Placebo

Vivimos una auténtica oleada de farsantes e impostores. Los tenemos por doquier en terrenos como la política, la economía, los medios de comunicación, la prensa o las ideas, que son tan sensibles al tejido social del que se componen nuestras sociedades, y que causan cierto estupor e indignación entre los ciudadanos de buena fe.

Como tantas otras cosas que suceden, no parece que sea un fenómeno ni nuevo ni reciente, sino consecuencia de que ahora se propagan, se comparten de manera más abierta y colectiva que antes. Al llegar a más personas, a los mayoritarios crédulos, y a los responsables incrédulos, los efectos producen inmediatamente choques de opinión que suelen disiparse sin más como los castillos de arena que los niños construyen al borde de las orillas del mar. Pero en los casos en los que se trata de cuestiones transcendentes, y los hay y no pocos, siembran el pensamiento del ciudadano de un creciente desasosiego que día a día va a más.

Vivimos una auténtica oleada de farsantes e impostores

El hartazgo de las gentes por ser constantemente utilizadas por diferentes agentes sociales para la consecución de sus fines particulares tiene cada vez más efectos negativos, y el descrédito de los dirigentes –ya sean gobernantes, empresarios, líderes de opinión, financieros o presidentes de industrias–, está dando lugar a actitudes cada vez más radicalizadas y generales. El populismo, visto así, no solo es una corriente de opinión política, sino también una respuesta opaca, anónima y casi siempre torpe, pero colectiva y ampliamente compartida, sobre la cada vez más imperante necesidad de no ser manipulados. La toma de conciencia de un tonto cuando empieza a dejar de serlo y rechaza con visceralidad que le sigan tratando así.

Los casos que salen a la luz y resultan más visibles, como los de la corrupción y las medias verdades de los dirigentes políticos, son la punta del iceberg de grandes entramados en los que se trata de preservar los intereses de unos pocos, ya sean industriales, de lobbies, gremiales o de cualquier otra índole, en los que se mezclan tanto el lucro económico como el control de los mecanismos de poder que los sustentan. Chiring… azos que no quieren que nadie les agüe una fiesta que la creyeron eterna.

El hartazgo de las gentes por ser constantemente utilizadas por diferentes agentes sociales para la consecución de sus fines particulares tiene cada vez más efectos negativos…

Hace poco en la Universidad de Leiden, en uno de los foros de debate y discusión más importantes en relación con las “ciencias del comportamiento”, en la que participan relevantes investigadores científicos procedentes de la psicología, la medicina, la biología y las ciencias de la salud, se presentaron resultados que causaron fuerte impacto en la comunidad científica. A partir de las tecnologías aplicadas al funcionamiento del sistema nervioso, en concreto FMRI (Funtional Magnetic Resonance Imaging), siguiendo el rastro del comportamiento del cerebro, se concluyó que, en un importante espectro de enfermedades orgánicas, las creencias, actitudes y pensamientos de los pacientes en relación con la anomalía tenía un papel central en la solución del problema. Eso sí, siempre y cuando se mantuviera activo el ritual aprendido, de ingerir un fármaco, que siendo totalmente inocuo, es creído, asimilado y opera biológicamente como una sustancia curativa.

…las creencias, actitudes y pensamientos de los pacientes en relación con la anomalía tenía un papel central en la solución del problema…

Dicho en cristiano, es toda una auténtica faena para los axiomas experimentales y objetivos de la rigidez científica, pues de repente aparece una variable difícilmente controlable para la gran industria de la salud, como es que los mindundis de los pacientes toquen las narices con sus caprichitos.

Este efecto placebo, que en su latín original es algo así como “las consecuencias de halagar a un gilipollas” (observen y óbviense los paralelismos y similitudes mundanales), revela la indudable importancia a nivel molecular que tiene en muchos procesos orgánicos la propia creencia subjetiva que el individuo tiene sobre él. No es que se mienta o engañe a sí mismo, como se ha creído hasta ahora, es que nuestro pensamiento tiene la capacidad de dictarle al organismo el comportamiento que se desea tener, y este simplemente activa los neurotransmisores necesarios para obedecer. O lo que es lo mismo, que la farmacia la tenemos también dentro de nuestro cuerpo.

Pero esta estúpida humanidad, aún espiritualmente inducida por el rudimental sentido del poder y el estatus de los neandertales, no aprovechará para su desarrollo esta oportunidad, sino que buscará como bloquear y eliminar los cambios de las enzimas que provocan las segregaciones de los neurotransmisores catecolaminérgicos, implicados en los fenómenos de los sueños y fantasías de la curación, pasa seguir dominando con su industria farmacológica. Ya lo están haciendo.

…nuestro pensamiento tiene la capacidad de dictarle al organismo el comportamiento que se desea tener, y este simplemente activa los neurotransmisores necesarios para obedecer

La tecnología más puntera ha llegado a la conclusión sobre lo que todos sabíamos desde mucho tiempo antes. En su vertiente más tierna, un ejemplo muy común y familiar del efecto placebo, lo tenemos cuando un niño tiene un pequeño accidente y sufre algún traumatismo leve. Basta con decirle aquello de “sana, sana, culito de rana, que si no sana hoy sanará mañana”, para que el chiquillo vuelva contento a divertirse en el juego. Los que se ponen más puristas, en este caso fabricantes de desinfectantes y tiritas, alegarán el uso de las pseudo ciencias para resolver el problema, y algún legislador arribista lo prohibirá alegando “inducción al engaño a la vulnerable infancia”. Más allá de que el “culito de rana” aludido es un potente alucinógeno, y dado que solo se lo menciona y no se aplica, cabría relacionarlo más con en la actitud de los gobernantes con la accidentada ciudadanía. “Culito de rana”, pueden ser subvenciones, presupuestos a cuenta del déficit, repúblicas, fronteras, depuraciones, o cualquier otro invento.

Lo que pasó inadvertido a quién empezó a estudiar este fenómeno a finales del XVIII, el médico inglés John Haygarth, fue el hermano gemelo del placebo. Se trata del nocebo, que opera en el sentido contrario, produciéndose una respuesta enfermiza y aparatosa ante algo totalmente inocuo. Este es realmente el problema que nos acucia. En esta Europa enfermiza y decadente en la que todo lo hemos basado en la importancia de la economía y en un bienestar pasivo-agresivo, la hipocondría colectiva centrada en el malestar de nuestra autoestima herida, nos somete a un bucle egocéntrico interminable, en la que nada es realmente satisfactorio y los pocos recursos placenteros que gozamos –vacaciones, compras, coche, etc. – se esfuman en un santiamén.

…la hipocondría colectiva centrada en el malestar de nuestra autoestima herida, nos somete a un bucle egocéntrico interminable

Esta sociedad populista en la que vivimos atrapados hasta las trancas, está tan atemorizada, es tan victimista y ególatra, que esta colectivamente nocebizada, como consecuencia de las corrientes de opinión instaladas y suscritas por las gentes de a pie, consistente en teatralizar hasta el histrionismo las cosas más nimias e irrelevantes. Participamos de una auténtica performance colectiva cotidiana, en el que todas las cosas son sacadas de quicio hasta el paroxismo, cacareadas y exprimidas hasta la saturación por todos los medios de comunicación. Este nocebo perverso e infernal ha sustituido al Padre Nuestro.

No cabe duda de que si seguimos por este camino, llegaremos al peor de los efectos finales del espectro de los fenómenos paranormales relativos al uso de los fármacos. Consiste en la denominada reacción “lessebo”, en el que aunque te administren el mejor de los tratamientos, no surtirá ningún efecto porqué estarás convencido de que lo que te han dado es solo un placebo. Entonces ya dará todo igual, perderemos definitivamente el pie de tantos balazos que le hemos ido dando nosotros mismos.

2 comentarios

2 Respuestas a “Placebo”

  1. Isi dice:

    Hmmmm. No sé. Con un abrazo y una canción podremos calmar el miedo o el susto de un niño ante una lesión, pero si hay una herida abierta y no queremos que se infecte habrá que desinfectarla, digo yo.

  2. O'farrill dice:

    En algún momento creo haberme referido a las “mitologías sociales” que, a lo largo de la Historia, han servido para producir supuestas certidumbres en la inseguridad e incertidumbre propias de nuestras vidas y de quienes las gobiernan. Fue Galbraith quien ya se refiere a eso en su libro “La edad de la incertidumbre”, donde los “mitos” artificiales creados por unos cuantos, sirven de soporte psicológico a una sociedad desinformada, aturdida, miedosa y (en palabras del profesor Dalmacio Negro) “anómica”. En ella es fácil crear oleadas de farsas e imposturas de todo tipo porque es un caldo de cultivo perfecto. Todo ello cuando consideramos que el siglo XXI es la culminación de nuestro “progreso”.
    La metáfora del avestruz que esconde la cabeza es perfectamente aplicable al caso. Puede haber situaciones preocupantes en la realidad, pero se prefiere ignorarlas en lugar de enfrentarse a ellas. En todo caso, las conciencias se tranquilizan acudiendo a una “mani” que es un acto colectivo y no se distinguen bien las cabezas (quedan escondidas). Pasado el momento, lo más importante es “socializar” con unas cervecitas hasta la próxima.
    En todo ello hay un importante papel de los medios de comunicación más o menos “apesebrados” al servicio de la impostura: publicidad corporativa o industria política. Lo estamos comprobando con el tratamiento peyorativo dado a una formación política o a sus líderes cuando han sonado algunas alarmas en los mitos políticos sustentados (como es el caso del sistema autonómico, un “maná” que ha estado nutriendo los estómagos agradecidos de muchos, a costa del sacrificio de los ciudadanos). A esto le llaman “populismo” pero es una verdad como un templo. Y las verdades chocan contra las imposturas, las señalan y las denuncian.
    En la medida que nosotros como ciudadanos colaboremos en esa “desmitificación”, habremos ido logrando nuestra mayoría de edad, pero… se está tan feliz escuchando cuentos….
    Un saludo.

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