pero se trataban de equilibrar antes que evitarlas, intervenirlas o tratarlas sintomáticamente, y se estudiaba a fondo la naturaleza psíquica, y no solamente física, de los fenómenos relacionados con el cuerpo. Paracelso, Servet o Vesalio, fueron algunos de los ilustres iniciadores de esta forma de saber, que han dejado legados como la homeopatía y la naturopatía, entre otros. Ahora se les podría denominar los iniciadores de la medicina psicosomática, término impreciso utilizado en la actualidad para designar la mutua influencia entre la mente y el cuerpo, aspecto que según algunas investigaciones estaría detrás de cerca de las dos terceras partes de lo que la ciencia médica considera enfermedades. Hasta que un siglo después llegó el atormentado y dual Descartes, para hacer un roto tanto al carácter integrador de las ciencias, convirtiéndolas en cubículos, que a su vez daban lugar a otros cubiculitos, y estos a las especialidades, como a la manera integradora de tratar al ser humano, utilizando exclusivamente el método experimental y analítico. Y las ciencias, en su desarrollo, ahora han tenido que introducir como válidos muchos parámetros en sus actuaciones sanitarias a partir de la “medicina basada en la evidencia”, es decir, aquellos fenómenos orgánicos que son claramente evidentes pero que no pueden ser experimentalmente demostrados, y ante los que no queda otro remedio que rendirse.

Pero parece haber un interés por parte de las instancias que a ello se dedican, y por extensión a todo el enorme tinglado que la sanidad occidental supone, para que se deje lo personal fuera de todo ello. Un ser humano es un cuerpo, y un cuerpo es solo una máquina, y estas ni piensan, ni sienten, pero sí padecen y para eso están todos los tratamientos y las terapias. Y, como no puede ser de otra manera en el mundo que hemos ayudado a crear, siempre va a haber quien de todo ello haga su negocio, en este caso muy goloso, para ayudarnos a salir del trance. Ese interés tampoco quiere que te preguntes, te observes, te conozcas y te trates, sino que quiere que te alejes de ti, de tus realidades internas y externas, de tus reacciones, de tus fuentes y de tus memorias, de tu individualidad y de tus características, de tus experiencias y vivencias, de ti mismo.

Como tantas otras cosas de nuestro mundo, la salud ha tomado los derroteros, desde la revolución industrial, de adaptarse a la realidad de nuestro tiempo, en el sentido de que se han favorecido ciertos aspectos de sus trabajos y sus aplicaciones prácticas frente a otros. Han pasado desapercibidas las permanentes evidencias de la relación entre las esferas de los sentimientos, las emociones y los pensamientos en las funciones orgánicas, y viceversa, y se ha hiperdesarrollado una medicina caracterizada por aplicarse a las sociedades de masas y colectivos de consumo.

De esta manera tenemos una doble industria, médico-farmacéutica, de las más poderosas de nuestro mundo, que dentro de ese límite impreciso entre la vacuna y la inoculación, del concepto de salud y la hipocondria, de la curación o la eliminación de los síntomas, de los efectos primarios y los secundarios, en una palabra, de la salud y la enfermedad, se ocupa de la salud general de los ciudadanos. Y estos, normalmente crédulos y dóciles, creen estar sanos solo por el hecho de que no están enfermos, porque ven que se mantiene lejos de ellos la enfermedad, y porque la temen tremendamente, y observan como los Estados, buenistas y paternalistas, se lo garantizan a través de sus servicios públicos. Este concepto de salud, totalmente reactivo a la enfermedad, en su grado extremo se manifiesta, en los numerosos casos de psicosis colectiva cuando se establece una alerta sobre las posibilidades de alguna epidemia.

Estar sano, por paradójicos que resulten los juegos de palabras, no es “no estar enfermo”, no es eliminar los síntomas, no es disimular las evidencias, ni parecer que no te pasa nada. Estar sano es guardar una relación armónica con tus funciones orgánicas, es mantener un vínculo adecuado con las fuentes externas como la alimentación, el aire y la materia, es dejar que tu organismo pueda eliminar las toxinas que se acumulan, es seguir las pautas por quienes pueden observar y analizar tu organismo para dotarle de las necesidades que le puedan surgir. Es una actitud activa y responsable con el objetivo de que tu cuerpo te sirva para la vida, y no esta actitud pasiva y paciente con la que otros actúan sobre mí para que yo me sienta más tranquilo.

Aunque no digan eso en las pancartas de “defendamos la sanidad pública”, ni sea esa la lucha de los afectados, también se está transmitiendo “defiende tu derecho a estar enfermo y que te curen”, “defiende tu necesidad de sentir lejos la enfermedad”, “defiéndete de tu miedo a la enfermedad”. Más allá de las cuestiones laborales que comporta, de si los servicios deben ser públicos, privados o concertados, o de la manera de estructurar los sistemas relacionados con la salud, aprovechando esta crisis de un sistema que se ha dedicado a esconder el malestar, tendríamos que preguntarnos qué es estar sano, y qué es estar enfermo, y si ambas cosas tienen que ver con nuestros derechos, o más bien, con la relación y el conocimiento personal sobre nuestro propio cuerpo, nuestra responsabilidad. Porque aunque en sus inicios pudiera ser que hubiera sido así, actualmente el Servicio Nacional de Salud se parece más al Servicio Nacional de Enfermedad, ¿o no?

P.D. Cerca de un tercio de los españoles tiene una valoración negativa de su salud, y dos terceras partes la tienen una vez cumplida la edad de jubilación. (Fuente: Estadísticas del Ministerio de Sanidad. 2011)

9 comentarios

9 Respuestas a “¡SALUD!”

  1. Inés dice:

    ¿Y qué propones?
    Porque precisamente ese más allá es el centro de todo éste despropósito que es la relación del hombre con su cuerpo.
    No son sólo los demás los que nos consideran máquinas. Es aún peor.
    El hombre tiene una máquina que no sabe cómo funciona y la deja en manos de mecánicos.
    No hay que irse a ningún extremo esotérico, ni mágico, ni ninguna otra chorrada. Es tan simple como que las terminaciones nerviosas llegan desde el bulbo del primer pelo de la cabeza hasta el dedo gordo del pie y eso que debería saberlo todo el mundo, no se enseña y hasta que no se enseñe, hasta que desde antes de que se empiece a andar, la gente empiece a recordarse ,o a no olvidarse, a reconocerse, a sentirse,los padres a confiar más en la sabiduría de sus hijos, a escuchar porqué no quieren comer tal o cual mejuje, etc.. no hay otro tipo de salud posible.
    Sin embargo, más de la mitad de la población activa hemos estado contribuyendo a que los que no son tan afortunados como nosotros, puedan beneficiarse de los servicios existentes. Y yo quiero seguir contribuyendo. Porque la gente, Carlos, malcome, se accidenta, tiene tumores gordos que hay que cortar porque atascan vías principales y entonces, ¿que hacemos? vender los hospitales para que sean geriátricos privados para descontaminación corporal de pudientes?
    Lo de la medicina natural, herbolarios por doquier, es aún peor. Y aquí en éste nuestro terruño estamos a años luz, del reconocimiento y la profesionalidad de las medicinas alternativas que existen en otros países muy cercanos.
    Causa: que no hay escuelas, que no hay suficiente número de profesionales con la debida credibilidad. Que ésta “medicina integral” no se da en las Universidades, que la tele solo tiene a enteradillos de pacotilla, que enseñan a saber vivir vendiéndonos “Flora” la margarina milagrosa.
    Las dos medicinas deben darse la mano y colaborar, seriamente. Pero aquí nos topamos con el talante del españolito. ( o brujas o matasanos) Mal lo veo.

    De todas formas, sería un despropósito enrasar a todo el sistema nacional de salud, de la misma forma. Muchos (más de la mitad) de la medicina tradicional española tiene un nivel científico , profesional y sobretodo una capacidad de trabajo incuestionable, un trato con los pacientes de un esmero y una calidad admirable y es importante resaltarlo.
    Hay datos experimentales, en centros muy reputados, de los beneficios en recuento celular después de una quimio, en pacientes que se cotratan con sistemas alternativos, esto es un hecho.
    Pero si tenemos que poner en manos privadas a la salud o a la enfermedad o a la educación de éste país, que es lo único que nos quedaba que no era un negocio, entonces juro que me autoexiliaré.

    ¿ quién nos adoctrina dentro de las aulas, y de las consultas? Eso es lo que creo que tenemos que seguir haciendo, de a pocos, pero sin pausa.

  2. José Luis Carrillo dice:

    Me parece muy oportuno el artículo. Creo que la salud es posiblemente el síntoma más preciado del ser humano, (cuando se pierde), y posiblemente en estos momentos se esté utilizando de una forma interesada tanto a nivel corporativo como desde el concepto que se indica en el artículo de que estar sano no es sinónimo de “no estar enfermo”. Cuando la vida no nos da aquello en lo que hemos puesto nuestras esperanzas para satisfacer nuestras necesidades, siempre recurrimos a aquello tan socorrido de que lo más importante es la salud.
    En estos momentos de crisis, posiblemente aunque sin saberlo, de guerra o de hartazgo, con el modelo social tan disociativo que hemos ido creando desde su imposición, nos aferramos como sea, sobre todo en los países del ¿“primer mundo”?, al llamado “estado del bien estar”, y sin darnos cuenta, relacionamos este estado, con todos los estados por los que podamos pasar en nuestra vida, y sobre todo con el estado de salud, es decir, si perdemos el estado del bien estar al que tenemos “¿ derecho adquirido?”, perdemos la salud y por lo tanto perdemos nuestro “derecho” a estar sanos, y como se dice en el artículo, eso produce mucho miedo y de todos es sabido que un estado de miedo es el mejor de los estados para los que nos dirigen, protegen y se preocupan por nosotros.

  3. Carlos Peiró Ripoll dice:

    Lo que quiero Inés es que vuelva la gestión de la salud a la persona. Que sea cada uno en la medida que pueda quien se encargue de ella. Que cada uno se haga responsable, al igual que paga su hipoteca, se ocupa de sus amigos y familiares, y cuida de su pareja. Que no se interpongan ni empresas, ni sistemas, ni Estados, que con el pretexto de “nuestro bien” lo que acaban haciendo es obedecer a sus propios intereses.

    Esto otro ya me lo sé, porque es lo mismo que pasa con la educación propia y de nuestros hijos, con el mundo del consumo, con el manejo del dinero, etc. Y ni siquiera es nuevo, porque ya hace milenios que la Iglesia inventó una manera de interponerse entre las personas y el dios que la institución creía que debía venerarse, para convertirse en ellos en los “gestores” de la divinidad.

    El tinglado es tratar de hacer coincidir tu necesidad de estar sano con mi conocimiento y sabiduria al respecto. Y así, aunque al principio es un trato mutuo, con el tiempo ya no es tu necesidad lo que prima, sino mi interés en gestionártelo. Y actuando sobre tu deseo de estar sano, en realidad te lleno de advertencias, peligros, riegos y hasta amenazas, que acaban creando lo que ahora vemos: un sinfín de miedos, temores, psicosis y despropósitos, que en vez de hacer al hombre más libre, lo mantienen bien atemorizado con todo ello, que garantizan mi permanencia, mi presencia y mi utilidad.

    A los profesionales no los he criticado en ningún momento, porque me parece injusto generalizar, y meter en el mismo saco a muchos de ellos que hacen una gran labor y un buen servicio.

    Mal vamos cuando en nuestra sociedad, quienes se encargan de cosas tan importantes como la sanidad y la educación, se les denomina sistemas. Todo sistema como la teoría que los estudia dice, es entrópico, generalmente autocomplaciente y tendente a su mantenimiento y perpetuidad, difícilmente conducen al hombre a su propio entendimiento.

    Imagínate, si como dicen que hacía la medicina china antaño, si los profesionales se dedicaran a cuidar tu salud y no a la enfermedad. Que solo cobraran cuando estuvieras sano, y no cuando estuvieras enfermo. La salud sería un negocio, pero lo sería la enfermedad.

    Imagínate en educación, los profesores, maestros y educadores, solo cobraran por lo que sabes, y no se les pagara cuando se constatara ignorancia o desconocimiento.

    Nunca se generaría un sistema, con sus intereses creados, sus gremialismos, su endogamia y sus estructuras de poder, en la que ante todo prima tu dependencia a ellos, más que tu libertad y sabiduría. Tendría otros defectos pero no estos.

    El Estado nació para cosas muy distintas para las que está siendo utilizado en la actualidad.

    Saludos

  4. Inés dice:

    Gracias Carlos, te entendí a la primera y comparto contigo incluso más allá de lo esencial de tu mensaje.
    De tu escrito no se deducía ninguna crítica a los profesionales de la medicina, he sido yo quien he querido hacer ese comentario.
    Quizás te sorprenda que mi opinión al respecto de el binomio salud/enfermedad podría encasillarse o de radical o de utópica, aunque normalmente no me afecte. Muchos conocemos la dependencia enfermiza de los que se consideran “pacientes”. También, por ejemplo, que el 80% de los dolores de columna, neuromusculares, enfín, ese conjunto de dolores que sospechosamente se producen en individuos que no se llevan diez horas segando en el campo precisamente, se convierte en uno de los negocios de antiinflamatorios, relajantes musculares y sus primos, con los que la industria más se lucra. Esto es así de simple. Tal cual.
    Pero anda, ve y diles eso! exacto, primero te dicen que qué te has fumado, después que te equivocas porque después de veinte pruebas y dos años de peregrinación, ¡por fin! han dado con un diagnóstico y su enfermedad – ahora no recuerdan ese nombre tan raro- existe. No se lo estaban inventando. El final es predecible, que no les quieres, no les tomas en cuenta porque a tí, no te duele.
    Es esto?
    ¿y que se hace con quien se tapa ojos y oídos?
    La medicina china, el Ayurveda, las verdaderas Ciencias de la Salud, esas importan a pocos.
    Los Chinos de ahora no sólo ya no creen sino que están destruyendo a patadas (fuera de las regiones rurales) las plantas que durante milenios les curaron.
    ¿Y la medicina que aún está en los campos, aquí, los “hierbajos” que hemos relegado literalmente a las cunetas? Esa pancarta la llevo conmigo, pero hay una intención muy bien dirigida que envenena con pesticidas los campos para que no crezca más la “mala hierba” la que las gallinas buscan en el huerto, la alfalfa, la ortiga, la hoja de morera, los brotes tiernos de la parra, la romaza que está mucho más rica que las espinacas y es gratis..
    Algunos con mucho esfuerzo hay por ahí que empiezan a cultivar semillas que salvarían vidas, no una ni dos, millones, y no exagero. Pero cuando lo intentan, han de hacerlo de forma subversiva porque la experiencia dice que los que ponen las normas, por un lado queman los campos mientras por el otro, dan de comer sólo a la población que se tome el jarabito.
    Sería maravilloso que cada cual pudiera gestionar su salud, pero ya no está en manos de muchos.
    Sinceramente mientras los “litios” sigan haciendo de las suyas, el cuerpo seguirá necesitando un Hospital. (alguna de cuyas estancias, duele mucho mucho visitar).

  5. Carlos Peiró Ripoll dice:

    Bueno, pues estamos bastante de acuerdo.

    Estos artículos evidentemente no pretenden que cambie el mundo, pero si que, ahora que estamos de vueltas con la sanidad, nos debe servir para recordarnos a todos que es lo que es salud, y que es todo este montaje que hemos creado. Sobretodo para eso que dicen del “derecho a…”

    Un saludo (es decir te deseo salud)

  6. gema dice:

    En mi opinión estoy algo en contra de lo que parece se critica, aparte de sist.nac.de salud- sist.nac.de enfermedad, o sobre la gestión personal de nuestra salud-enfermedad, en líneas generales..y sabiendo que de la enfermedad y miedo a la muerte, se pueden generar pingues Beneficios económicos, sobre las pancartas sanitarias, pues..reivindican su trabajo y sueldo, evidente, y reivindican el que sobre la enfermedad de las personas, no se LUCREN a DESTAJO algun@s jetas, porque ya se está viendo que, lo que hay..si acaso no fuera bueno, opinión que no comparto, desde luego lo Venidero, ni olerlo!!, o sea que “no se debe ENFERMAR por encima de nuestras posibilidades”, porque no seremos “atendidos” seguramente..así que, con lo bueno y malo de lo que queda sobre el sist.nac.de salud, yo lo apruebo..y vamos a ver, si por alguna casualidad rara ese hospital cerrado de collado villalba que gestiona Capio con sus compis- deja de engullir 900.000€/mes ,porque está cerrado a CAL Y CANTO. me fui de tema..pero me da lo mismo.

  7. Nuba dice:

    Salud!!!
    ” Estado excepcional en la constitución accidentada del individuo. Su garantía de éxito, es vivir como si no se tuviera cuerpo”
    (con el permiso del autor, para el día previo al cambio de ¿”era”?
    y mis mejores Deseos Rayanos)

  8. Victoria dice:

    Carlos, genial tu sintética descripción de la Iglesia: “Gestores de la divinidad”.
    Este tinglado manipulador y lucrativo del sistema social actual en cuanto a “enfermad-salud” nos los presentan como MEDICINA PREVENTIVA… Y, “los gestores de esta ciencia”, claro está, determinan previamente qué constituye medicina y qué no -homeopatía, por ejemplo, citada por Inés-. Evidentemente, tampoco les interesa la mirada holística o integradora, que apuntas: la imposible escisión de mente, emociones y funciones biológicas.
    ¿Cómo lo van a proponer si casi todos los gestores miran como los caballos de picar en el ruedo?

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