Sumerian 26th c Adab

Probablemente lo primero fue el número, y luego vino el concepto: algún contable sumerio, que necesitaba controlar los animales que sacaba a pastar cada pastor, o cuantas fanegas de cebada tenía que entregar un agricultor a su señor, tuvo un alarde de inspiración, un momento de genialidad, y creó el primer número; posiblemente una simple marca sobre una bulla (esferas de barro dentro de las que se introducían los calculi, bolitas y conos de pequeño tamaño que se utilizaban para contar), dando el pistoletazo de salida a una de las revoluciones conceptuales más espectaculares que ha conocido el ser humano: el nacimiento de la escritura.

La contabilidad fue primero, y solo mucho después vino la poesía (al menos la escrita); todo parece indicar que el nacimiento de la escritura, hace casi seis mil años en algún lugar en lo que hoy sería el sur de Irak, se dio en una situación en la que los primeros excedentes agrícolas y ganaderos empezaban a hacer posible almacenar cosas y que ciertos individuos no tuvieran que dedicarse exclusivamente a producir alimentos. A esa gente, artesanos, guerreros y burócratas, también había que mantenerla, y con los primeros impuestos era conveniente saber quién debía cuánto a quién, y de quién era cada cosa; esta era la misión de los primeros escribas, por eso, después del número (puede que no antes de 3.000 años después), llegaron los primeros conceptos escritos (animales, utensilios y nombres de personas a los que estos pertenecían) y unos cuantos años más tarde (mil, más o menos), aparece en el Antiguo Egipto el primer alfabeto, creado para representar el lenguaje de los trabajadores semitas en Egipto.

Y a partir de aquí el “progreso tecnológico es continuo”, lo pongo entre comillas, porque suena a coña llamar progreso tecnológico a cosas relacionadas con tabletas de barro y papiros, pero inventos como el de Aristófanes de Bizancio, bibliotecario en Alejandría, que dos siglos antes de Cristo creó los signos de puntuación e inventó símbolos para los acentos (hasta entonces las palabras se escribían juntas, de forma ininterrumpida), hacen que muchas de las cosas que están ahora en “el estado del arte” de la tecnología sean, en cuanto a salto conceptual, simples “patadas a seguir” de desarrollos previos si lo comparamos con lo que supone inventar la coma. Así que, por mucho que le odien estudiantes de todo el mundo (si supiesen quien es, que no suele ser el caso) a los que se obliga a puntuar textos, y por mucho que haga rechinar los dientes a los científicos de datos, que no saben cómo hacer que una máquina interprete estos signos de puntuación (las herramientas de speech-to text, las que traducen a texto el lenguaje natural, aún las pasan canutas con las comas y los puntos seguidos…), el señor Aristófanes de Bizancio era un crack.

Al principio la lectura era el privilegio de unos pocos, hasta el punto de que las tropas de Alejandro susurraban sorprendidas cuando vieron a su líder leer en silencio una carta de su madre: no tanto porque no entendieran el concepto de lo que era leer (todos sabían que los papiros incluían símbolos, aunque pocos supieran descifrarlos), como porque nunca antes habían visto a nadie hacerlo en voz baja; aunque con el tiempo otro avance tecnológico brutal, el invento de la imprenta, permite acercar la lectura a cada vez más gente.

Y aunque gente de indudable valía como Sócrates se manifiesten en contra de la lectura –el filósofo griego decía que los libros son herramientas inútiles, ya que no pueden explicar lo que dicen, solo repetir las mismas palabras una y otra vez-, yo vengo aquí a romper una lanza por el noble arte de leer, aunque me tenga que enfrentar a un gran filósofo y a hordas de youtubers.

San Juan Bautista de la Salle cargaba en sus “Reglas de decoro en la urbanidad cristiana” contra aquellos que, llevados por la pereza, osaban leer en la cama; para él ese es un pecado casi mortal, pero para mí algunos de los momentos más placenteros de mi vida van acompañados del peso de un libro sobre el pecho, antes de dormir o recién levantado. Ahora, la incómoda carga de esos libros (Guerra y Paz, Los Miserables o Juego de Tronos pesan un quintal…) ha sido sustituida por la ligereza del Kindle, pero las palabras de los sabios de antaño aún están ahí dentro, grabadas en símbolos que resisten a los siglos.

No sé a cuanta gente inteligente conoces tú. Yo considero que conozco a mucha gente inteligente, unos cuantos brillantes y puede que haya tenido la suerte de conocer a algún genio, pero mis momentos para “disfrutar” de las ideas brillantes de gente brillante, así en vivo, tampoco es que llenen tanto tiempo; la mayoría de mis conversaciones de café no es que estén llenas de filosofía y si a eso le unimos que incluso la gente brillante que conozco no lo es todo el tiempo entenderás que me guste leer: esos son brillantes todo el tiempo, y si no lo son, cierro el libro y abro otro.

Abro un libro de Nietzsche, de Dostoievski o de Marco Aurelio y (casi todo el tiempo) son brillantes. ¡Y me hablan a mí! Un genio muerto hace siglos me transmite su conocimiento… si eso no es magia que alguien me lo cuente: Stevenson me cuenta la historia más chula del mundo y luego Kipling me encandila con las aventuras de un niño criado por lobos y Lorca me cambia la mente concatenado palabras para mover cosas.

¿A cuanta gente conoces tú capaz de concatenar palabras que muevan cosas, sin ser brujo?

Si no quieres ser como estos, lee

 

Un comentario

Una respuesta para “Si no quieres ser como estos, lee”

  1. Loli dice:

    Sustantivos, adjetivos, nombres, pronombres, verbos, preposiciones y conjunciones….palabras con un bagaje de desarrollo recogido a través de un viaje anacrónico, oculto en el tiempo, humanístico, biológico, químico y bioquímico, antropológico, telúrico y geográfico…reverberantes en infinitas gargantas, lanzadas al aire por millones de seres, después de ser transformadas, pulidas, adornadas en diferentes tonos, enriquecidas desde diferentes ondas, buscando el preciosismo.

    Creo que el lenguaje, y su proyección grabada en escritura, lo busca.

    El lenguaje es solo humano.

    Hace poco retomé la lectura del Quijote.

    No entiendo cómo he podido estar tanto tiempo sin hacerlo.

    Miguel de Cervantes Saavedra utiliza la lengua castellana con la maestría del que conoce bien su oficio.

    Sintaxis que parecen imposibles atraen la atención sin desmayarla, ante los ojos van desfilando palabras que conocíamos y otras que no…pero al final hay una frase, una sentencia, una oración, un relato….y todo tiene sentido, a veces inesperado…, mientras, en su lectura, voy descubriendo conceptos y matices nuevos en cada palabra, a veces los fonemas son los que llaman la atención, y abren nuevas puertas de significados albergados en su construcción, en su arquitectura.

    Eso lo consigue Miguel de Cervantes….¿qué no haría con el lenguaje su maestro, López de Hoyos?.

    Leer es una posibilidad maravillosa de crecimiento.

    Y seguramente también es algo muy grave, yo diría que cercano a un delito de “lesa humanidad”, incapacitar desde la educación el desarrollo exponencial de la mente de un niño para el descubrimiento, goce, disfrute e impulso del aprendizaje de la lengua y el lenguaje.

    Adjunto este enlace de ABC digital que me parece sumamente ilustrativo.

    https://www.abc.es/cultura/abci-contundente-respuesta-sobre-lenguaje-inclusivo-vuelto-viral-twitter-201902211303_noticia.html

    Genial.

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