Parques temáticos

Está cundiendo el pánico entre la ciudadanía de muchas ciudades pintorescas y turísticas del mundo. La enorme avalancha de visitantes que acceden a ellas, que supera con creces el número de sus habitantes y en la que se asienta una buena parte de su economía, amenaza seriamente su habitabilidad.

Lugares como París, Barcelona, Venecia, Corfú, Pisa, Carcasona, Florencia, Atenas, Nantes, Madrid, están teniendo serios problemas en la conciliación de sus visitantes con los necesarios ritmos cotidianos y habituales de la ciudad. Sus habitantes van progresivamente huyendo de los centros históricos, unos para llevar una vida más soportable, y otros para sacar tajada económica en el alquiler de sus viviendas, o para ambas cosas.

Con la excepción de algunas grandes ciudades, cuya destrucción durante los bombardeos de la II Guerra Mundial obligó a una reestructuración amplia de su urbanismo, como Berlín o Londres, adaptándose a parámetros más descentralizados, el resto de núcleos históricos sufren las auténticas avalanchas de turistas, que procedentes de cruceros, vuelos “low cost”, paquetes vacacionales, y buenas ofertas de los tour operadores, inundan sus calles, llenan sus plazas de alojamiento, invaden sus centros comerciales, y convierten sus museos en algo parecido a supermercados.

El origen del reclamo es diverso, y por tanto el problema se hace poliédrico. Unas ofrecen arte, otras historia y algunas moda o compras atractivas, pero cada vez se va abriendo más “mercado” con aquellas que solo ofrecen monumentalidad, vistosidad o simplemente prestigio para quien las visita. También, y en esto España es especialista, las hay que ofertan desparrame y descontrol a bajo coste. Solo hay que darse una vuelta por algunos sitios del Levante para comprobar cómo el trinomio playa, alcohol y sexo, seduce a una buena parte del turismo joven, y no tan joven, de Europa y Estados Unidos.

Algunos de los mandatarios de estas ciudades intentan, con dudoso éxito, estructurar de forma civilizada estas demandas de visita, incluso formando Instituciones en las que agruparse para compartir ideas e iniciativas con las que hacer frente a los múltiples problemas que acarrean.

La perspectiva que adoptan ante ello es dispar, pues en este fenómeno es obvio que confluyen intereses contrapuestos, especialmente el de la habitabilidad con respecto a la cantidad de negocios e ingresos que significan para el tejido económico de la ciudad en cuestión. Incluso políticamente el negocio del turismo supone una muy importante fuente de ingresos fiscales para el municipio, del que tan bien se nutre una municipalidad electoralista.

Sin duda, es un auténtico fenómeno de masas en el que está involucrado todo el primer mundo, y que cada vez afecta más a lugares más remotos.

El Cairo, Bangkok, Cuzco, Benarés y Tenochtitlan, se ven cada vez más afectados por este problema, que se contempla desde otra panorámica por el intenso flujo de ingresos que provoca en unas economías mucho más necesitadas que las europeas o americanas.

Cabe preguntarse ¿Qué lleva a tan elevado número de personas con diferentes estratos sociales, procedencias, religiones y culturas, a un mismo ritual de visitas a lugares con un atractivo diverso, en un proceso que cada vez gana más y más adeptos? ¿Qué mueve a estas ingentes masas a realizar tales viajes, con unos desplazamientos a veces tan distantes y que implican ciertos esfuerzos económicos? ¿Qué clase de satisfacción se obtiene al subir a la Torre Eiffel, hacerse un selfie al lado de un castillo cátaro, o comprar una réplica de la pirámide de Gizah, para que a tanta gente le seduzca?

Efectivamente, si lo simplificamos y reducimos a los actos que estos desplazamientos suponen, no queda otra que concluir que son un tanto ridículos y absurdos. Pero si lo que pretendemos es entenderlo como un rasgo importante de la cultura, ideología y estilo de vida en la que estamos, el tema adquiere una complejidad mucho más difícil de entrever, y las conclusiones no resultan fáciles.

¿Podría ser consecuencia del “azogue” existencial que la vida moderna supone? ¿Tendrá que ver con la necesidad de consumir y fagocitar cada vez elementos más amplios de un entorno que cada día llega más lejos? ¿Respondería a un deseo de “protagonizar” personalmente, aunque solo sea un poco, los escenarios más reconocibles? ¿Significaría que para obtener un cierto estatus social es importante demostrar la presencia en determinados sitios? Probablemente todo ello influye en mayor o menor medida, al igual que no deja de ser un elemento más de los juegos de entretenimiento y distracción inducidos desde no se sabe bien que instancias del poder.

Lejos de pretender desvelar todos los entresijos de una temática tan compleja, lo que parece patente es la intensa superficialidad de esta generalizada práctica, que se asienta en proporciones diferentes entre el deseo de huir del tedio, y el de acercarse a otras realidades virtuales y ficticias, impregnándose muy poco de ellas. Otra forma más de no saber nunca mucho de nada, y de salir incólume en diferentes postales aparentemente sustanciosas.

Sería imposible concebir este fenómeno de alienación, planificada y transitoria, sin que estuviéramos asentados en un entendimiento de la vida como algo superficial e insustancial.

Todos decimos que en la elección de estos lugares de entretenimiento colectivo hay que tener muy en cuenta la seguridad que ofrecen, no habiendo mayor antagonismo con el turismo que un conflicto bélico o altercados civiles, por lo que además de la superficialidad de estos rituales habría que añadir la seguridad de los asistentes.

Superfluo, seguro, por tanto, dos de sus requisitos a los que habría que añadir la necesidad de la escasa o nula impronta que debe darse. Muy pocos de los que han ido al río Indo conocen los porqués de las esencias divinas que suponen para el hinduismo, o las razones por las que a las grandes construcciones piramidales se le otorgaban cualidades mágicas, adoptando la adecuada compostura que requieren, o los motivos esenciales por los cuáles los templarios tuvieron que construir castillos. Muy raros son los casos en los que un turista que vuelve de su ruta ha vivido un cambio mínimamente sustancial de su realidad.

Es una “performance” gigantesca con una monumental capacidad de convocatoria y participación colectiva. Cuando antiguamente a una localidad llegaba un circo o un grupo de titiriteros, toda la población se agitaba para presenciar la espectacularidad o comicidad de sus acciones, en la actualidad la secuencia se ha invertido siendo nosotros los que nos desplazamos a los lugares para simplemente comprobar que lo que hemos visto y oído del Machu Pichu es cierto, Las Meninas son más o menos como nos han contado, o los vaivenes de las cinturas de las jóvenes balinesas nos excitan como nos imaginábamos. No hay mucho más en estas supuestas diversiones.

El misterio solo son una serie de trucos preparados a propósito.

El mal es solo la noche de Halloween, y los malvados unos figurantes. Y no te importe buscarle el sentido, la vida así es solo una imprevisible performance. Y el mundo un conjunto de parques temáticos.

8 comentarios

8 Respuestas a “Parques temáticos”

  1. EB dice:

    No. El pánico es totalmente artificial, no consecuencia de una reacción espontánea –emocional o racional– de las presuntas víctimas. El pánico es promovido por los mismos de siempre, los pescadores que revuelven el río, siempre poblado de ingenuos que morderán el anzuelo. La gran diferencia con tiempos pasados es que ahora somos ricos –sí, ricos– y entonces aparecen los pescadores de nuestra riqueza que con su mendacidad e hipocresía intentan crear demandas colectivas que solo ellos podrían satisfacer si es que los ingenuos donan plata y tiempo. Estos pescadores a veces se disfrazan de políticos –aunque sea a nivel local– pero otras veces se conforman con poco y se disfrazan de benefactores.

    1. Carlos Peiró Ripoll dice:

      Estimado EB, todo lo relacionado con las emociones está regido por un sistema cerebral específico, incluido el miedo, el pánico o la cólera. Si usted lo que quiere decir con el término artificial, es que es una reacción inducida por todo un conjunto de personas que trabajan denodadamente para manipular nuestras emociones, a mi no me cabe ninguna duda. Solo hace falta ver cualquier telediario para comprobar esta palpable realidad.

      Efectivamente, es el mismo mecanismo de siempre, con formatos y recursos diferentes, en pos de un fin específico como es el control de las vidas y las mentes de los demás en beneficio propio (no solo, ni fundamentalmente económico). En esto han participado todos los poderes habidos y por haber, desde las iglesias y los ejércitos, hasta los actuales partidos políticos y sus ONG´s.

      Nada que objetar, excepto el término artificial vs espontáneo. Gracias por participar.

      1. Carlos Peiró Ripoll dice:

        Por último, indicar que el artículo se centra no en las causas y porqués de la realidad descrita, sino en la descripción de esta nueva forma de alienación actual que reduce la vida y la realidad a un juego superfluo, frívolo e insustancial, asentado en una población cobarde, a la defensiva y arrogante que no sabe nada.

        1. pasmao dice:

          Apreciado Carlos

          Simplemente añadir a tu descripción que la “población cobarde, a la defensiva y arrogante que no sabe nada” se regodea en su cobardía y su ignorancia pasándonoslas por la cara cómo si fueran no sólo algo positivo si no también deseable.

          Por ejemplo éste año se han batido records de accidentes e intervenciones de la Guardia Civil en rescates en los Pirineos. Rescates que pagamos todos.

          Y respecto a los fallecidos por hacerse selfies o filmarse en situación de riesgo ya ni le cuento.

          Mientras tanto millones de personas quieren colarse en este psiquiatrico donde se subvencionan y promocionan la idiocia, saltándose las fronteras, para “triunfar” cómo los “locales” y poder decir en su misera región de origen que ellos también “triunfaron”.

          En la idea de que si hay tanto dindro para “eso” también lo habrá para lo normal.

          Un cordial saludo

        2. EB dice:

          Carlos, como dice la RAE, el pánico se distingue del miedo porque es colectivo y contagioso (RAE dice a menudo pero lo común es usarlo en situaciones colectivas y contagiosas). Por eso yo hablo de reacciones espontáneas a nivel individual que pueden generar una reacción colectiva y acciones artificiales con el propósito de inducir determinados comportamientos (en este caso colectivos). Pero como usted dice no hace diferencia respecto del punto central. Nuestra diferencia respecto al punto central es que usted se refiere solo a los que quieren controlar a los demás y yo me refiero a todos los que quieren aprovecharse de los demás, es decir, incluyo también a los disfrazados de benefactores (por ejemplo, entiendo que la Fundación de Bill Gates y su señora se financia casi enteramente con fondos provistos por ellos y son benefactores sin necesidad de disfrazarse de tales, mientras que la Fundación de los Clinton se financia enteramente con fondos de otros y Bill ha mostrado su enorme capacidad para disfrazarse de benefactor —Hillary todavía se considera una política activa y como tal sigue mintiendo y engañando a otros para que le financien sus campañas y actividades, pero cuando se retire de la política quizás se disfrace de benefactora, como su marido).

          Discrepo con usted en calificar lo que hace mucha gente como alienación. Para advertir problemas sociales no es necesario entrar a juzgar las preferencias de los demás —por algo enseñamos a los chicos a no discutir sobre qué fruta es mejor— ni lamentar la falta de capacidad de nuevos y viejos ricos a adaptarse a sus cambiantes situaciones. Poca gente todavía puede “darse el lujo” de hacer turismo pero por supuesto que hay infraestructuras que ya se han congestionado y sus gestores tienen la responsabilidad de racionar el acceso para que no colapsen. No hay una única forma de racionar el acceso y entonces la gran duda de los gestores —privados y públicos— es cuánto usar mecanismos de mercado (todos sabemos que si se fija un precio único “bien alto” se elimina la congestión) en lugar de recurrir a mecanismos discriminatorios (por ejemplo, el orden de llegada). En ciudades grandes, la construcción de infraestructuras parece siempre estar muy atrasada respecto al crecimiento de la demanda y vemos más congestión por la reticencia a usar mecanismos de mercado (si esta noche tiene pensado ir a cenar fuera, no se olvide de hacer la reserva temprano).

          1. Carlos Peiró Ripoll dice:

            Estimado amigo, solo indicar que al respecto de las emociones, la RAE no es especialmente “fina”. Todas las emociones son contagiosas, desde la ira hasta la risa, desde el miedo hasta la angustia, y de todo ello sabemos muy bien los que nos dedicamos a su estudio y tratamiento. El pánico se diferencia del miedo solamente en el grado, de forma que el pánico es una forma extrema de miedo (pero no la única), y puede ser tan colectiva como individual. El pánico que siente un conductor cuando ve que ha perdido el control de su vehículo es individual, y es la expresión máxima del miedo a la muerte que todos solemos compartir.

            Su capacidad de contagio es todo un fenómeno psíquico, que aparece desde la más tierna infancia. Es muy conocido el hecho de que cuando un bebé en una guardería se echa a llorar todos los demás pueden hacerlo en muy breve tiempo, para azogue de sus cuidadoras, sin que haya otro motivo que escuchar el llanto del primero. Otro ejemplo, han sido las representaciones y espectáculos en los que la función consiste en que un fulano se echa a reir y contagia a todo el auditorio, que da por bien pagada su entrada por el solo hecho de haber pasado un buen rato riendo.

            Sobra decir que esta realidad ha sido altamente utilizado por distintos poderes en muchos momentos. El fenómeno del antisemitismo es una prueba fehaciente de la capacidad de contagio del odio, pero habría muchísimos ejemplos.

            Saludos nuevamente.

  2. O'farrill dice:

    El turismo es un fenómeno de masas, normalmente “pastoreadas” por inducción mediática primero sobre lo que es interesante ver o hacer y después por supuestos “guías” tanto tecnológicos (como las aplicaciones del móvi) como personales. Se trata, como casi siempre, de consumir más y a mayor velocidad que los demás. Un alarde de “nuevos ricos” donde se ve el mundo a través de los objetivos, aunque más tarde nadie se acuerde de nada. Lo importante es la difusión de nuestros viajes, nuestras imágenes y, en consecuencia, de nuestras “posibilidades” dinerarias, en un mundo regido por la ignorancia o la banalidad al que interesa más dónde está el “Burger” más próximo que la historia del edificio, monumento o gente que tiene a su disposición. De ahí que todo se haya reconvertido en elemento de “parque temático”: desde las iglesias que cobran la entrada o las visitas a museos o monumentos con reserva previa.
    Otra cosa diferente es la figura del “viajero” (ya en desuso) interesado por conocer (no por consumir) culturas y gentes diferentes, territorios y formas de vida que le hagan aprender y añadir a su bagaje personal nuevas experiencias. Por no decir la del “aventurero” (ahora sometida a programas prediseñados con las comodidades oportunas). Hasta las aventuras “románticas” se venden en los establecimientos…..
    Vivo en el centro de Madrid donde pululan toda una serie de “turistas” de distinta procedencia y motivaciones (desde los grandes almacenes, los bares y el clima) y estoy de acuerdo con que se ha convertido todo en un “Disneylandia” hortera y cutre, para una sociedad que tiene de todo, sin ningún aliciente personal, social o cultural que les incentive. Salvo el “iPhone” y sus aplicaciones claro……
    Un saludo.

  3. Manu Oquendo dice:

    Me ha gustado mucho el artículo.

    He vivido en unos cuantos países y trabajado en muchos más pero la verdad es que nunca he hecho el turismo que hoy se estila. Mis vacaciones y fines de semana siempre han sido lejos de grandes ciudades, en pueblos pequeños y en compañía de la familia y amigos practicando algún deporte. Supongo que me habré perdido algo.

    Durante una época iba con frecuencia a Roma desde Milán y un día, hace ya unos 40 años, pude ver en la plaza de España autobuses con asiáticos dejándolos a la entrada de callecitas con tiendas de marcas de lujo y recogiéndolos dos o tres horas más tarde. En otra época, desde las pistas de tenis de Hampstead se veían filas de chinos visitando la tumba de Marx en el cementerio de Highgate.
    Si lo que me he perdido es esto no estoy seguro de haberme perdido algo.

    Quizás, dice un amigo, cuando el turismo pasa a ser la columna de una economía es tiempo de pensar en ir cambiando de aires porque los sitios dejan de ser lo que eran y hasta los buenos restaurantes dejan de serlo. De momento he dejado de ir al centro de Madrid gracias a Carmena. Dentro de nada se quedará como parque temático.

    En cualquier caso, lo que sí me parece muy valioso es vivir en sitios diferentes y sentirte en casa en cualquier lado. Pero lo de sentirse en casa no se consigue en unos días.

    Saludos y gracias.

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