¿Es la opinión pública realmente libre?

Vivimos en una especie de alucinación colectiva. Esto, que parecería un titular alarmista de la prensa amarilla, es la conclusión a la que llegan los expertos cuando hablan de eso tan resbaladizo que llamamos “consciencia”. Se explica muy bien en el video de Ted que os enlazo titulado algo así como “vuestro cerebro crea una alucinación en vuestra realidad consciente”.

Al parecer, el cerebro recibe de nuestros sensores externos -los sentidos- una especie de impulsos eléctricos, que interpreta mezclándolos en una suerte de cóctel con las memorias que ya tiene almacenadas (entre las que se encuentran los estereotipos, prejuicios y experiencias). Y, a partir de ese combinado, nuestro cerebro trata de hacer una estimación sobre lo que hay fuera. La conclusión de los expertos es que desconocemos lo que realmente hay en el exterior, pero nuestro cerebro ha conseguido hacer una aproximación lo suficientemente precisa como para permitirnos la supervivencia en un medio hostil.

Esto es lo que hasta ahora concluye la ciencia. Pero vayamos a la política, que es el objeto de este blog.

Los politólogos repiten que la democracia representativa es un régimen de opinión pública. A través de esa opinión se toman las decisiones que corresponden al pueblo, como titular de la soberanía. Y que básicamente consiste no tanto en la elección de las políticas, como en la de las personas que nos van a gobernar.

La crítica que se suele hacer a la democracia es que la opinión pública siempre o casi siempre se equivoca y que, por tanto, sería mejor, como proponía Platón, un gobierno de filósofos o expertos. Pero los teóricos de la democracia no se amilanan y responden que para que ésta exista no es necesario el acierto en las decisiones del pueblo (aunque, añado, sí convendría que de vez en cuando se diera).

En cualquier caso, quedémonos con que para que exista una democracia –aunque sea ramplona- basta con que el pueblo soberano tenga una opinión sobre los asuntos de relevancia pública y que esa opinión se haya formado libremente. Donde libremente significa no sólo sin coacciones, sino también con un conocimiento suficiente de los asuntos de relevancia sobre los que debe formarse opinión. Ya que si entendiéramos que esa opinión pública puede ser manejada a su antojo por poderes ajenos al pueblo soberano, sencillamente la terrorífica conclusión sería que el soberano es un simple pelele y la democracia un embuste.

Volviendo a la metáfora de la consciencia, en la formación de la opinión pública, suele decirse que los sentidos son los medios de comunicación, que mandan a nuestra razón las señales que vamos filtrando y reconstruyendo para formar “nuestra” propia realidad y “nuestra” opinión.

En el clásico modelo en cascada de Karl Deutsch (1968), la opinión pública se va formando de manera descendente como el curso de las aguas desde los estanques superiores hasta los inferiores. En la cúspide estarían las elites económicas y sociales que van filtrando sus ideas. En un segundo estanque se encontrarían las élites políticas y de gobierno. En el tercer piso estarían los medios de comunicación de masas. En el cuarto los líderes sociales de opinión en un ámbito local (posiblemente hoy este último nivel estaría integrado por los líderes de las redes sociales que van generando corrientes de opinión). Y en el último estanque estaría el común de los mortales que cree ir formándose una opinión propia.

Lógicamente, cada uno de estos niveles genera mensajes que van dejando poso en nuestra consciencia. Pero a diferencia de nuestros sentidos, los creadores de opinión tienen cada uno intereses propios que les llevan a dibujar una realidad que beneficie su consecución.

Una vez recibida esta visión parcial e interesada de los asuntos de trascendencia pública, el ciudadano los mete en el cóctel de sus prejuicios, estereotipos, afinidades y aversiones para crearse “su opinión”. Es más, es relativamente frecuente la llamada opinión sin información, es decir, la opinión preconstituida, que se defiende contra la información y que tiende a subsistir por mucha evidencia que se presente en su contra. Es lo que podríamos llamar el forofismo, que únicamente busca opiniones e informaciones que refuercen sus prejuicios y rechaza con desprecio todo lo que pueda cuestionarlos.

Con todo lo anterior es difícil, por tanto, creerse eso de la opinión pública libre como base de la democracia.

Pero no desesperemos. A veces da la sensación de que la democracia es un proyecto de evolución social, en el que la ciudadanía debe ir “ilustrándose” a partir del ejercicio de la formación de opinión, la toma de decisiones y la percepción de sus propios errores.

Y en ese proceso evolutivo es esencial la formación del mayor número de individuos posible que pueda crearse opinión propia, mediante el conocimiento de un espectro cada vez más amplio de la realidad. Para eso, como diría Descartes, el primer paso es cuestionarse la realidad de toda información u opinión que recibamos, tratando de contrastarla con el mayor número de fuentes posibles con ideología e intereses distintos. Después vendría el propio cuestionamiento de nuestros estereotipos y prejuicios. Y es que, como pronto comprendiera el bueno de Tocqueville, la democracia es un sistema exigente con la ciudadanía. Si ésta no asume el compromiso continuo de formarse, el edificio se agrieta y se derrumba.

Como se lleva insistiendo en este blog, para que el régimen en el que vivimos evolucione hacia una verdadera democracia, el único camino es el que pasa por elevar a los altares la inteligencia, la cultura y, claro está, la filosofía. Estamos lejos, pero todo se andará.

5 comentarios

5 Respuestas a “¿Es la opinión pública realmente libre?”

  1. Paco dice:

    Cada uno de nosotros tenemos una percepción de la realidad incompleta. Esto es así no sólo en cuanto a la situación política, sino a toda la realidad que nos rodea. Nuestra percepción del vecino, de lo que vemos en televisión, de la obra de arte que contemplamos o de la ciudad que visitamos, por decir algunos ejemplos, está tremendamente condicionada no sólo por la manera en que estos hechos se nos han presentado, sino por nuestros condicionamientos internos y circunstanciales (si estoy de mal humor, si me duele una muela…) y, sobre todo, por nuestros prejuicios.
    Los prejuicios son posiblemente lo que más condiciona nuestro pensamiento tanto en política como en el resto de nuestra vida. Nuestras experiencias pasadas y nuestras convicciones influyen de manera decisiva en nuestra valoración de la experiencia que tenemos enfrente, hasta tal punto de que pueden condicionar de manera radical nuestra percepción.
    Esto significa que somos menos libres a la hora de percibir el mundo exterior. Los prejuicios suponen un “peso” que impide que valoremos las cosas con objetividad, son un filtro que nos impide ver la vida con claridad, que nos deforma los colores.
    Así pues el primer paso sería hacernos conscientes de esos prejuicios que tenemos y hacer lo posible para que no sean parte de nuestra valoración, ya sea de una situación vital o de la situación política en la que estamos.
    Por otro lado está que la información que nos llega condiciona en gran manera nuestra visión de la realidad (y de nuevo aquí este concepto es aplicable tanto a la política como al resto de nuestra experiencia vital). Además en muchos casos esta información está condicionada (o incluso manipulada) por intereses particulares que quieren que veamos el mundo, y nos formemos una opinión sobre él, a través de su punto de vista.
    Aquí no queda más remedio que diversificar las fuentes de información de manera que, oyendo distintas fuentes, que en algunos casos sabemos no objetivas, podamos formarnos una opinión menos manipulada. De nuevo aquí conviene evitar también nuestros propios prejuicios ya que estaremos tentados a dar más credibilidad a las opiniones o los medios que coincidan con nuestras ideas previas.
    En definitiva la libertad es una aspiración deseable del ser humano. Acercarnos a ella depende en parte de nuestro esfuerzo por liberarnos de prejuicios y de no dejarnos manipular por la información que nos llega.

  2. O'farrill dice:

    Evidentemente la «opinión pública» real está condicionada por diversas causas. Lo grave del tema es cuando es «interpretada» por otros como portavoces sociales. El efecto en cascada de la opinión o pensamiento es muy ilustrativa desde el origen de la opinión hasta su repercusión pública.
    Es una forma de adoctrinamiento grupal sobre la «corrección» política y social que los poderes imponen.
    Solamente el pensamiento y opinión libres de los «no capturados» por dicha corrección, puede constituir un reducto de libertad en el sometimiento a la misma. Un saludo.

  3. EB dice:

    Isaac, disculpe pero la pregunta del título no tiene sentido por definición de opinión pública (ver entrada en inglés en Wikipedia). La pregunta relevante es si algún día podremos explicar los votos de miles de personas como resultado de un proceso racional a nivel individual sobre las alternativas de que disponen en el momento de votar, o de algún proceso irracional a nivel individual, o de procesos «colectivos» de manipulación de las alternativas.

  4. Rafa dice:

    A través del desarrollo del artículo, personalmente me surge la pregunta más de que si la opinión publica es o no libre, es si existe una opinión pública.

    Crearse una opinión sobre un asunto determinado, parece ser una tarea que requiere agentes externos e internos que nos remiten mas a una situación individual que colectiva.

    Mas bien que una opinión, existe un interés público que normalmente no coincide con nuestra opinión.

    Realmente los creadores o líderes de opinión lo que realmente manipulan, manejan y juegan es con nuestros intereses que se cifran como derechos para que nuestra opinion si la tenemos formada, pese lo menos posible.

    Lo que hacen es potenciar ese cocktail de prejuicios, estereotipos, afinidades y aversiones para no expresar nuestra verdadera opinion, juegan con nuestros miedos.

    Últimamente se baraja en los medios sociales una frase: «Hay que salir de la zona de confort», esto para mi se ha convertido en un tópico que pronuncia todo el mundo.

    Pues bien los cradores de opinión nos hacen creer que estamos saliendo de nuestra zona de confort, pero de una manera confortable.

    Y pongo algun ejemplo.

    Todos o casi todos estaríamos de acuerdo con medidas para erradicar la pobreza del mundo, pero si nos dijeran que adoptar estas medidas conllevaria convertirnos a nosotros también en un poco pobres, probablemente nuestra opinion no coincidiria con la realidad chata e interesada que muchos nos hemos formado de la realidad social.

    Como bien dices Isaac, mientras nuestra realidad esté lastrada por la falta de conocimiento, por supuesto tambien promovida por los que les interesa esto, nuestras opiniones nunca serán públicas, y no coincidirán con nuestros interéses, deseos que será lo único que podremos plasmar, con lo que dara igual, como dicen los expertos que las decisiones del pueblo soberano, sean o no acertadas.

    Un abrazo

  5. Manu Oquendo dice:

    Gracias a D. Isaac por abordar una cuestión tan árida en un momento en el cual las llamadas democracias occidentales están cumpliendo al pie de la letra la profecía de Tocqueville en el 4º libro de «La Democracia en América». Libro ominosamente titulado en francés «Le despotisme democratique». El propio Tocqueville nos anunció entonces que… «a la gente ya se le dirá qué y a quién votar». En ello estamos y a pasos acelerados.

    También vale la pena volver a recordar que la Constitución USA de 1776 en sus apenas diez páginas no usa ni una vez la palabra «democrático» o «democracia». Solo especifica que la nueva República tendrá un «Gobierno Representativo». Comparen con la CE 78 y verán. Dalmacio Negro dejó dicho que la palabra «democracia» tiene registradas 500 acepciones diferentes. Es decir, no significa nada realmente. Los filólogos llaman a esto…Significante Vacío.

    Me gustaría aprovechar esta oportunidad para compartir una experiencia de principios del pasado mes de Julio, cuando tuvo lugar en El Escorial el curso “Tendencias Geopolíticas. Hacia dónde va el mundo”.

    El curso, un clásico del programa de verano de la U. Complutense, es patrocinado por el Ministerio de Defensa y dirigido por el Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE), el prestigioso think-tank del CESEDEN. Este año la asistencia triplicó la habitual llegando a 180 personas de 14 países.

    En momentos de cambio profundo y acelerado como los actuales me ha parecido oportuno preparar un resumen con la intención de que nos ayude a discernir mejor el presente para prever el mañana.

    Hoy, sobre España, actúan eficazmente al menos dos círculos concéntricos externos: el Bloque Atlántico, como metáfora del papel director de los EEUU, y la Unión Europea (UE) de la que emanan la actual legislación y las directrices que siguen nuestros Parlamentos. El actual escenario global, por ejemplo, es resultado de decisiones del primero de dichos círculos en los años 70 –apertura a China—y a finales de los 80—derrumbe de la URSS. En esta perspectiva resalta el papel subordinado que hoy juega la «democrática» UE y sobre el que, como europeos, nos resulta obligado reflexionar.

    Estas líneas son fruto de las ponencias y de conversaciones con conferenciantes y asistentes entre los cuales algunos ex ministros de los primeros gobiernos de la Democracia, académicos, militares, diplomáticos, economistas, sociólogos, historiadores y profesionales del mundo de la inteligencia y de la comunicación. Los contenidos concretos se encontrarán en la Web del IEEE http://www.ieee.es/ , un excelente recurso documental.

    Además de consideraciones y estrategias de muchos tipos–tecnológicas, cibernéticas, económicas, de defensa, etc.– en esta ocasión también se habló a fondo de las guerras no percibidas –guerras Híbridas y creación de Territorios “Grises”. Es decir, de aquellos lugares en los que han dejado de operar los valores culturales históricos de nuestra civilización y de nuestras sociedades porque han sido intencionalmente alterados o destruidos. Estos son campos en los que es difícil distinguir si las acciones proceden de agentes internos o externos.

    Quizás por ello una sesión muy importante fue la presentación del libro colectivo “Geopolítica y Comunicación. La batalla por el Relato” y en especial el capítulo 2º: “La Resiliencia ante el Poder Punzante” del Catedrático J. M. Fernández Dols.”. Este capítulo aborda el espinoso tema del uso de técnicas de intoxicación psicológica masiva –poder punzante o «sharp power»–, en el que estamos inmersos. Aquí: http://www.ieee.es/Galerias/fichero/docs_trabajo/2019/DIEEET01-2019Geopoliticacomunicacion.pdf

    La esperable corrección política en este tipo de foros en algunos momentos dejaba entrever puntos de inflexión en el sentir los ponentes y en las intervenciones del público. Están cambiando los límites de lo políticamente correcto.

    Los aspectos que me han parecido más importantes –como riesgo y como oportunidad– son los siguientes:

    En primer lugar constatar que las actuales Guerras Comerciales USA contra China ( y contra todos si menester fuera) no serán un episodio pasajero y producirán un cierto regreso a etapas previas a la última Globalización. Ya lo están haciendo y terminarán por extenderse a todos los países de alguna dimensión que retengan su soberanía y su voluntad de continuidad histórica. Es decir, todos los que dispongan de cierta escala y tengan voluntad nacional para ello. Esto plantea dudas respecto de algunos miembros de la UE que podrían verse abocados a desaparecer incluso sin que la UE haya avanzado en la creación de una identidad nacional europea, requisito imprescindible para un horizonte libremente decidido y atractivo.

    La principal razón para ello no es económica –que también—sino Geopolítica y de Poder. La consolidación y conservación del poder hegemónico de los EEUU, que pareció instalarse en los años 90 a la caída de la URSS, no ha resultado compatible con un desplazamiento generalizado de la Industria desde Occidente a Oriente. O tienes Poder Real, y necesariamente tienes gran industria puntera, o terminas por perder los dos, la Industria y el Poder, como nos muestra la realidad en zonas muy críticas. El mantenimiento del poder hegemónico es inseparable no solo de la superioridad moral –esencial según el antiquísimo libro chino Sun-Tzu—sino también del liderazgo tecnológico-industrial.

    Consecuencia de lo anterior es el paulatino empobrecimiento de las grandes clases medias trabajadoras a ambos lados del Atlántico Norte. En las pasadas elecciones a la Presidencia norteamericana esta cuestión formaba parte de los programas de Donald Trump y de Bernie Sanders que, descabalgado entonces por Hillary Clinton, piensa volver a ser candidato.

    Los EEUU acaban de experimentar que, en sectores críticos, su tradicional liderazgo ha sido superado por China confirmando que lo que está en juego no es una “balanza comercial” sino el poder tecnológico-industrial y, por tanto, militar. Esta circunstancia se observa en muchas actividades industriales, desde microprocesadores al armamento moderno y a cualquier actividad –como el software– que dependa de la escala, del tamaño del mercado accesible al fabricante. EEUU está ya retrasado en varias puntas de lanza tecnológicas que son críticas para el ejercicio del Poder Real sobre las propias poblaciones y sobre las ajenas. Esto es crucial porque esta tecnología es, fundamentalmente, un instrumento de Vigilancia y Control de cada miembro de la sociedad. Como tal fue concebida.

    Acabamos de ver la reacción de Washington al constatar que Huawei y otras compañías asiáticas van un par de años por delante en redes de telecomunicaciones avanzadas. Esto se intuía ya en 2017 por los volúmenes de patentes con solicitud de registro, cuando la primacía China –y la pujanza de Corea del Sur– se hacen muy notorias. La situación de la UE en estas cuestiones es secundaria al carecer de presencia relevante en el mundo de la computación, sistemas operativos, producción de procesadores de punta tecnológica, control de infraestructuras y datos, etc. Es decir, toda la industria del futuro en la que no disponemos de capacidad independiente de licencias ajenas.

    Para percibirlo basta una ojeada a los monopolios de “redes sociales”, todos norteamericanos, o a cosas tan nimias como la capacidad de hacer transferencias bancarias internacionales con sistemas europeos cuyo uso no nos pueda ser vedado como sucede con Swift, el actual sistema bajo control de los EEUU. Algo que nos ha obligado, en 2019, a desarrollar un sistema propio a instancias de Alemania.

    Un segundo bloque de preocupación geoestratégica tiene que ver con Pedagogía y Sistemas Educativos.
    Nuestros sistemas de educación, en Occidente, son incapaces de mantener el liderazgo imprescindible en disciplinas que dependen mucho de Matemáticas y Física Avanzadas y también, sorprendentemente, de la «Homogeneidad civilizatoria» –la fortaleza de valores coherentes a lo largo de la historia de una sociedad, como la Racionalidad, la Libertad o la Ciencia–. El entorno «cultural» hoy vigente propugna la Diversidad a cualquier precio y la Emotividad como motor de imposición individual y social.

    En paralelo comenzamos a saber que los Coeficientes Intelectuales de las poblaciones de Norteamérica y Europa Occidental no solo No Son los más altos del mundo sino que en algunos casos están en retroceso con cada cohorte que sale del sistema educativo.
    Es obligado –y tardío– sacar a la luz el estudio de R. Lynn y G. Meisenberg sobre los Coeficientes Intelectuales de 108 naciones –“National IQ’s calculated and validated for 108 nations”– en el cual se hace evidente que China, Corea y Japón superan, en nada menos que un 8%, los Coeficientes de los EEUU, Canadá, Australia y toda Europa Occidental. El conocido como “Flynn Effect” señala, por si fuera poco, que en nuestros países dichos coeficientes están en paulatino retroceso desde los años 80. ¿Vendrá alguien a hablarnos del “supremacismo” blanco?

    La tercera zona problemática es que los liderazgos No Occidentales operan con Planificación Estratégica a muy Largo Plazo mientras que nuestro sistema político lo hace en ciclos inferiores a los 4 años. Esto es un hándicap sistémico enorme porque, además, tendemos a fragmentarnos en bloques ideológicos irreconciliables y predominantemente emocionales.
    Hemos caído presa de las Políticas Identitarias olvidando que “lo Común” es siempre más importante que “lo que nos Diferencia”. Diferencias nimias que frecuentemente son impuestas como instrumentos de fragmentación y de destrucción del tejido social y civilizatorio.
    Es pues necesario recordar el valor de la homogeneidad cultural por la mayor confianza social que genera y su menor «coste de transacción» como explica Fukuyama en «Trust».

    Nuestro sistema cognitivo occidental, hoy día, enfatiza exageradamente la Emotividad, con lo cual ha perdido valor la Racionalidad y la capacidad de acuerdos sensatos llegando a situaciones inauditas en nuestras “mejores” universidades que, víctimas de la corrección política, limitan la libertad de Expresión y de Pensamiento cuando estos no complacen a los grupos dominantes. Es decir, las dos bases de nuestra civilización, libertad de Pensamiento y de Expresión, han perdido vigencia y nos han llevado de lleno a una Sociedad Vigilada y Dirigida como nunca en la Historia.
    Tocqueville ya nos lo había explicado en la primera mitad del XIX.

    El curso dio para mucho más pero espero que, por el momento, este resumen sea suficiente para ayudar en nuestra tarea de discernimiento y reflexión sobre la real situación de nuestras «democracias».

    Un saludo cordial

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