Tenía seis años cuando una niña me obligó a arrodillarme delante de toda la clase y a pedirle perdón a Dios por algo, por lo visto, muy grave: pegar un chicle en el pupitre. No sé si Dios llegó a perdonarme porque perdimos el contacto durante un tiempo, pero imagino que tendría cosas más graves que juzgar.

La tía había impuesto este castigo cada vez que alguien cometía una infracción y nos tenía sometidos a todos. ¿Por qué? Porque ella sola había decidido que tenía el poder y nosotros nos lo habíamos creído. Y en la clase respirábamos con resignación, dando por hecho que aquello era así y que no teníamos recursos para cambiarlo. Podíamos haber sido veinte contra una, pero resultó ser una contra veinte. Las órdenes no las daba ella, las daba Dios…

Esto parece un despropósito, pero si lo pensamos bien (porque no hemos llegado hasta aquí para pensarlo mal), no dista demasiado de nuestras actitudes ante el sistema en el que vivimos y que muchos consideran incuestionable.

Cuando intentamos defendernos del abuso siempre hay alguien enfrente que asegura no ser el responsable de ciertas decisiones y se excusa en que las órdenes vienen de arriba. Porque las órdenes incómodas siempre vienen de arriba. Si vinieran de arriba de verdad, o sea, si vinieran de Dios, como decía la niña de mi clase, pues bien, me parecería más vistoso. Pero me temo que no, que vienen de unos seres humanos como podríamos ser cualquiera de nosotros.

Y, sin embargo, nos hemos acostumbrado a escudarnos en instituciones que parecen intocables para eludir responsabilidades: “No lo digo yo, lo dice la ley”. No, perdona, lo dice la ley y tú lo repites, luego sí lo dices tú.

Estamos sacralizando un sistema y al mismo tiempo proclamándonos como una sociedad laica. Los primeros filósofos del derecho afirmaban que una ley no era tal si no incorporaba una norma moral, así que las leyes no son más que la moral que se impone con una fuerza terrenal (y no divina) de obligar.

Según esto, no parece molestarnos el adoctrinamiento en sí mismo, sino el adoctrinamiento que difiere de nuestro código moral. No parece importarnos el adiestramiento, sino que nos adiestren los que no piensan como nosotros. Luego la doctrina religiosa nos revuelve porque es religiosa, y no porque sea una doctrina.

A veces actuamos como adeptos que deciden resignados que “así son las cosas” y que uno no puede hacer nada al respecto. “Si Dios así lo quiere, ¿quién soy yo para oponerme?” “Si el Estado así lo ha decidido, ¿quién soy yo para cambiarlo?”.

Lo que me inquieta no es solo que hayamos sustituido un tótem divino por uno humano, sino que esta actitud desvele nuestra necesidad de refugiarnos bajo el ala de un sistema doctrinal.

¿Por qué cedíamos todos los niños de la clase sin apenas rechistar? Probablemente, porque estábamos siendo sometidos, sí, pero juntos. Y rebelarnos ante el castigo impuesto nos habría liberado, sí, pero con el riesgo de quedarnos solos.

¿Necesitamos someternos a un poder ejercido por otros para sentirnos protegidos? ¿O es el funcionamiento colectivo en sí mismo lo que nos proporciona esa supuesta protección?

Y de ser esto cierto (que yo qué sé), ¿se salva alguien de ser un ciudadano creyente?

Ahora solo nos falta arrodillarnos en un ayuntamiento y dedicarle nuestras plegarias al sistema democrático.

Amén.

3 comentarios

3 Respuestas a “AMÉN”

  1. Manu Oquendo dice:

    Realmente este cambalache de matar al Monarca por derecho divino y seguidamente hacerlo con el representante vaticano de Dios en la Tierra para, finalmente, eliminar a Dios y reemplazarlo de inmediato por el concepto de Nación es lo que da origen al estado moderno basado en el sufragio universal.

    El rastro está bastante claro desde Diderot, Abbé Pierre, Rousseau –.el amanuense sumiso redactor de la nueva biblia ciudadana, Robespierre y tantos otros que han venido mejorando el sistema hasta hoy.

    A estas horas ni se me pasa por la cabeza abordar este asunto como se merece pero es de rigor felicitar nuevamente a Bárbara y recomendar alguna lectura sobre el asunto:
    .
    La introducción de la edición española de “Dos conceptos de libertad y otros escritos” de Isaías Berlin. Alianza Editorial.
    Nos ilustra divinamente acerca de ese placer malsano que sintió la señora al verte encender tu cigarrillo electrónico.
    El mismo placer enfermizo que proporciona poder imponer a otros nuestro criterio. Lo que se conoce como libertad positiva (establecida en un canon escrito y promulgado.

    Quizás la clave nos la ofrezca Adler. La capacidad de mostrar nuestra superioridad sobre los indefensos nos proporciona un chute irresistible de autoestima.

    Somos muy poquita cosa y además elegimos ignorar la imagen que nos da el espejo.

    Buenas noches

  2. Teresa Cabarrush dice:

    Magnífico Señora Alpuente, Enhorabuena. Estimado Señor Oquendo, las personas se endiosan y es verdad, que somos muy poquita cosa, nada, solamente cuando nuestras células se revuelvan contra nosotros mismos, ya no somos nada, tan solo una carcasa, aunque muchas personas no piensan en esas cuestiones, pero es la auténtica verdad.

    Y el espejo siempre dice la verdad, no miente, como decía Francisco Ayala, en el fondo se ve la realidad.

    http://www.youtube.com/watch?v=4_zTiKH_NmI

    Saludos.

  3. Rocío dice:

    Tremenda cuestión desde luego, me parece clave esta sensación tan arraigada de necesitar “estar todos en el mismo barco”… y además de no querer desprendernos de ella ni aunque nos peguen, nos maten, o nos quiten el pan…. ahí segumos… porque es mejor si nos lo hacen a todos… así estamos todos igual… me escucho ( en este caso me leo) y me da miedo….

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