Una de las principales críticas a la escuela, de las muchas que se le pueden hacer, es lo que tiene de predecible. La sucesión pautada de los días, las horas y las asignaturas. La poca variedad de lo que se hace en ellas. La vuelta, curso tras curso, a los mismos temas. Todo contribuye a crear una sensación de monotonía, de tedio, de la que resulta muy difícil salir.

Es un hecho, pero también un tópico, que los alumnos no están lo suficientemente motivados. Pero la motivación se entiende mal. No consiste en despertar el interés de un espectador pasivo, ahíto de estímulos, con sensaciones nuevas que le saquen de su habitual estado de saturación, abulia o sopor; se trata de ayudarle a que encuentre un motivo, de proporcionarle un motor.

Motivación y emoción comparten el mismo origen etimológico. Ambas palabras proceden del verbo latino movere; es decir, mover. De movere deriva motivus (movimiento) y desde el motivus se llega a la motivación, que es la causa del movimiento, lo que mueve. De forma similar, con el prefijo e- se forma el verbo emovere, que significa retirar, mover de su sitio; como las emociones que nos alteran y nos sacan de nuestro estado habitual.

Hay una forma elemental de motivar, que combina la promesa del premio con la amenaza del castigo, provocando con ello dos emociones básicas, la alegría y el miedo. Es un antiguo método de educación, de conseguir conducir a los demás por el camino que uno quiere, que todavía funciona.

Siguiendo con las emociones básicas, los manuales de psicología las reducen a seis (miedo, sorpresa, aversión, ira, tristeza y alegría) y afirman que tienen una función adaptativa; es decir, que nuestro organismo reacciona de una u otra manera según lo que recibe y según sea su experiencia. Así, el miedo y las reacciones fisiológicas y hormonales que lo acompañan son un aviso para que busquemos protección, mientras que la aversión nos produce asco o rechazo de aquello que tenemos delante.

Si analizamos estas emociones, parece que el miedo, el rechazo, la tristeza o la ira son mucho más frecuentes que la alegría y la sorpresa. Y son precisamente estas dos últimas las que más nos deberían impulsar; aquellas en las que debería apoyarse una buena parte del trabajo pedagógico.

Lo que nos motiva forma parte de nuestra subjetividad. La motivación no es algo que se pueda implantar en otro; pero sí se puede contribuir a que se produzca o a que desaparezca en los demás. Por ejemplo, fomentando la sorpresa. Y no estoy hablando de introducir cambios espectaculares o radicales, sino de algo más sutil y mucho más sencillo, estoy hablando de pequeños cambios capaces de despertar la sensación, consciente o no, de que el mundo se está moviendo.

Si fuéramos capaces de olvidarnos de vez en cuando del seguimiento del currículo y de cumplir los programas, si pudiéramos obviar el orden establecido de los temas, si admitiéramos que además de los contenidos de la materia podemos hablar de muchas otras cosas, es muy posible que la motivación no tuviera que diseñarse, sino que surgiría de forma natural.

Se trata de abandonar esa tendencia a la repetición de aquello que pensamos que funciona, que evita que nos equivoquemos; se trata de prescindir de ese apego a lo malo conocido que viene emparejado con el temor. Con esta forma de actuar, la escuela se convierte en una cantera de conformistas, perezosos y rebeldes, pero nunca de revolucionarios, de personas capaces de generar una revolución. Porque la repetición conduce inevitablemente a la falta de atención y, desde ella, es fácil instalarse en la pereza, es fácil dejarse arrastrar por la inercia, por la tendencia a mantenerse en el estado que ya se tenía. Justo lo opuesto a la actitud que se necesita para aventurarse, para explorar lo desconocido.

Dice el diccionario que una aventura es una empresa de resultado incierto o que presenta riesgos. Y es precisamente esa incertidumbre lo que la hace atractiva, ya que anticipa la posibilidad de descubrir, de sorprendernos. Ahí, en la incertidumbre, es donde residen la clave del aprendizaje y el motor que lo propicia. Y si se trata de motivar a los que aprenden, la estrategia no consiste en proporcionar certeza sino confianza.

4 comentarios

4 Respuestas a “Motivación”

  1. Es este un artículo relacionado con cuestiones que me preocupan. Todos los caminos (neuroeduación, psicología de la motivación, pedagogía del aprendizaje ..) nos llevan a la certeza que la motivación y la emoción son las puertas de entrada del conocimiento auténtico…pero que poco lo desarrollamos.
    El problema práctico es ¿cómo?. Los docentes queremos recetas, estamos capturados por nuestro propio sistema de aprender y enseñar. Nos gustan los dictados, mientras que la enseñanza es incertidumbre permanente.
    En el artículo citas el problema -lo que nos motiva forma parte de nuestra subjetividad- y parece que esa situación “se escapa” del docente – la motivación no es algo que se pueda implantar en otro- Sin embargo ofreces claves – pero sí se puede contribuir a que se produzca o a que desaparezca en los demás.
    El tema es el cambio del rol de profesor. Cuando hablamos del docente como orientador, precisamente hacemos referencia a ser guía que – fomente la sorpresa, de despertar la sensación, consciente o no, de que el mundo se está moviendo-.
    Como siempre, me interesan muchísimo tus artículos. Me ofrece luz y datos para la reflexión. Un abrazo Enrique.

  2. Manu Oquendo dice:

    Motivación. Causa motiva en latín. Que mueve. Lo explica el autor en su introducción.

    En el asunto en cuestión la “causa motiva” puede ser inmediata –que nos empuja a hacer algo en el presente– o causa final –la razón última o finalista por la cual el sujeto hace lo que hace en cada momento–.

    Es esta una distinción muy importante porque, en ausencia de la segunda, la primera es todo un desafío que resultará en fracaso la mayor parte del tiempo.

    Nuestra cultura actual –la que impulsa y refuerza el sistema político y de poder–se ha empeñado en prescindir de razones finales y, lógicamente, se hace un lío monumental para en ausencia de éstas encontrar razones inmediatas.

    Sin razones finales, –sin una teleología de la vida humana–, es difícil encontrar razones de corto recorrido.

    Difícil y, muy frecuentemente, imposible porque no existen.

    Es complicado conseguir el éxito del refrán: “Tener la suegra borracha y la bota llena”

    Saludos

  3. Jose Maria Bravo dice:

    Me parece muy interesante y oportuno el articulo. La sorpresa, es en realidad el Arte, es el sonido de algo nuevo. Creo que esta propuesta motiva.

    Creo que el Deber, la Repeticion, la Uniformidad, producen temor y nos condicionan emocionalmente.

    Gracias por el articulo me hizo pensar sobre mi propia frustracion escolar. En ese miedo que nos inculcaban de soñar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio web utiliza Cookies propias para recopilar información con la finalidad de mejorar nuestros servicios. Si continua navegando, supone la aceptación de la instalación de las mismas. El usuario tiene la posibilidad de configurar su navegador pudiendo, si así lo desea, impedir que sean instaladas en su disco duro, aunque deberá tener en cuenta que dicha acción podrá ocasionar dificultades de navegación de la página web. política de cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies