La otra cara de la culpabilidad política

Desde hace varios meses la actualidad política de España ha estado dependiendo, en gran medida, de varios asuntos curiosos que tenían mucho en común.

Primero fue el falso máster de la anterior presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes. El asunto estuvo coleando durante meses, hasta que alguien hizo público un vídeo en el que se veía a esta señora pillada por los agentes de seguridad, tras haber robado unos productos de un supermercado. El caso es que el máster y el vídeo fueron suficientes para acabar con la carrera de una de las principales estrellas políticas del PP.

Con la catarata de escándalos de corrupción política que han estado sacudiendo a este país es completamente necesario que los políticos se acostumbren a ser escrutados y examinados hasta en sus más mínimos detalles, para limpiar y regenerar la vida pública.

Poco antes de que Cifuentes dimitiera ya estaba saltando otro caso parecido con el máster de Pablo Casado, entronizado poco después como nuevo líder del PP. La decisión del Tribunal Supremo de no investigarle parece que ha puesto el punto final a esta historia. Mientras tanto, otro máster sospechoso se ha llevado por delante a Carmen Montón, la recién nombrada ministra de Sanidad, del PSOE. Y, cuando parecía que esto ya no daba más de sí, surgía otro amago de escándalo nada menos que con el actual Presidente del Gobierno y líder del PSOE, Pedro Sánchez, a cuenta de su tesis doctoral.

Con la catarata de escándalos de corrupción política que han estado sacudiendo a este país es completamente necesario que los políticos se acostumbren a ser escrutados y examinados hasta en sus más mínimos detalles, para limpiar y regenerar la vida pública. Es parte de la transparencia y exigencia moral que debe establecerse en la política. Aplaudiendo, por tanto, que hayan aflorado estos casos conviene, por otra parte, tomar nota de que estas mismas noticias muestran también otra cara de la realidad sombría e inquietante. Voy a tratar de explicarme.

Sabíamos que, hoy en día, los avances tecnológicos permiten, más que de sobra, grabar infinidad de datos sobre nuestras respectivas vidas privadas. Y permiten, por tanto, que sea bastante asequible hacer un dosier demoledor sobre casi cualquier persona, combinando sabiamente verdades y falsedades.

Estos cuatro casos tienen algo en común: en todos ellos se trata de políticos curtidos en la lucha política (nada de pardillos), que han sido puestos contra las cuerdas por asuntos, aparentemente menores, desvelados por quienes, en la sombra, han hurgado en sus vidas hasta que han encontrado algo que, adecuadamente manejado en los medios de comunicación, pudiera quitarles de en medio.

Sabíamos que, hoy en día, los avances tecnológicos permiten, más que de sobra, grabar infinidad de datos sobre nuestras respectivas vidas privadas. Y permiten, por tanto, que sea bastante asequible hacer un dosier demoledor sobre casi cualquier persona, combinando sabiamente verdades y falsedades. Era una posibilidad que estaba ahí, como una espada de Damocles. Lo preocupante, sin embargo, ha sido ver con qué facilidad se ha hecho realidad esa posibilidad y, sobre todo, con qué impunidad se han movido los autores de semejante trabajo.

Una forma de vaciar de contenido la democracia es reducir a la mínima expresión el nivel de participación y, en definitiva, de protagonismo de los ciudadanos.

Pensemos ahora en los ciudadanos de a pie. Si han podido “atacar” a los líderes de los dos principales partidos, meterles en semejante aprieto y hacerlo sin correr ningún riesgo… ¿qué no podrán hacer contra cualquiera de esos ciudadanos? Si esto se convierte en moneda corriente en la actividad política, ¿habrá más, o menos, personas dispuestas a sacar la cabeza y a destacar en esta actividad?

Una forma de vaciar de contenido la democracia es reducir a la mínima expresión el nivel de participación y, en definitiva, de protagonismo de los ciudadanos; es decir, alejarse lo más posible de un modelo donde la sociedad directamente pueda ejercer una influencia significativa, de “abajo arriba”, sobre las decisiones que le afectan, para ir construyendo otro modelo en el que esas mismas decisiones se tomen, y se impongan, desde “arriba”.

En un momento histórico en el que los partidos políticos están muy desacreditados, la única esperanza de que la democracia recupere vigor y credibilidad, si no se produce un cambio sustancial en los propios partidos, estriba en que sea la propia ciudadanía –eso que hemos identificado, en otras ocasiones, con la “sociedad civil”– la que se active y se organice como cauce de participación política.

La famosa libertad de pensamiento y de opinión, que constituye un pilar esencial de cualquier democracia, se queda en agua de borrajas si no está acompañada de la libertad para expresar públicamente esas opiniones.

Evidentemente, una forma muy sencilla de disuadir a la ciudadanía de que ejerza ese protagonismo es atemorizándola. Mediante el miedo. El miedo que pueda sentir cualquier ciudadano o grupo de ciudadanos a que, si alcanzan un cierto nivel de notoriedad y de proyección pública, con sus opiniones y actuaciones, “alguien” pueda decidir neutralizarlos, encargando el correspondiente dosier con datos convenientemente manipulados sobre cualquier aspecto de sus vidas privadas.

La famosa libertad de pensamiento y de opinión, que constituye un pilar esencial de cualquier democracia, se queda en agua de borrajas si no está acompañada de la libertad para expresar públicamente esas opiniones. Desde siempre, al grueso de la sociedad le ha costado mucho dar el paso de significarse pública e individualmente con sus opiniones. De hecho, han sido relativamente pocos los que lo han hecho. Normalmente, junto a un sentido de responsabilidad hacia la colectividad, se ha requerido de un cierto coraje personal –y, por supuesto, la confianza en que las propias ideas merecían ser expuestas públicamente– para hacerlo.

Es obvio que, ante el curso que van tomando los acontecimientos, apoyados en unas tecnologías cada vez más intrusivas en la esfera privada, los poderes públicos y privados van a sentirse más tentados de desactivar a los grupos de personas que critiquen con eficacia sus actuaciones e intereses, recurriendo entre otros a métodos de este tenor.

Desde este punto de vista, es evidente que la democracia solo podrá mejorar en la medida en que la sociedad aprenda, de verdad, a discernir lo que es cierto, y creíble, de lo que huele a montaje e intoxicación. Y, por supuesto, en la medida en que cada vez haya más personas que estén dispuestas a salir de su zona de confort privado, y anónimo, para dar la cara y comprometerse públicamente por los asuntos colectivos, asumiendo el riesgo de que alguien pudiera sacarles un dosier culpabilizador.

3 comentarios

3 Respuestas a “La otra cara de la culpabilidad política”

  1. EB dice:

    Por mucho que desee que se superen las deficiencias de la democracia constitucional reconozco la baja probabilidad de que ocurra (la democracia sin el adjetivo constitucional es un cheque en blanco para politizar todas las actividades humanas). Como siempre la política es competencia sin regla alguna para acceder al poder –un poder cuyo ámbito lo intenta fijar el ganador tomando en cuenta su capacidad para contener a los perdedores. Alarmarse hoy porque se fabrican dosieres con verdades y mentiras es perder de vista que la contención del recurso a la violencia ha forzado a los políticos a recurrir a la mendacidad y la hipocresía para acceder al poder y seguir explotándolo en beneficio propio (compartiendo el botín con los cómplices y siempre tratando de minimizar las concesiones a todos los demás, en particular a los perdedores). Pedirle a la “sociedad” que limpie la política es pedirle peras al olmo. Y cuando ni siquiera se está dispuesto a defender la presunción de inocencia (peor, defenderla solo cuando se trata de la inocencia de uno y sus cómplices), no debemos extrañarnos ver muchos abogados convertidos en sicarios baratos de los políticos (algo confirmado estos últimos días en EEUU por profesores de Derecho de Harvard, Yale y otras universidades célebres, pero viejo en España y otros países europeos).

  2. EB dice:

    Leo esta idea

    The angry partisan cannot believe that life is good, because he must then ask himself: If life is good, then why am I not enjoying it?

    como punto de partida y resumen de este artículo

    https://www.nationalreview.com/2018/10/world-keeps-not-ending/

    que recomiendo leer.

    Además, y luego que Eric Holder (ministro de justicia de Obama) respondiera con un “fake rage” a las críticas a una de sus peores estupideces, recomiendo leer

    https://nypost.com/2018/10/14/rage-when-you-disagree-how-safe-spaces-led-to-todays-political-mobs/

    y esta respuesta a una columna sorprendente publicada por el Washington Post

    https://pjmedia.com/trending/the-misandrist-editorial-the-washington-post-should-be-ashamed-of/

    Vivimos tiempos en que la reacción fácil es mostrar indignación, pero solo estamos copiando la mendacidad y la hipocresía de los políticos. En todo caso, y por suerte, este mundo de “fake rage” sigue siendo pequeño ya que la gran mayoría de la gente –en China diría que más del 90%, aunque en EU y EEUU no parece superar el 80%– ignora a los políticos y disfruta la vida que le ha “tocado”.

  3. Ligur dice:

    Bien dices Manuel, “una forma muy sencilla de disuadir a la ciudadanía de que ejerza ese
    protagonismo es atemorizando”.
    Pero no sólo ese temor llega a la ciudadanía en este caso que abordas, llega también, cuando
    machacan con noticias donde la desgracia se ha cebado con alguien-es en particular.

    Véase el caso del niño desaparecido en Mallorca, una desgracia terrible, aún así, tratan de que toda
    la población se sienta acongojada, preocupada, tratando que la gente haga suya esa fatalidad,
    machacando con la noticia, hora tras hora, día tras día. Y vaya si lo consiguen en ciertos sectores.

    Creo que es obvio, que estas actuaciones son una forma de control muy conocida y estudiada,
    conducidas por ciertos medios de “desinformación intoxicativa”, donde fabrican y orquestan la
    “realidad” al antojo y conveniencia de sus superiores.

    El miedo, incertidumbre y duda, los tres pilares con los que se trata de incidir en la sociedad, para
    de esa manera y con el miedo instalado e indecisos, duden en todo momento como actuar y que
    camino elegir.

    Gracias

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