Al hablar sobre educación, es recurrente escuchar o decir que los alumnos cada vez saben menos, que han bajado los niveles, que antes se accedía a la universidad con 17 años y los que lo hacían estaban mejor preparados que los que llegan ahora con 18. Son afirmaciones que, desde un punto de vista estrictamente académico, comparando los currículos de los años 60 del siglo pasado con los currículos actuales, parecen ciertas. Pero, al analizar y diagnosticar esta situación desde un enfoque tan limitado, es muy posible que lleguemos a conclusiones erróneas, a simplificaciones en el diagnóstico y las posibles soluciones del problema.

Desde 1953, año en que se implantó la ley de educación de Ruiz Giménez, la del Bachillerato Elemental y Superior, hasta nuestros días, han cambiado muchas cosas. No solo en nuestro país, ni exclusivamente en lo político, sino en lo económico, lo social y lo científico tecnológico. Aunque pudiera parecer lo contrario, la humanidad en conjunto está mejor alimentada, vive más años y tiene mayor acceso a la educación del que ha tenido nunca. El ciudadano medio, por ejemplo, de Ciudad de México o de Karachi, tiene más años de escolarización de los que tuvieron sus padres o sus abuelos. Y no solo de escolarización, sino también de contacto con la prensa, la televisión, Internet y los demás medios de comunicación.

Cuantitativamente, tanto en número como en porcentaje, hay más seres humanos alfabetizados de los que ha habido en cualquier otro momento histórico. También hay muchas más personas que han completado la enseñanza secundaria, han obtenido algún tipo de cualificación profesional o tienen estudios universitarios. Otro asunto es la calidad de estas titulaciones, si la formación adquirida es mejor, peor o simplemente distinta de la que se alcanzaba en otras épocas.

Posiblemente, un alumno de bachillerato de nuestros días, escogido al azar, sepa menos matemáticas y lea o escriba peor que otro alumno equivalente de hace 30 o 40 años. Pero no podemos olvidar que la muestra entre la que se escoge ahora es mucho más amplia  y menos homogénea que la de hace unas décadas, en las que la educación solo era obligatoria hasta los 14 años y el planteamiento de la escuela no era inclusivo, de modo que se empezaba a seleccionar a los alumnos desde edades muy tempranas; muchos de ellos, incluso, ni siquiera llegaban a pisarla, sino que eran desviados a instituciones específicas.

Tampoco podemos obviar que el alumno de ahora suele manejar con soltura un ordenador o un teléfono móvil, supuestamente se defiende mejor en inglés, accede habitualmente a Internet y ha consumido, y generado, material audiovisual  en cantidades considerablemente mayores. Es decir, ha estado expuesto a situaciones que requieren otras habilidades. La forma de adquirir cultura, o de perderla, según como se mire, ha cambiado.

Si los baremos que se emplean para medir los logros educativos actuales fueran los mismos que los que se empleaban hace unas décadas, el fracaso escolar sería escandaloso, mucho más de lo que ya es. Pero, tanto entonces como ahora, es el propio modelo el que establece los baremos  y el que, por tanto, decide qué es lo que se considera un fracaso.

Lo que sí está claro es que los jóvenes de ahora han tenido un periodo formativo más largo y tienen más títulos que sus padres. Aunque llega un momento en el que hay que abandonar el mundo académico para incorporarse en el mundo laboral; y, si esta incorporación no tiene lugar, si los titulados no ejercen ni producen, no solo no adquieren habilidades nuevas sino que pierden las adquiridas. Si concebimos la educación como una inversión, el esfuerzo y los recursos empleados en ella no se rentabilizan, porque el desempleo destruye rápidamente el capital humano.

Pero, claro está, no todo es economía. Lo aprendido en estos años de alguna manera tendría que repercutir, tanto en la persona como en la sociedad en su conjunto. Una sociedad que se ha educado más debería ser más culta y pensar mejor que las que la precedieron. Y esto debería reflejarse en sus obras, en su arquitectura, su música, la elegancia de sus creaciones científicas  o su poesía; en la forma en que resuelve sus conflictos, en sus comportamientos solidarios o en la mayor satisfacción que puede extraer de la vida.

Sin la perspectiva que proporciona el paso del tiempo, sin comparar nuestra sociedad actual con la sociedad que tendremos en el futuro, no podemos afirmar categóricamente si es eso lo que está ocurriendo; aunque, salvo en lo tecnológico, hay suficientes indicios como para tener una duda razonable sobre nuestros progresos.

En cualquier caso, no se está educando con esta intención, buscando proporcionar una formación más completa y más amplia, válida por sí misma aunque no tenga, o no encuentre, una aplicación directa en el mundo laboral. En contra de las evidencias, del hecho de que se necesitan cada vez menos trabajadores para mantener la actividad económica, todavía se pretende que la función principal del sistema educativo sea la cualificación profesional, la preparación para el empleo.

Y el resultado inmediato es el que tenemos: se necesita más tiempo de permanencia en la escuela para poder aspirar a un trabajo cada vez más precario y peor pagado. En este contexto, cuestionarse si los alumnos de ahora saben menos que los de antes no es la pregunta adecuada.

Si lo que se pretende es cambiar el sistema educativo; no retocarlo ni hacerle ajustes,  para que aguante, lo que hay que cuestionarse no es si los niveles suben o bajan, sino si aquello para lo que la escuela prepara está en consonancia con lo que la vida demanda.

Porque, si lo que tenemos obliga a los alumnos a estar formándose más años, no los prepara para encontrar trabajo y tampoco los hace más cultos ni más felices; si lo que se obtiene es un resultado peor desde cualquier punto de vista, entonces ¿para qué sirve, a quién le sirve y por qué lo seguimos manteniendo?

5 comentarios

5 Respuestas a “Los niveles académicos”

  1. EB dice:

    Enrique,

    Gracias por su post. En lo que respecta a la evolución de los últimos 60 años a que usted hace referencia (hasta el párrafo que comienza con “En cualquier caso…”) lo que usted dice se puede generalizar y resumir como un proceso de masificación. Sí, en relación a algunas cosas (por ejemplo, educación), la masificación post SGM ha implicado un aumento cuantitativo extraordinario pero al mismo tiempo una pérdida de calidad promedio, mientras que en otras el cambio tecnológico ha permitido aumentar fuerte la calidad (por ejemplo, en comunicaciones) compensando el efecto negativo de la masificación. Varias “fuerzas” han estado condicionando los muchos cambios de los últimos 60 años, cambios que se han estado acelerando y dejando en evidencia las dificultades para adaptarnos sea a nivel individual o colectivo (una consecuencia de los cambios es que los “colectivos” de antes han ido quedando obsoletos).

    En lo que respecta al futuro (los últimos párrafos), sus preocupaciones bien reflejan lo poco que sabemos sobre cómo adaptarnos a cambios múltiples y simultáneos. Sí, hoy la educación refleja bien nuestras dudas sobre qué hacer (aunque omite mencionar que si algunos iluminados supieran qué hacer, la probabilidad de que pudieran hacerlo es casi cero por las deficiencias de la institucionalidad de la política y el gobierno en todas las democracias constitucionales).

  2. Manu Oquendo dice:

    Discrepo con afecto pero con firmeza de parte de lo que hoy dice Enrique y que yo interpreto como una exculpación amable del grave problema educativo de todo Occidente: Una fábrica de Mediocridad. Puede que la necesidad de la fábrica venga impuesta por los Políticos a la comunidad Educativa. De acuerdo. Pero eso no es aceptable.

    Lo de que los alumnos cada vez saben menos y a una edad más tardía lo decían (y siguen diciendo) los profesores de universidad ya a principios de los noventa y hoy ocupa a los departamentos de personal de las grandes compañías cuya preocupación es seleccionar universitarios que ofrezcan garantías de……………….. entender lo que leen.

    Que mi nieta Lola, con 6 años recién cumplidos, esté aprendiendo a leer y lleve tres años y medio de retraso en relación a su tía abuela del mismo nombre es un problema con muy mala respuesta que, sin duda,…………………….. no es culpa de los Profesores.

    Enfrentar esta realidad ( y analizar sus causas ) no supone más que reconocer una grave patología de nuestro diseño educativo que cada vez más coloca a las sociedades occidentales en los vagones de atrás del mundo mundial en lo que a educación y formación se refiere.

    Todo tiene explicaciones y todo cambia continuamente.

    Pero algo tendremos que explicar cuando vemos que, año tras año, en las olimpiadas matemáticas juveniles Holanda, en el puesto 22, es el primer país Europeo y Finlandia,…nuestra joya de la Corona, el 66 del mundo.

    Una de las consecuencias es que China acaba de producir por séptimo año consecutivo el mejor computador matemático y que, por primera, vez lo hace sin ningún componente occidental.

    Otra es que los liderazgos de Occidente ya comienzan a dar el cante por su incompetencia lo que comienza a ser un clamor entre los académicos que tienen el valor de decirlo.

    Nuestros políticos no son elegidos para que nos cuenten que los niños chinos ya van por delante gracias a que los nuestros van por detrás.

    Son elegidos para que aquí las cosas vayan a mejor. No a peor.

    Perdón por lo acelerado pero salgo ya.

    Un saludo muy cordial y gracias por el artículo.

    Es un problema muy grave y es fruto de una ideología en la que prima, Innecesariamente, la Igualdad sobre el Mérito, el Esfuerzo y la Responsabilidad.

    ¿O es que ideológicamente son incompatibles como sostienen algunos?

    No debe ser así ni producir niños más educados en media que hace cincuenta años debe ser incompatible con dejar que los más capaces terminen cinco o cuatro años antes y aprovechen su vida en vez de perderla miserablemente entre guarderías y aparcamientos temporales.

    Nosotros veremos si seguimos pensando que el resto del mundo se equivoca.

    Este fin de semana han venido seis nietos de los pequeños. Han tenido desde notas de “siesta infantil” a notas de “recogida de bandeja de comedor”. Pero comen con las manos y a los seis años no saben leer.

    Algunos de los mayores que escuchaban su relato se partían de risa. Otros se quedaban pensativos.

  3. Valentina dice:

    Leí, hace poco no recuerdo dónde, que muchos de los robots que realizan trabajos que antes hacían personas son a su vez elaborados por robots.
    El mundo ha cambiado ciertamente mucho en las últimas tal vez no más de tres o cuatro décadas, pero lo ha hecho de manera que en tanto las tecnologías avanzan el entendimiento humano sigue anclado en los conceptos viejos de que para tener derecho a ocupar un lugar en el mundo hay que producir algo que sea susceptible de ser consumido y, además, generar más “bienes” (de consumo, claro) cuyo consumo genere a su vez nueva riqueza. Una especie de bucle sin solución ni salida posible.
    A veces imagino, un supermercado, por ejemplo. Si ya en muchos son prescindibles las cajeras no es disparatado fantasear que lleguen días en que según entre el comprador por la puerta una especie de cintas transportadoras lo vayan paseando por todos los departamentos – siempre hacia adelante, sin posibilidad de retroceder – y, al llegar a la puerta de salida (que será la única por la que poder acceder al exterior), se detendrán automáticamente para que el cliente deposite el importe de lo adquirido (y que habrá ido registrando sin error un escáner) en una máquina que devolverá el cambio exacto (si no es que el dinero tangible desaparece y todos los pagos se hacen también por medios sólo informáticos) para, acto seguido, conducirlo hasta la puerta que se abrirá y volverá a cerrar automáticamente. Y así con cada cliente. Ah, y los reponedores de los productos en las estanterías serán también robots.
    ¿Algo así no ha sido contemplado por infinidad de cabezas más listas que la de esta mujeruca (yo) que escribe?
    Pero a lo que no parece que ni gobiernos ni sociólogos ni economistas ni un larguísimo etc. de ideólogos e investigadores hayan dedicado sus estudios es averiguar cómo solucionar los problemas de un mundo en el que, no siendo necesario más trabajo que el de un puñado de cerebros, todos los no cerebros necesitan “hacer algo” no ya para subsistir sino para ver justificados sus “existires”.
    Yo no veo otra solución que la de dejar de venerar el trabajo. Prescindir de todo lo superfluo, que es casi todo – incluso el ocio, que suele ser comprado y a muy alto precio – y dedicar cada cual sus energías a su propio ocio, a su propia obra creativa de la índole que sea, a costo prácticamente cero y sin esperar una remuneración que por otra parte no estaría haciendo ya ninguna falta…
    Es fantasía, ya lo sé, y está llena de lagunas y de millones de objeciones que poner.
    No sería tanta fantasía si la verdadero aprender hubiera sido, a lo largo de siglos, a no girar tan obsesivamente (o incluso girar nada en absoluto) en torno al poder y al poderío…
    ¿Pero cómo rectificar a estas alturas ni quién ni con qué argumentos admisibles por el resto de la “tribu” se atrevería a intentarlo?
    Vamos, que hemos creado un mundo en el que no tenemos ni idea de cómo desenvolvernos.
    Dentro de un ratito bajaré a comer y, como todo cuanto tengo en efectivo son siete euros y algunos centimillos, o voy al cajero – que me dará lo que le pida (mientras tenga saldo) sin decirle buenas días ni contestarme ni sonreírle ni sonreírme – o, sonriente, le digo al camarero “con tarjeta, por favor”.
    ¿Habrá un futuro, en alguna parte, en que las personas se sonrían unas a otras a plena alma y nada más que porque sí?

  4. pasmao dice:

    Simplemente añadir, como reflejo del conocimiento, educación, cultura.. o como ustedes quieran llamarlo la “televisión”.

    Comparemos la Tv que se veía hace 30/40 años, contenidos, audiencia de esos contenidos,.. con la actual.

    Y comparemos, por mucho que nos digan que internet, smartphones.. influyen, lo que lo hacía entonces y lo que lo hace ahora.

  5. Luis dice:

    Creo que cada época, cada tiempo, … cada generación, trae consigo nuevas latencias, exigencias o, llámese como se quiera, que nos parecen obligar a cambiar el sentido de valores o conceptos y nos proponen nuevas posibilidades y consiguientes dificultades.

    Siempre me ha parecido una ñoñería la comparación de saberes entre una generación y la anterior, por la sencilla razón de la heterogeneidad que generan los cambios aludidos.

    Me parece, además, que, estos cambios de formas de hacer y pensar, de las personas insertadas en las nuevas generaciones, son los que en mayor medida contribuyen al avance global de la sociedad y, no tanto, las aportaciones de los sistemas educativos, orientados, como dice el artículo, más a la cualificación profesional que “en consonancia con lo que la vida demanda”. Quizá fuese más ajustado decir, en cuanto a las aportaciones actuales de los sistemas educativos, el hecho de estar “en consonancia con lo que el poder social demanda”.

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