En francés que tiene más glamour, porque en español es demasiado común su nombre y apellidos para el rango del mundo que ha querido representar.

Nuestro pequeño Nicolás empezó a sollozar cuando el cruel fiscal de la causa que le sobreviene solicitó pena de prisión preventiva comunicada y sin fianza. Desbordado por la transcendencia que han tenido unos hechos que se prolongan varios años atrás, no le daba para que su inocente e ingenua mente pudiera digerir lo que estaba sucediendo a su alrededor. En realidad ¿Porqué tanto ruido? ¿A qué todo ese follón? ¿Qué daño había hecho a nadie? ¿Porqué no entienden el sentido último, lúdico y jocoso, de todo lo que ha hecho? ¡Qué falta de sentido del humor!

Y quien nos dice que no tenga razón, cuando haciéndose pasar por “alguien” inventado, entre hasta el fondo, como la cópula de los cachalotes, pasando completamente desapercibido en el círculo en el que se adentraba. ¿No será que los demás son lo mismo? Igual es que todos están representando un papel determinado con diferentes niveles de impostura, adornando con estéticas variadas los rangos que corresponden a un papel definido, como si de una representación teatral se tratase. ¿No serán todos unos falsificadores de identidades, y nuestro pequeño Nicolás no más que un simple, pícaro e insolente aprendiz?

Heredero de un eterno Lazarillo superviviente y de un Buscón tercero de altos vuelos, en los iluminados salones de un aire viciado por las dentelladas de una supervivencia ultratecnológica, no cabe duda de que entendió la lección pronto y desarrollo a la perfección las leyes de los procedimientos sociales, hasta el punto de que, al tener que desprenderse de su atuendo identitario, sufrirá los horrores del desnudo despojado.

Era conocido en el círculo de sus amigos y en el centro en el que se “educó”, por ser mediocre en los estudios, insípido en los deportes, incompetente de conocimientos y una medianía en sus capacitaciones. Pero lo único que hacía magníficamente era la persuasión, el convencimiento y embaucamiento del otro, al que podía seducir para vender una chapa de Pepsi como la insignia de un Mercedes Benz, convencernos de codearse con los miembros del Gobierno, y poner a la guardia real en firmes cuando desfilaba por alguna alfombra roja.

Pero yo más bien creo que este pequeño psicópata de guante blanco, además de un personaje autoinventado, es la encarnación mimética de las aspiraciones de una sociedad, que en los entresijos de los poderes actuales, cree en los valores que de forma tan genial él ha sabido representar: imagen y relaciones sociales, corrección en la apariencia, dominio del protocolo, soltura en discursos vacuos, capacidad de orden y mando, aires elitistas, corrección y discreción en las miradas, posturas reverenciales a quien se homenajea exigiendo subordinación al que sirve, facilidad para manejar negocios que seguramente ni comprendía, y sus transacciones y las subvenciones públicas. Y la policía a su servicio, que acostumbrada al cliché de delincuente de baja ralea, no acaba de actualizar las fotos de los auténticos malhechores que acechan nuestro entorno.

Todos hemos adoptado en nuestros circuitos neuronales al pequeño Nicolás, como si fuera parte de nuestra propia identidad. Todos seguiremos jugando, después del procedimiento jurídico de este ventajista, al juego de rol que una virtualidad social fomentada por una telebasura a la que seguimos consintiendo y que dirige nuestra cotidianidad, mirando hacia otro lado cuando vamos viendo como se deteriora, descompone,  carcome y pudre la base y los cimientos de una realidad que hemos permitido impunemente hacerse profundamente hipócrita, porque simplemente no nos interesa hacer otra cosa.

El pequeño Nicolás somos todos nosotros cuando el político jugando a político solo anhela ganar unas elecciones no servir a su pueblo, cuando el banquero jugando a dar beneficios solo ansía cobrar unas comisiones suculentas, el sindicalista jugando a defender a los trabajadores se arrulla en su colchón con el fajo de subvenciones concedidas desviadas a su cama, cuando el estadista jugando a instalar en las conciencias ciudadanas valores patrios atraviesa por las noches las fronteras para incrementar hasta el infinito el abultado grueso de su patrimonio, cuando el juez jugando a ser juez pone la oreja contra la pared para escuchar las instrucciones que le indican desde el otro lado, o cuando el empresario jugando a hacer empresa sueña con unos jugosos beneficios a base de sucesivos pelotazos.

Pero no es mucho mejor lo que sucede en el plano pequeño del poliedro social, porque las generaciones de ventajistas, advenedizos e insolentes que van entrando en el terreno de juego que llamamos nuestro mundo, no deja lugar a dudas de que están siendo criados en climas en los que se respira por sistema esto mismo que estamos criticándole al pequeño Nicolás. Funcionarios que hacen todo menos funcionar y servir a la colectividad, padres y madres nominales que sacrifican poco de lo suyo para tratar de impulsar la crianza de sus hijos, profesores a los que todo lo que les den les sabe a poco, sanitarios gestores de la enfermedad ajena, albañiles metidos a constructores para hacerse ricos con la necesidad de los demás, activistas unidos bajo el lema de “que hay de lo mío”, y un largo etcétera que produce un profundo pesar.

No cometió falta alguna, pues quien no conoce el sentido de la ética y la moral, y las reglas y normas que le acompañan, que para él solo son obstáculos que vencer y trabas que evitar a base de desarrollar habilidades para ello, no actúa desde la falsedad, sino desde el interés individual elevado a la categoría de única guía vital. Quizás solo un grado más en un mundo que ha convertido el deseo propio en el eje central de sus vidas.

Hay que condenarle no por todo ello, sino porque de no hacerlo no tendremos a quien echar las culpas, y cualquier día el desagradable dedo de la culpabilidad de la que huimos compulsivamente despavoridos, pudiera señalarme a mí.

Al pequeño Nicolás no le metería en la cárcel para que se rehabilite, con el riesgo de que en seis meses esté dirigiendo el penal, sino que lo haría ministro de algo o le daría un programa de televisión, para tener la oportunidad de que nos enseñe mejor a todos, en forma de espejo, como estamos en realidad y así podamos rehabilitarnos, si es que todavía tenemos solución.

4 comentarios

4 Respuestas a “NOTRE PETIT NICHOLAS”

  1. José Maria Bravo dice:

    Es cierto, todos somos un pequeño Nicolás. Esa es nuestra razón y nuestro juicio. Quizás si lo entendieramos profundamente, cambiaríamos. Es cierto Carlos, difícil tarea.

  2. Lucas Montes dice:

    La clave yo la veo en lo de “pequeño psicópata”. Y no todos somos psicópatas, ni carecemos de escrúpulos, ni manipulamos, ni carecemos de empatía, ni vemos a los demás como medios para nuestros fines. Pero muchos políticos SÍ
    Pero valga la reflexión.
    Un saludo

  3. ubaldo de azpiazu del campo dice:

    Realmente habría que encuadrarle en las película LOS TRAMPOSOS, la aventura del joven Nicolás descubre todas las miserias de la sociedad y de sus “mejores hombres y mujeres” aquellos que nos deben dirigir y a los que se les supones capacidades superiores.

    En cualquier caso prefiero a Tony Leblanc que al joven Nicolás.

  4. Eloísa López dice:

    ¡Qué bueno! Pues no sé Lucas, aunque no tan a lo grande como el petit Nicholas, creo que es habitual que, cuando nuestros intereses y deseos entran en juego (y sentimos un apego fuerte por ellos), elijamos un papel en la representación teatral y tiremos p’alante. Eso sí, cuando elegimos un papel discreto, que no haga daño a nadie, que haga poco ruido…, algo así como un papel “inocente”, tenemos la sensación de no impostura, pero va a ser que no… A veces nos damos cuenta y reaccionamos, otras nos cuesta un poco más.

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